La poética de lo fantástico en Zama

Yo era un tenaz fumador. Una noche quedé dormido con un tabaco en la boca. Desperté con miedo de despertar. Parece que lo sabía: me había nacido un ala de murciélago. Con repugnancia, en la oscuridad busqué mi cuchillo mayor. Me la corté. Caída, a la luz del día, era una mujer morena y yo decía que la amaba. Me llevaron a prisión.

 

00237842_788812-240La breve historia del epígrafe es una de las polisémicas “microhistorias condensadoras” incluidas en Zama (1956), que se resisten a ser leídas como alegorías o como metáforas de sentido unívoco [1]. En el “Año 1790”, tal como se titula la primera parte de esta novela que cuenta la historia del asesor letrado Diego de Zama, varado en una innominada ciudad sudamericana –que varios indicios llevan a reconocer como Asunción del Paraguay–, a la espera de un ascenso y traslado que nunca llegan, este “único americano en la administración de la provincia” [2] debe resolver, por encargo del gobernador, lo que para él es “un incomprensible caso”: conseguir que un convicto por asesinato le explique “la trama de su delito”. En su explicación, el delincuente proporciona una versión fantástica de los hechos, que mezcla lo que pertenece a órdenes distintos: lo animal y lo humano, lo propio y lo ajeno, el sueño y la vigilia, lo masculino y lo femenino. Mediante estas contaminaciones, se desestabiliza la percepción de la realidad según categorías estables; la inquietud suscitada por la monstruosa visión nocturna de este ser subhumano, híbrido de mujer y murciélago, es próxima a la de lo “siniestro” u “ominoso”, lo familiar que se vuelve extraño [3]: el fumador se amputa violentamente una parte de su propio cuerpo –el ala de murciélago crecida en sueños–, que, a la luz del día, prueba ser algo totalmente distinto –la morena amada–.

Este microrelato preanuncia varios temas que luego se retoman: el desdoblamiento del sujeto y la problematización de su identidad, la mutilación, la violencia masculina hacia la mujer. Por eso resulta significativa la actitud de Zama ante el destino de ese personaje secundario que anticipa en más de un aspecto el suyo propio: el desinterés y la apatía que manifiesta ante ese “quebrantado” es un indicio temprano de la absoluta incomprensión del funcionario ante los padecimientos ajenos, pero también ante las causas de sus propios fracasos y penurias, que se van acentuando progresivamente a medida que se hunde en la miseria moral y material. Incapaz de involucrarse en lo más mínimo con quien tiene ante sí, se limita a cumplir órdenes, a acatar el pedido de su superior. Así, no ve que él mismo está sujeto a los impulsos irracionales que han convertido al fumador en un asesino.

La perturbadora confesión del reo es la primera irrupción de lo fantástico en una novela en la que insistentemente se socava la posibilidad de una representación mimética de la realidad, así como de una reconstrucción objetiva de la historia. No solo mediante la inclusión de anécdotas extrañas como esta, sino también a través de personajes y situaciones que oscilan entre lo posible y lo imposible: el enigmático niño rubio que aparece cuatro veces a lo largo de la novela o la mujer que en la segunda parte (“Año 1794”) conforta por las noches a Zama, mientras este permanece recluido y convaleciente en la habitación alquilada en una casa semiderruida de los suburbios de la ciudad, por nombrar solo dos. Aunque queda insinuada una explicación psicológica de esos seres en tanto productos o alucinaciones de la mente del asesor [4], la vacilación entre una aclaración sobrenatural y una natural persiste [5]. El estado de absoluto desvalimiento e infantilidad en el que recae Zama tras el último encuentro con el rapaz rubio y el diálogo con la espectral figura femenina muestra hasta qué punto la confrontación con estos personajes misteriosos hace tambalear las certezas racionales del letrado [6].

Si por una parte, las idealizadas fantasías eróticas del ex corregidor, que se consume en la espera devorado por la “apetencia de mujer”, con refinadas mujeres europeas expresan, al igual que muchos de sus sueños, un deseo de evasión de un entorno vivido como sórdido y hostil (ese continente americano “invisible” e impenetrable a los ojos de Zama, que lo ve “como un paraíso desolado y excesivamente inmenso”), por otra, las situaciones, personajes e historias fantásticos tienen un efecto radicalmente opuesto: acentúan la incertidumbre y la desorientación de este sujeto, problematizan su identidad y su percepción de la realidad. Zama se debate entonces entre las fantasías y sueños que inventa para intentar olvidar o disimular su propia identidad americana y compensar lo que él vive como un déficit, una carencia, y las manifestaciones de lo fantástico que se le imponen, poniendo en jaque sus intenciones y convicciones. Cuando aquellos devaneos fantaseados u oníricos se resquebrajan, dejan al descubierto el desamparo existencial, el desvalimiento de un hombre-niño que no ha sabido asumir su condición de americano. De este modo, no solo el estatuto de lo real se vuelve incierto, sino también la posibilidad de una forma de subjetividad íntegra, unitaria y sin fisuras. Así, la poética de lo fantástico expresa en Zama el desajuste entre el sujeto y el mundo que lo rodea, una dislocación que es para Di Benedetto la condición existencial del ser humano.

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[1] Julio Schvartzman ha propuesto la idea de las “microhistorias condensadoras” (Cf. “Las razones de Zama”. En: Schvartzman, J., Microcrítica. Lecturas argentinas (cuestiones de detalle). Buenos Aires: Biblos, 1996, pp. 63-72.

[2] Di Benedetto, Antonio, Zama. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2004. Todas las citas son de esta edición.

[3] Cf. Sigmund Freud, “Lo ominoso”. En: J. L. Etcheverry (Trad.) Obras completas, Vol. XVII. Buenos Aires: Amorrortu, 2000, pp. 215-252.

[4] El propio Zama entiende a la mujer sin nombre y al niño rubio como “una proyección de mi atribulada conciencia” (205).

[5] Según la clásica definición de Tzvetan Todorov, lo fantástico consiste precisamente en esta vacilación: “Lo fantástico es la vacilación experimentada por un ser que no conoce más que las leyes naturales frente a un acontecimiento aparentemente sobrenatural” (Todorov, Tzvetan, Introducción a la literatura fantástica. Trad. de Silvia Delpy. Bs. As.: Tiempo Contemporáneo, 1974, aquí p. 24).

[6] Al final de la novela, el niño de doce años contempla a Zama y afirma que este no ha crecido; tras la conversación –¿imaginaria?– con la mujer y el beso con el que esta sella el diálogo, un beso que absorbe todas las fuerzas de Zama, este queda sumido en una sensación de incertidumbre, vacío y desorientación; a continuación reaparece, convaleciente, recibiendo la sopa en la boca, como un niño, en el rancho de Emilia, la viuda española con la que ha tenido un hijo, y de Manuel Fernández, el subalterno del asesor que, al hacerse cargo de Emilia y su vástago, asume el lugar de adulto responsable que Zama ha dejado vacante.

*Carola Pivetta es Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires y docente en la cátedra de Literatura Alemana (Facultad de Filosofía y Letras, UBA).

 

Este contenido forma parte del Dossier Antonio Di Benedetto.
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