La reivindicación espectacular

258663127_aecb601f02_oSobre la revolución en la era del reality show.

Durante décadas, la pretensión de todo descontento con la situación social o política de su país o de otros había sido la de “cambiar el mundo”.Se partía entonces de un análisis global de la realidad, se realizaba el diseño de un modelo más perfecto de la organización humana y se iniciaban los pasos para lograr implantar ese modelo.

Los métodos se centraban en concienciar a la gente, a los trabajadores en general, de su situación y de la necesidad de derribar a cualquier precio las estructuras de poder a fin de sustituirlas por otras más acordes con la utopía que se anhelaba materializar.Dejemos de lado las virtudes y defectos de esta forma de pensar; lo que interesa constatar es la defunción de esta mentalidad revolucionaria muy activa el pasado siglo.

La actividad de los descontentos de hoy, de las víctimas de las injusticias de hoy, no solo no se propone la realización de un modelo de sociedad ideal, sino que ni siquiera sueña con atacar al estado, a los órganos de gobierno. Tal es el cambio de nuestra ideología que si lo hicieran, y se valieran para ello del uso de las armas, nos parecerían oscuros conspiradores indignos de nuestra confianza, criminales inyectados de fanatismo.

La victoria del estado es tan profunda que ni los que sufren situaciones dramáticas de pobreza y opresión se plantean atacarlo; antes bien se dirigen a él -como juez supremo de la realidad- para solicitar su reconocimiento, su admisión dentro del orden existente. Esta petición de reconocimiento se materializa en la reivindicación de derechos.

Los herederos del revolucionario Zapata solicitan hoy al estado que les reconozca sus derechos. Los emigrantes piden derechos, las mujeres exigen igualdad de derechos. Los homosexuales quieren tener derecho a casarse, los parados invocan el derecho al trabajo, el derecho a la vivienda.

No es la justicia, la libertad, la igualdad del mundo lo que importa si cada uno, con sus particularidades, ve reconocida su existencia, el derecho a sentarse a la mesa del estado. La tolerancia, el gran valor de nuestros días, es la aceptación de que otro se integre a ese orden establecido que no cuestionamos.

Así como el estado ha alcanzado su universal aceptación como espectáculo y gracias al espectáculo, así también sus hijos pródigos se valen de los métodos del espectáculo para lograr ser dentro del orden real. Las manifestaciones, las marchas, los encierros, los encadenamientos, las huelgas de hambre, las ocupaciones, las acampadas, los espectáculos mediáticos en general han sustituido con ventaja a la toma de la Bastilla.

En la reivindicación espectacular se ataca al estado con sus propias armas: ganandose la simpatía de los ciudadanos, de los votantes -mediante la producción de actos destinados a los medios de comunicación-, la minoría en cuestión adquiere visibilidad, es decir realidad. Ahora es evidente que esas gentes existen -las vemos en la pantalla- por lo tanto ha de reconocérseles su derecho. Tanto más que su actitud es de pacífica y humilde petición y sus deseos sensatos y nada “revolucionarios”: más sueldo, un pasaporte, acceder a un consumo normal…

Si el estado, si el gobierno, se niega al reconocimiento de la minoría, su propia valoración pública, su popularidad -que es su bien más preciado contabilizado en intención de voto- puede resentirse. Sólo falta vencer la resistencia de algunos sectores más retrógrados, buscar el momento más adecuado, la vía más rentable.

Poco a poco (y dentro evidentemente de los límites impuestos por los intereses del sistema político y económico) los indígenas, las mujeres, los emigrantes, las minorías sexuales o étnicas irán conquistando sus derechos. Nuestro tiempo siente esa integración como justa y todos nos alegramos. Incluso los hombres que manejan el estado (aunque aleguen trabas prácticas o económicas) se verán impulsados a sentir con los demás y a proclamar en los medios la justicia de la reivindicación de derechos si no quieren verse barridos por la opinión pública. Aquellos dirigentes que hayan comprendido mejor el funcionamiento de nuestra nueva mentalidad sabrán incluirse en el espectáculo, catapultarse como paladines de la justicia, como pacificadores, como artífices de la historia.

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