La violencia y el terror en el primer Savater

fernando-savater-79-pEra 1977 -la época de Ybarra, de Schleyer, casi de Moro- cuando Fernando Savater escribió el ensayo ‘Del terror y la violencia’  que apareció publicado en su libro Para la anarquía (Tusquets Editor, Barcelona, 1977).

En él rechaza el uso de la violencia como herramienta revolucionaria, justificando esta postura con un razonamiento matizado e inconformista que encuentro de utilidad. Este razonamiento quisiera recuperarlo aquí con ayuda de algunos fragmentos del texto, que supongo será difícil de encontrar hoy. En primer lugar deja Savater sentado un punto que es esencial (y hay una gran tendencia a que nos lo hagan olvidar…). La violencia y el terror son ante todo cosa del Estado. Basta con ver un poquito la historia: genocidios, invasiones, inquisiciones, holocaustos, gulags, hiroshimas… En comparación con el verdadero terror estatal, el terror de algún individuo o grupo suelto es casi irrisorio.

El Estado (…) conserva la violencia y el terror, un permanente aunque frecuentemente relajado estado de guerra, para que el Hombre no se olvide de la necesidad asociativa y se entregue a hacer lo que quiera, como si estuviera solo.

La violencia y el terror son el instrumento de cohesión por excelencia que se utiliza en el Estado. No se conoce fuente más eficaz de unanimidad… Admitido que en el hombre acecha la naturaleza, es decir, lo antisocial (…), sólo por terror y violencia se puede sacar algo “humano” de él.

Así pues la violencia y el terror están en el corazón mismo del Estado y no son una ‘enfermedad’ o caso aislado, evitable. Solo gracias a la violencia y al terror mantiene el Estado su unidad y la cohesión de los ciudadanos. Savater insiste acertadamente en que esto es verdad también cuando un Estado se encuentra en situación de paz y se gestiona mediante la acción política:

…la política es la continuación de la guerra por otros medios; es decir que la política lleva la violencia y el terror inscritos en su proyecto mismo

[los partidos] se mueven en el plano de la política: dan por hecho la existencia y la necesidad de un terror y una violencia institucionales, para conseguir cuyo control –lo que se llama “el Poder”- a veces bastan instancias democráticas, pactos, cabildeos económicos, o intrigas de salón, etc… A fin de cuentas, pueden  permitirse el lujo de ser pacíficos en pequeña escala precisamente porque están decididos a ser violentos en grande, es decir, a mantener cárceles, ejércitos, policías, manicomios, fábricas, etc… tal y como hasta ahora.

Por el contrario, el revolucionario no pretenderá (a la manera del político) controlar el aparato de administración de violencia y de terror, sino instaurar una sociedad que no necesite violentar a sus miembros para existir (aquí puede interesar ver Marcuse):

En cambio el proyecto revolucionario consiste precisamente en acabar con la guerra entre los hombres, es decir, en suprimir la necesidad de la violencia y el terror como fundamentos de la sociedad.

Ahora llegamos a un punto importante: no es que vivamos en el Estado sino que somos Estado y, como a él, la violencia nos constituye y mantiene unidas nuestras partes en guerra (ver Surrealismo: La libertad, el amor, lo maravilloso).  Siendo así,  ¿cómo evitar el uso por parte del revolucionario de una violencia que lo constituye, que es intrínseca a él?

En tanto que ciudadanos, [somos] simples reflejos del Estado y menesterosos de terror y violencia para casi todo: para entendérnoslas con el amor, para mejorar en nuestro trabajo, para tener a raya a los otros y a lo que en cada yo hay de otro. En tanto llega o no llega la revolución, somos Estado y apenas podemos ni imaginarnos de otro modo. Si bien claro está que el terror y la violencia son lo único eficaz en nuestra condición, ¿cómo habremos de renunciar a ellas en los pasos previos a la liberación definitiva? En las urgencias de la explotación y la vida mutilada, ¿cómo no utilizar el medio por excelencia, aunque sea con el fin de volverlo contra sí mismo y llegar a inutilizarlo para siempre?

Aquí se encierra el verdadero porqué del rechazo a la violencia: en tanto que constitutiva del Estado, en tanto que constitutiva de nosotros mismos en cuanto estado, la violencia solo es eficaz en la reproducción  y renovación del Estado; nunca para su destrucción. Esto es lo esencial: la violencia es contrarrevolucionaria y por ello debe rechazarse.

… el terror y la violencia son lo más eficaz y útil para el Estado. No para la revolución, es decir, no para la destrucción del Estado. El Estado no puede subsistir, como hemos visto, más que apoyado en la Guerra; pero la revolución no puede declarar la guerra, ni siquiera al Estado, pues tan cierto es que el Estado se apoya en la Guerra como que la Guerra necesita y engendra Estado; por decirlo de otro modo, de toda guerra, incluso de la guerra contra el Estado, sólo un Estado puede derivarse.

Así pues la violencia no es herramienta útil contra el Estado; sin embargo no siempre es evitable: en este magnífico fragmento Savater muestra los límites del uso de la violencia así como la consecuencia de rebasar esos límites:

para-la-anarquia-pEs evidente que, puesto que aún somos ciudadanos y vivimos en estado de paz /guerra, a veces la violencia es lo único que puede preservarnos de la destrucción física y así nos vemos forzados a recurrir a ella; en modo alguno pretendo negar en todo caso la oportunidad del empleo de terror y violencia para rescatarnos de la aniquilación a nosotros mismos, a los débiles o a los que amamos, o para evitar irreparable daño de la justicia o la libertad. Tampoco dentro del Estado, y resignados a él, puede tolerarse todo…

Pero lo importante es saber que vernos obligados a recurrir a terror y violencia es parte de la miseria misma que nos oprime, que nada de revolucionario ni de realmente liberador hay en tales armas, que ninguna esperanza de superar nuestra condición de ciudadanos puede extraerse de ellas y que la vida y la autonomía que su uso nos conservan las pagamos al más alto precio, al de ver vida y autonomía perpetuamente amenazadas por la sociedad del la guerra.

Quien sólo recurriese a la violencia al verse estrictamente forzado a ello, sin ilusión y sin énfasis, con la amargura de quien se mutila para conservar el resto del cuerpo sano, en una palabra quien sólo recurra a la violencia y el terror haciéndose violencia a sí mismo y aterrorizándose de su condición ése es, si no un revolucionario, al menos un ciudadano lúcido, cuyo íntimo desgarramiento quizá porte en sí gérmenes eficazmente liberadores.

Pero como cada uno de nuestros gestos violentos va acompañado de un íntimo vértigo feroz, de un regocijo cruel, poca duda puede cabernos de nuestra complicidad artificiosamente “natural” con lo que necesita de la guerra para subsistir y medrar. El terror y la violencia, incluso por la mejor de las causas, nos convierten siempre en sicarios del tirano.

Es decir, que estaríamos ante una acción eventualmente liberadora si nos ocurriera llegar a la violencia estrictamente como defensa: solo como negación de lo que nos agrede u oprime y no en forma constructiva, planificada, como método… es en este segundo caso cuando ya estamos actuando a la manera del estado, reproduciendo sus estructuras.

***

Creo que la lucidez de este texto es grande: descarta el uso de la lucha armada si lo que se pretende es una modificación auténtica de la sociedad (en efecto, vemos que todos los cambios producidos por medios violentos al final condujeron a la creación de nuevos Estados tan represivos o más que los anteriores), pero rechaza también las condenas moralistas e hipócritas de los que usan la crítica a la violencia de los descontentos para mantenerse en el monopolio del los medios coactivos estatales.

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