Próxima estación: Placer

Muchas cosas se leen y se escuchan sobre la famosa “cajita feliz” del metro de la Ciudad de México. Revistas de ciudad de vez en cuando sacan alguna nota relacionada con ello. Esto en realidad no significa que todos los defeños sepan al respecto, pero al menos los usuarios regulares del transporte suburbano tienen una idea de lo que pasa en los últimos vagones del sistema de transporte colectivo.

 

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Para aquellos totalmente ajenos, el rumor dice que en varias líneas, si no en todas, los últimos vagones del subterráneo albergan encuentros casuales, sobre todo homosexuales, que van desde charlas vagas hasta sexo oral y anal. También se dice que la mejor hora para estos encuentros es cuando hay más gente y después de las 22:00 horas. ¿Realmente todo lo que se escucha sucede en el metro? ¿Es una exageración o es incluso más de lo que imaginamos?

Como usuario regular del transporte público debo decir que he visto lo suficiente como para corroborar los rumores. Sin embargo, decidí ampliar mi experiencia y comprobar letra por letra que tal o cual cosa sucede, cómo, a qué hora, en qué línea y hasta el porqué. Durante tres días de la semana pasada hice un tour por los últimos vagones de varias líneas, y debo decir que entrar a este submundo homoerótico, sin pudor y totalmente casual me hacía sentir curiosidad desde un punto de vista antropológico. Una vez dentro del vagón mi primer síntoma fue incomodidad, poco después pasó a ser repugnancia y, al final, tanta tensión sexual solo me daba risa.

En mi primer día simplemente me subí al último vagón a observar. Es curioso que en los demás vagones todos corren para alcanzar un asiento pero en este, el asiento es lo de menos; justo donde está la última puerta todos se arrinconan hasta quedar apretados. Me senté justo enfrente de aquel cubo que forman cuatro tubos, tres puertas, el ventilador del techo y el piso. Había muchas personas, sobre todo gays, pero también señoras y niños menores de 10 años. Durante mi ejercicio de observación no logré percibir más que algún toqueteo por encima del pantalón, algunos besos y caricias e incluso un intercambio de teléfonos.

“Lo más importante es el atrevimiento y el lenguaje corporal” comenta Abraham. Y por lo que había observado hasta ese momento no había ninguna letra de más en esa aseveración. El proceso es más o menos el siguiente: “Entras al último vagón esperando que alguien te vea y se acercan poco a poco hasta que logran manosearse discretamente.” Ese momento en que se da el primer contacto visual es algo básico. Y esto es porque indica que se gustan y son correspondidos mutuamente”. Después de mirarnos cinco o seis veces seguidas e intercambiar una sonrisa o una mordida de labios, nos vamos acercando poco a poco como por inercia del movimiento del metro y las personas.” Todos lo hacen igual, lo que sigue una vez que están frente a frente o lado a lado es lo que realmente cambia.

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En mi segundo día, comencé mi tour a las nueve de la mañana en la línea B. La experiencia aquí fue muy diferente, era hora pico y el gran reto era entrar al concurrido vagón. Pasaron tres trenes hasta que pude entrar y no pude ni elegir el lugar donde pararme. Estábamos muy apretados y realmente estaba preocupado de no saber cómo actuar si alguien me tocaba, me daba un beso, me susurraba algo al oído o que de pronto me salpicaran. Sentí varias miradas pero por suerte nunca coincidí con ninguna, más bien me dediqué a observar a los que ya “traían algo” y sabía que no iban a voltear a verme mientras me movía hacia los asientos para salir de aquel cubo cargado de tensión sexual. El método es un poco diferente a lo que cuenta Abraham, ha de ser por la hora. Al estar tan apretados no hay un proceso de selección, que de por sí era mínimo de todos modos. Si te gusta el que tienes enfrente o al lado pues corriste con mucha suerte, pero si no te gusta y tú le gustas tienes de dos, lo ignoras y le dices que no te moleste o dejas que te “toquetee” como si nada.

Después de estar unas 10 estaciones en la línea B, me moví a la línea 1 transbordando en San Lázaro y tras un par de estaciones conocí al mencionado Abraham, quien ciertamente no era el tipo de persona que se sube a tocar o a que lo toquen. De hecho, empezamos a hablar porque ambos veníamos escuchando a Twin Shadow. Después de unos minutos aceptó ayudarme con mi crónica y después dijo que pensó que yo lo quería ligar. Él me comenta que aunque muchos solo van en busca de sexo casual dentro o fuera del metro, también hay, como él, quienes buscan una charla y conocer más en profundidad a las personas con la intención de algo más formal. El “metreo”, que es como se denomina a esta práctica, ha existido desde hace mucho, a tal grado que hay señores de 50 años quienes dicen haber empezado a “metrear” desde los 20. Son precisamente los señores los más calientes, comenta Abraham, mientras vemos a un par de cuarentones fajando sin pudor frente a una puerta.

El tercer día hice viajes en la línea 3 y 5 pasadas las diez de la noche. Aunque los personajes son menos mesurados que en “horas familiares”, no llegan al punto de tener sexo oral ni anal. Al menos en los 6 vagones que visité no pasó nada más que las habituales “chaquetitas”. Lo cierto es que algunos sacaban el miembro del boxer y todos lo cubrían para que no causara escándalo en la parte más lejana del vagón o cuando se abriera la puerta. Parece que todos son un equipo y cubren la espalda del otro.

El metro es un espacio de libre esparcimiento y lo vemos desde los vendedores ambulantes hasta los señores que se acuestan en vidrios a cambio de una moneda. El “metreo” es considerado como algo histórico por la comunidad gay y es imposible que desaparezca, por esto, me limito a disfrutar del caricaturesco intercambio de miradas que incitan el coqueteo y del poco o nulo pudor entre los chicos del vagón: “Al final es solo diversión, algunos nunca se vuelven a ver. Nadie va impedir que pase, así se cierre todo el metro.”

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