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De Haití a Vic

 

De Haití a Vic

 

Las imágenes de Haití han vuelto a recaer en esa lógica informativa hollywoodiense tan ejercitada desde la entrada en escena de las cintas de Bin Laden. Los noticiarios de todo el mundo logran reproducir imágenes ya vistas en las películas de los grandes estudios; las que se recrean en los psicópatas megalómanos, las de desastres naturales y estados de sitio. Hoy llegan al infierno antillano 10.000 marines para que el guión siga por los cauces esperados.


Las escenas ofrecen a una multitud de negros matándose por la comida. También a montañas de cadáveres de negros apilados en las esquinas o transportados con escavadoras. Con el calor se pudren. Pienso en el reportero de guerra, en el halo romántico que tantos de ellos cultivaron con valentía y compromiso, y algo me dice que muchos de los que ahora informan desde el corazón de la miseria sólo se están colgando medallas. Me molesta su afán por aparecer frente a la cámara, por mostrar sus acciones al alza en el negocio de juntar letras... su distancia radical, a pesar de estar al lado, de quienes se meten entre los escombros para rapiñar la comida. Y me entristece el poco cuidado con el que usan su única herramienta, la única herramienta de verdad del periodista, que es el lenguaje (además de la vergüenza). Se han tragado la película y cuentan todo aquello como si fuera la última de la Warner, como si el valor de lo que enseñan se contabilizase, también, por lo recaudado en taquilla. A la mañana siguiente del seísmo El País invitaba en portada a pinchar sobre “Las mejores imágenes del terremoto”.

Han vuelto a sacar a otro crío vivo. Le salvarán la vida y le dejarán medio sano en Haití, en las calles de Puerto Príncipe. Hemos necesitado un terremoto para saber que existe Puerto Príncipe, Port au Prince. La ayuda internacional se apresura en llegar a uno de los países más pobres de la tierra, ya están allí los aviones de la cooperación y los voluntarios de medio mundo, todos afanados en precipitar el final de la película, restaurar el orden y hacer que todo aquello desaparezca de las pantallas. Final feliz. Puerto Príncipe sólo existe si hay terremoto, si podemos salvar por un momento a todos esos negros y cubrir informativamente el acontecimiento con un bonito despliegue. ¿Cuándo se hablará de responsabilidades coloniales, cuándo nuestro occidente civilizado tendrá un mínimo sentido histórico sobre estos países esquilmados por siglos de conquista y esclavitud, y luego, de configuraciones territoriales, legales y económicas a la medida de las antiguas metrópolis? En el caso haitiano, a esta historia se le suma esa otra que provocó su pronta independencia; el primer gobierno de negros del mundo inspiraba la risa, y el boicot, del resto de gobiernos e instituciones internacionales.

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La página web del Partido Popular muestra el rostro de un niño haitiano a quien el yeso del derrumbe le maquilla la cara de blanco. He ido a la web de los populares para verificar un pequeño detalle: en el telediario de hoy Mariano Rajoy hablaba sobre la polémica desatada en Vic -cuyo ayuntamiento aprobó negarse a empadronar a los inmigrantes ilegales del municipio-, e insistía en la necesidad de hacer cumplir la ley (para sistematizar las deportaciones y la ilegalidad de los ilegales, se entiende) y reformarla (para garantizar que esto sea así en el futuro, suponemos, porque no lo explica, aunque el silencio también habla). A la vez que el líder de la oposición discurría de esta manera, en el margen inferior izquierdo de la imagen resaltaba un recuadro (superpuesto por la realización del propio partido), en el que se leía “AYUDA HAITÍ”.

Siempre que se pronuncia la palabra “inmigración” se comete un acto de racismo. ¿Es acaso inmigrante el directivo finlandés de la Ericsson destinado en Barcelona? ¿O el estudiante de Guadalajara que estudia en Madrid? ¿Son inmigrantes los jubilados alemanes que viven en la costa del sol? ¿Y los delegados norteamericanos que coordinan la paquetería de Fedex? ¿Y los obreros que llegaron hace unas décadas a las ciudades industriales españolas desde Extremadura o Andalucía? Pues si y no. O, al menos, parece claro que cuando se habla de “inmigrantes” nadie se está refiriendo a ninguno de estos casos, sino que el término remite, inequívocamente, a magrebíes, subsaharianos y latinoamericanos con rasgos indígenas. Todos pobres y oscuros. El eufemismo se produce al agregarle la coletilla de “ilegal”, muy socorrida, sobre todo si tenemos en cuenta que esta situación de ilegalidad afecta, necesariamente, a esta población inmigrante con menos recursos (de hecho, el primer requisito para obtener un visado en España es mostrar evidencia de solvencia económica). Lo de “emigrante ilegal”, todos lo sabemos, es la manera aséptica de referirse a negros, moros e indios.

Ayudamos a Haití. Nos parece razonable endurecer las leyes contra el inmigrante ilegal. La correlación de argumentos convoca la conocida interpretación de Slavoj Zizek sobre el mecanismo subterráneo que anima el multiculturalismo:

“El racismo posmoderno contemporáneo es el síntoma del capitalismo tardío multiculturalista, y echa luz sobre la contradicción propia del proyecto ideológico liberal-democrático. La "tolerancia" liberal excusa al Otro folclórico, privado de su sustancia (como la multiplicidad de "comidas étnicas" en una megalópolis contemporánea), pero denuncia a cualquier Otro "real" por su "fundamentalismo", dado que el núcleo de la Otredad está en la regulación de su goce: el "Otro real" es por definición “patriarcal", "violento", jamás es el Otro de la sabiduría etérea y las costumbres encantadoras. Uno se ve tentado aquí a reactualizar la vieja noción marcuseana de "tolerancia represiva", considerándola ahora como la tolerancia del Otro en su forma aséptica, benigna, lo que forcluye la dimensión de lo Real del goce del Otro”

Para traducirlo nos servirá la fotografía del niño enharinado. Zizek plantea que la forma más acabada de racismo es aquella que reconoce la humanidad del “Otro”, es decir, la humanidad del haitiano, sólo en la medida en que permanece lejano: siempre que busque comida en las calles de Puerto Príncipe y no en las de Vic. En este último caso el haitiano pierde su humanidad, se le puede eliminar, o desempadronar, que es el modo metafórico de expulsarle en tanto que la ley no se reforme y se agilicen las deportaciones, como sugiere Rajoy. El “Otro” haitiano que agoniza en Puerto Príncipe puede adoptar la forma de un inocente niño blanco (blanqueado por su sufrimiento y su lejanía), mientras al “Otro” cercano le negamos hasta su nombre.

 

**Para quien quiera saber algo de Haití puede pinchar AQUÍ. Se reproduce el artículo que publicó Eduardo Galeano en 2004 en el periódico argentino Página/12.
 

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