De España y sus naciones

Artículo publicado en la revista Diario16, en su número 16, de septiembre de 2017

 

Vivimos estos días en España un nuevo episodio, especialmente virulento, de nuestra enfermedad más crónica: el independentismo. Está claro que España padece hace tiempo un complicado problema de organización territorial, derivado de que existen en la península diversas naciones y regiones que es necesario organizar en una estructura lo más racional posible. La cuestión sería: ¿cómo hacer compatible la evidente unidad de España como país, con el carácter de nación, igualmente innegable, de algunas de sus partes?

En primer lugar, es necesario afirmar claramente que España en su conjunto es una nación; pues posee, y en gran medida, los tres rasgos que consideramos necesarios para ello: un idioma específico, una historia propia y un sentimiento diferencial respecto a sus vecinos (Francia, Portugal…). Es importante resaltar que este carácter nacional de España se da por igual en todas las regiones, sean a su vez naciones o no. Es decir que, respecto a un portugués, tan español es un andaluz como un catalán; ya que el idioma español como específico, la historia propia y el sentir diferencial se dan en todas las regiones respecto a los vecinos exteriores y viceversa. Conviene recalcar este hecho, pues hay quien piensa, o quiere pensar, que España es una construcción artificial, inauténtica; un simple conglomerado o puzle de partes que se mantienen unidas de manera forzada.

Nación de naciones

Por otro lado es también cierto que al menos dos (quizá alguna más) de las regiones españolas pueden ser a su vez calificadas como naciones, Euskadi y Cataluña; pues se detectan en ellas los tres rasgos mencionados anteriormente, en mayor o menor medida. Sería esencial evitar aquí dos equivocaciones muy frecuentes: o bien negar la identidad nacional de dichos territorios, o bien pretender que sus identidades nacionales y la española son excluyentes y que es preciso optar por una u otra. Muy por el contrario, se constata que ambas pertenencias nacionales son compatibles, puesto que España es una unidad de nivel más global. Así pues un vasco o un catalán pueden sentirse sin contradicción también españoles, como de hecho ocurre en millones de casos.

Sin embargo, sería un error pensar que existen en un mismo plano España, Euskadi y Cataluña; de manera que Cataluña, por ejemplo, podría separarse de España. Eso pudo ocurrir hace 400 años, cuando existían Castilla y Cataluña (Aragón) como entidades perfectamente diferenciadas y situadas en un mismo plano como reinos. Dichos reinos se unieron, aunque igualmente podrían haberse separado (como así ocurrió con Portugal). Pero hoy en día la entidad España, por efecto de los siglos de historia, ha pasado a ocupar un nivel más global. Así pues, Cataluña no está unida a España como una entidad individual puede unirse a otra diferente, sino como una parte está unida al todo al que pertenece. Cataluña hoy es un híbrido de características nacionales catalanas y españolas; y por tanto, buena parte de su propia identidad actual le viene del hecho de formar parte de España y de tener como propios muchos de sus rasgos, el idioma, etc.

Hay que asumir la realidad de que Cataluña (y Euskadi igual) se ha ‘españolizado’ durante varios siglos, de manera que la Cataluña que fue, enteramente pura y distinta de España, es ya solo una imagen ideal, inexistente en la realidad. Y paralelamente, no lo olvidemos, también España ha modificado su antigua identidad y hoy día consiste en Cataluña tanto como en Castilla. Así pues, cualquier decisión de fraccionamiento de España debe tomarse en el nivel de la nación global, que es el único sujeto pleno y diferenciado. Por el contrario, las partes, aun siendo naciones, tienen demasiada mezcla de España en sí mismas, por así decir, como para que pueda existir, por ejemplo, un sujeto diferenciado ‘Cataluña’.

Nacionalismo excluyente

Cierto que algunos pretenden negar que su nación, aun siéndolo, sea esencialmente parte de otra más global. Es una pretensión contraria a la realidad, que fácilmente conduce al disparate político o a la violencia. Esto es así porque el independentista, junto al deseo explícito de separar Cataluña de España, lleva en su fuero interno, más o menos conscientemente, el sueño imposible —y por ello siempre al borde de lo trágico—, de extirpar de Cataluña todo aquello que ya tiene de español mezclado en su identidad… Una vez que alcanzara esa utopía, tendría una entidad nacional pura y diferente que sí podría optar con toda lógica a la separación. Pero como carece de ella, intenta poner el carro delante de los bueyes y, aprovechando las torpezas constantes del Gobierno central y la mala organización del sistema, forzar la independencia a cualquier precio, aun con la mitad del país en contra, pensando que ya luego, con el poder en la mano, podrá construir su sueño de una nación sin mezcla con España (ver “Falsos tópicos sobre el independentismo“).

Esta es, en pocas palabras, la cuestión: una necesidad cada vez más urgente de coordinar diversas identidades nacionales, identidades que no están simplemente yuxtapuestas, sino más bien mezcladas e incluidas unas dentro de otras. Y por otro lado, embrollándolo todo, unos agentes políticos que se dedican a jugar con esas identidades por fanatismo y/o por interés político propio, exacerbando los sentimientos identitarios, negándolos o lanzándolos al conflicto. Ni que decir tiene que cuando un conflicto es beneficioso para alguien, es doblemente difícil ponerle fin.

Fracaso del centralismo

Lo que sí ha quedado perfectamente demostrado por la historia es el fracaso de la uniformidad cultural y del centralismo político, como formas de articular la realidad interna de España. Esta pretensión solo puede ser perjudicial, porque impide el florecimiento de las variadas potencialidades que nacen en cada rincón del país. Y para impedirlo precisa de la represión, de la falta de libertades individuales y colectivas. En último término, produce lo contrario de lo que pretendía: un aumento de las fuerzas centrífugas, desorganizadoras y conflictivas.

Además de esta pretensión centralista, se realizaron otro par de intentos de organizar la variedad nacional española, uno federal y otro autonomista, en las dos breves repúblicas habidas en España en los siglos XIX y XX (de la enseñanza de esas dos experiencias históricas, perfectamente desaprovechadas, habrá que volver en otra ocasión). Por fin, en uno de los raros episodios de racionalidad y consenso logrados por la nación española en su historia, se alcanzó a construir, tras la muerte de Franco, el presente sistema autonómico.

Sobre el llamado Estado de las autonomías, hay que reconocer claramente que ha sido en conjunto positivo, y que ha permitido estabilidad y progreso durante las últimas cuatro décadas. Sin embargo presenta también algunas deficiencias que no han dejado de generar problemas recurrentes. Por ello, llegados a la situación crítica actual —por la cuestión de la independencia de Cataluña—, parece adecuado intentar dar al diseño territorial una mayor perfección y remate.

Valoración del estado autonómico y necesidad de mejoras

Los principales inconvenientes del presente sistema autonómico son:

  • Las Comunidades Autónomas disfrutan de amplias competencias, pero se mantiene a nivel bajo el reconocimiento simbólico de los territorios autónomos, ya sean naciones o no.
  • El conjunto de las competencias no está claramente delimitado, sino que se requieren interminables y tensas negociaciones para que se vaya produciendo el traspaso de competencias.
  • Al carecer de hacienda propia, las Comunidades Autónomas dependen siempre de las aportaciones del Estado central, y ello nuevamente a través negociaciones y mecanismos poco claros y siempre conflictivos.

Lo lógico sería esforzarse por mejorar estos aspectos del sistema; sin embargo en el panorama político actual nos encontramos con una composición de fuerzas muy variadas y todas divergentes; unos quieren mantener el sistema como está, otros retocarlo en el sentido centralista; aquellos en el sentido de más autonomía; o bien en dirección federal (aunque sin atreverse a dar detalles), y los últimos, por fin, salirse del Estado en un intento unilateral sin lógica ni apoyos. No falta incluso quien aplaude el referéndum, sin importarle gran cosa la cuestión independentista, simplemente porque supone una oportunidad para ‘quebrar el régimen de 1978’…

En esta situación de confusión, en la que no hay dos grupos políticos que estén de acuerdo en la línea a seguir, conviene en primer lugar atenerse a la Constitución, pues a pesar de las críticas que es siempre fácil lanzar contra cualquier normativa, resulta ser la única garantía plausible de los derechos de los ciudadanos que ha logrado crear y mantener con cierta estabilidad España en toda su historia… Así que agitar ahora las pasiones hacia el caos y la desintegración es un juego que a algunos les puede reportar emociones fuertes y beneficio electoral, pero que no ofrece al país opciones reales de mejora en ningún sentido.

Una España federal

Volviendo a las distintas formas de organización territorial existentes; parece claro que el remate lógico del sistema autonómico no es otro que el Estado federal; pues puede articular mediante una entidad unitaria, la estructura de España y la identidad de sus naciones constitutivas, resolviendo las tres deficiencias del Estado autonómico mencionadas anteriormente:

  • Reconocimiento del carácter nacional de los Estados federados, con todas las consecuencias prácticas que se deriven de esta cuestión simbólica, pero no menor.
  • Fijación de un cuerpo claramente delimitado y definitivo de competencias del Estado federal y de los Estados federados.
  • Existencia de una hacienda propia de las entidades estatales (como de hecho ya se disfruta sin mayor problema en Euskadi y en Navarra hoy en día).

Hay que aclarar que en este tipo de Estado el ámbito federal es unitario y de nivel más global que sus partes, a diferencia del sistema confederal, el cual consiste en una simple suma de elementos equivalentes que pueden entrar y salir por iniciativa individual del cuerpo común. En cuanto a las zonas de España que hasta ahora no se han considerado nación (por faltarles el idioma, la historia o el sentimiento diferencial) se trasformarían aun así en Estados federados, a fin de mantener la coherencia del sistema. En realidad las diferencias entre el nuevo sistema y el sistema autonómico en la práctica no serían demasiado grandes, y los elementos nacionales de tipo simbólico en esos casos quedarían simplemente sin desarrollar. Madrid (de ser confirmada como capital) podría transformarse en distrito federal y el Senado sería, por fin, cámara de representación territorial.

En conclusión,  el actual problema territorial habrá de resolverse, en efecto, con un referéndum; aquél referéndum en el que todos los españoles decidan un nuevo sistema perfeccionado para su organización territorial. Pero antes de llegar a ese punto, hará falta un ejercicio de racionalidad y una determinación de llegar a acuerdos consensuados e inclusivos. No se trata de tirar por tierra todo lo hecho antes; sino de valorarlo con objetividad,  y lograr elevarlo a un escalón más alto de eficiencia. No se trata, en definitiva, de que los acuerdos sean ideales y perfectos, sino de que sean lo bastante buenos para todos (ver aquí “Urge un liderazgo federalista en España“). Ya en la Transición se alcanzó, excepcionalmente, ese nivel. Ahora que es casi de buen tono denigrar el trabajo de aquel tiempo, veremos si en éste somos capaces al menos de igualar su altura de miras y sus logros.

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