Cuentos crueles

“Nací el Día de los Muertos del año 22” (Antonio Di Benedetto)

 

0En varios relatos, Di Benedetto narra bellamente, sosegado y sin sobresaltos, muertes crueles y muertos macabros. Ese contraste es, quizá, de los mayores aciertos –entre muchos otros– que labró el escritor mendocino. Sus cuentos preparan, pacientes, el momento para lo terrible. La maniobra se manifiesta como estilo. La crítica siempre ha destacado su tono callado, sus frases trabajadas, profundamente expresivas, construidas con plasticidad y precisión. Alcanza con maestría el arte de una descripción que llena siempre de inquietud la escena, así sea la más trivial y cotidiana. Basten tres ejemplos de los numerosos que hay en sus cuentos. La visión del campo santo de un pueblo mendocino donde la muerte es tan natural como vivida en las costumbres: “En las tumbas con templete –del 1800, del 1900–, predomina el apellido Reyes. Ante una: ‘¿La mujer de don Fermín?’. ‘No sé’. Al lado una más pequeña; ha de ser de la niña. Sobre ella se ha posado una flor artificial de terciopelo rojo. Sobre el terciopelo, menuda tierra” (Los reyunos 464)1 . Avanza en la pintura hasta el detalle ínfimo pero revelador de una humilde ceremonia que muestra el hábito de ofrendar y olvidar a los muertos. Esa misma observación minuciosa se advierte en la transmigración de la vida o la muerte en el vasto sistema de especies de la naturaleza: “Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, la cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después, cuando se abran los huevos, será una caja de trinos” (Caballo en el salitral 240). Un bosque repite un ciclo parecido: “El robledal ha sido talado. Tiene que estar convertido en roperos o en ataúdes de lujo. El replante se ha hecho con la trivialidad de los álamos” (Cínico y ceniza 361).

Todo ese experto manejo de la lengua es puesto, no pocas veces, a contar lo más horrible que pueden hacer el hombre y la naturaleza. Ese tono es la preparación perfecta para una serie donde la muerte asoma en variadas formas cruentas. Se dibuja un mundo tranquilo, casi intemporal, que viene desde las épocas de las “tolderías”, hecho de manos centenarias cebadoras de mates, plagas cíclicas de langostas, vidas enteras dedicadas a una única y monótona cosa. Allí, confía el escritor, emergen mejor esas cuidadosas construcciones mortuorias: “un hormiguero viviente, encarnizado en el cuerpo humano enmurado” (Los reyunos 466); “mi nido rebosante de buitres que, aprovechados, insidiosos y perennes, hacen crujir, con cada picotazo de cada uno de sus mil picos, cada hueso de cada parte de todo mi esqueleto” (Nido en los huesos 51); el cuerpo de una maestra que “vaciado, por dentro sólo tenía langostas” (Ortópteros 602); la terrible descripción de la exhumación y reducción del cadáver del padre de dos hermanos para ponerlo en un nicho y que los hace sentir parricidas (Muy de mañana, en el cementerio); el duelo expiatorio y vengador en que finalmente muere Aballay de una cuchillada en el vientre dada por el gurí al que le mató el padre, y ahora, “unido a la tierra” después de una vida santa sobre el lomo de su alazán, yace “con una dolorosa sonrisa en los labios” (Aballay 339).

Escenas repetidas como fórmulas acuñadas en la mano creadora del escritor. Formas del relato que disparan una epifanía mortal para los lectores. Las cosas pasan en el mundo y hay una fuerza que las hace arte. En uno de estos cuentos, un personaje ilumina ese proceso con una acción tan simple como mágica: “El profesor declaró que había traído las langostas para que las bordadoras les copiaran las alas” (Ortópteros 602). Di Benedetto, con poética minucia textil, cuenta, como pocos, la capacidad carroñera de esos insectos.

*Gerardo Pignatiello es profesor en la Universidad de Belgrano y en la Universidad Torcuato Di Tella.

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[1] Todas las citas son de Antonio Di Benedetto. Cuentos completos. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

 

Este contenido forma parte del Dossier Antonio Di Benedetto.
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