Suling Wang: retorno al origen

8 152x127cmLa pintura de Suling Wang es un torbellino de colores, una danza frenética que esboza el contorno del origen; espirales que aparecen y desaparecen en el lienzo, marcando con su impredecible juego el ritmo del mundo. En un simple trazo consigue evocar los posibles e infinitos desarrollos de la existencia. Ritmo y color; explosión y calma; saturación y ausencia; muerte como posibilidad y vida como actualización; visión de un espacio pleno de nada… en fin, lo que sus pinturas arrojan a nuestras miradas es la imagen anterior a la creación.

Suling Wang es una pintora con un poder expresivo difícil de etiquetar. No podemos decir que pertenezca a una tradición específica. La mayoría de las reseñas que hay sobre su obra destacan su condición fronteriza entre Oriente y Occidente. Creo que es cierto pero insustancial. Simplemente es una artista y se concentra en hacer lo que tiene que hacer: plasmar la pulsión, el deseo que la atraviesa desde un lugar que no es este mundo. Todos los buenos pintores se nutren de ese lugar… La matriz siempre es metafísica. El arte no representa la naturaleza ni el mundo, expresa la fuente de ambos. Los cuadros de Suling Wang sugieren escenas cosmogónicas, paisajes con sabor oriental cubiertos por violentas pinceladas de colores; incluso se perciben mariposas, colibríes, algún sabio meditando en el límite del paisaje, pero en conjunto, la gran imagen que proyecta señala en dirección a lo irrepresentable.

6 152x127cmSuling Wang pinta el flujo primigenio, la fuerza que lacera la quietud del origen. Es decir, mientras lo divino respira su vacuidad, concentrado en la ausencia total de sí mismo, súbitamente, de manera inopinada, desea. El deseo, lo inexplicable, aquello que está más allá de lo irrepresentable, adquiere vida, se convierte en imagen, forma, hombre, mar, montañas. ¡Cómo es posible que el principio de todo, llámese Tao, Dios, lo divino o Big Bang, pueda ser abordado por otra cosa que no sea él, por algo llamado deseo, esa extraña ausencia que es pura plenitud!

En la obra de esta peculiar pintora podemos contemplar algo que usualmente pasa inadvertido: el papel que juega el deseo en la trama del universo. Pero no hablo del deseo como motor dentro del orden de la representación; hablo del deseo como alteridad radical, como fuerza distractora del marasmo divino. No se trata de pensar, por un lado, en el origen, y, por otro, emergiendo de él, en la creación. La verdadera otredad es el deseo. Cada una de las imágenes que conforman la existencia terminan reabsorbiéndose en su principio, regresan al lugar de donde surgieron… excepto el deseo, enigma oculto detrás del límite del vacío.

5 122x102cm-1Suling Wang vislumbra la escena anterior a la creación, cuando el deseo irradia su luz en lo divino mientras éste, como un caleidoscopio, proyecta las imágenes del mundo. Lo divino no es sus imágenes, pero sí el origen de ellas. El deseo, en cambio, es aquello que, sin ser nada o algo, fecunda ambas alteridades. La obra de Suling Wang representa distintos estratos que el vacío refleja en el espejo del cosmos. Son pinceladas sobre pinceladas de realidades superpuestas sin que ninguna se imponga sobre las demás. Toda pintura es un des-dibujar las imágenes de la vida; es un retorno a la luz que esa fuerza llamada deseo proyecta sobre la membrana de lo divino.

Tal vez parezca que intento ajustar su pintura a un principio metafísico, cuando en realidad es una artista inmersa en el nihilismo “neobarroco” —para utilizar las etiquetas de moda—, pero su obra y sus palabras muestran lo contrario. Suling Wang creció en un ambiente plagado de mitos, de potencias que habitan la naturaleza. Sus palabras, como sus pinturas, traslucen un saber luminoso: “el paisaje ha de ser respetuoso con diferentes dioses y espíritus, y los principios de la energía han de ser tenidos en cuenta cuando interactuamos con el entorno. Como consecuencia de ello, mi interpretación del paisaje es completamente diferente a la perspectiva Occidental. Así mismo, ello también influye en la manera en que entiendo la realización de una pintura o un dibujo”. Taoismo, budismo, cultos ancestrales, todo se conjuga en sus creaciones; pero el estilo —la forma en que se presenta— es moderno, occidental, bien podría ser un homenaje al expresionismo abstracto. Suling Wang es Oriente y Occidente sin dejar de ser ella misma, un vehículo que el deseo utiliza para plasmar su poder a través de una orgía interminable de simulacros.

1 182x137cmUn buen artista deja ver poco de sí mismo, lo que importa es lo que expresa, no su historia personal. Ananda Coomaraswamy explica cómo el arte tradicional se ocupa de objetivar un saber que se obtiene mediante la contemplación. Aquello que se ve con la mente es una idea, una forma, un arquetipo, un pedazo del velo que cubre el cuerpo insustancial de lo divino, no el acontecer de lo cotidiano. El artista se limita a tratar de plasmar en la materia lo que vio con su intuición. Cuando lo consigue, entonces podemos hablar de arte. El arte no está en los objetos creados, reside en el artista y depende de él si es expresado de manera correcta o no. No existen obras de arte, sólo objetos hechos con arte. La perspectiva estética se limita a ser la envoltura de un saber que entra por los sentidos antes de ser digerido por la reflexión. Suling Wang continúa esta tradición combinando técnicas modernas y tradicionales. Su pintura no es biográfica, como se ha querido ver, sino un espacio abstracto donde ella encuentra su verdadero hogar. Tampoco es una pintora posmoderna o representante del International Style; más bien es una artista que responde a un llamado atemporal, donde el estilo emerge no de su circunstancia sociológica, sino del contacto que tiene con las fuerzas que circundan el cosmos, con el vacío divino que sirve de filtro al deseo en su porfiada necesidad de manifestarse.

4 122x102cm-1La visión de Suling Wang aprehende el momento anterior a la creación, cuando los fenómenos luchan todavía por consolidarse. Sus pinturas son intrincados palimpsestos, capas y capas de colores, muchas veces casi estridentes, sobre trazos largos y sobrios mezclados con líneas que forman espirales en blanco y negro, perdiéndose y volviendo a emerger envueltas en poderosas policromías, articulando así un movimiento constante, un ritmo delirante que impera en todo el lienzo. Suling Wang no representa… muestra imágenes primigenias, percibidas por su mirada interna un instante antes de que el tiempo sea. Por eso su enfoque es tan peculiar, logra captar el flujo del deseo en el preciso momento en que traspasa la membrana divina transformándose en imagen. Esta imagen, que es la imagen del Tao, no tiene forma, es la posibilidad de todas las formas sin ser ninguna en particular. La pintura tradicional china se caracteriza por la presencia de lo vago, por la sutileza del esbozo, por una energía en constate metamorfosis que trasciende la limitación de los objetos. La experiencia frente a los cuadros de Suling Wang adquiere el sabor de lo indeterminado, de lo difuso. A pesar del colorido y de las figuras diseminadas por toda su pintura, no deja de estar presente el esbozo, la casi concreción de la forma sin llegar a estancarse en algo estático. El esbozo se parece sin parecerse a nada, como el Tao fluyendo en la bruma de la inacción.

9 214x173cmLa obra de Suling Wang, dentro de la más clara tradición taoísta, parece sin parecerse tanto a Oriente como a Occidente. Esto, más que denotar falta de madurez, es lo que la hace universal, reacia a dejarse determinar por definiciones y clichés de moda. Cuando estamos frente a sus cuadros, lo primero que nos atrapa es la violencia del color, la abstracción de los trazos… trazos que esbozan, que “desencubren encubriendo” —para decirlo con palabras de Heidegger—  paisajes, personajes y un sinfín de seres que habitan la pureza del lienzo. Basta observar un poco más para reconocer marinas, cordilleras, nubes de mariposas, algunas aves y hombrecitos meditando ante la vastedad del paisaje. Entonces, lo que de golpe parecía un cuadro expresionista, se revela como la narración de un mito, con objetos y personajes perdidos en la vorágine del movimiento. Ni expresionista ni figurativa. Lo importante es que el flujo siga su curso. No olvidemos que el flujo que Suling Wang logra mostrar no es una representación de algo que haya visto en la naturaleza, su mirada traspasa el velo de Maya y de ahí extrae imágenes primigenias. Por eso se confunde lo abstracto con lo figurativo, como en el círculo que Empédocles describe cuando las fuerzas del amor y del odio inician la conformación y disolución del universo, en un movimiento que retorna eternamente sobre sí mismo, dibujando en su trayecto a “Sphairos circular, exultante de la soledad que le rodea”.

El placer que provoca la pintura de Suling Wang nada tiene que ver con la complacencia moderna, para experimentarlo es menester salir de uno mismo y perderse en el flujo del deseo que precede a la existencia… retornar al origen.
 

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* Luis Alberto Ayala Blanco es autor de El silencio de los dioses (Sexto Piso, 2004), Autómatas espermáticos (Sexto Piso, 2005), 99 (Taller Ditoria, 2009) y Eterno retorno (Taller Ditoria, 2009).
 

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