‘Control’ (Anton Corbijn)

Los 70 significaron quizás los últimos estertores de la música rock como fenómeno contracultural y de agitación social, con el efímero apogeo de la rabia punk inspirando nuevas vías de expresión a miles de músicos. Como siempre, ese pequeño germen de actitudes contestatarias o, cuanto menos, de corrientes excéntricas, fue asimilado por el mainstream del mercado musical hasta convertir aquello que de innovador u original podía quedar en pura moda y merchandising a nivel estético o en melodías de fácil escucha y mínimo impacto emocional o ideológico, en el musical. Mientras la década se acercaba a su fin, la breve vida (y obra) de Ian Curtis se aproximaba (inexorablemente) también al suyo. Tomando como punto de partida inspirador, el poder desatado de un directo de los Sex Pistols al que asisten como espectadores, Curtis, Bernard Sumner, Peter Hook y Stephen Morris fundan Joy División, formación que, tras su disolución, se convertirá en grupo de culto, recibiendo más atención y líneas de reconocimiento que durante su efímera existencia…

En “Control”, el prestigioso fotógrafo Anton Corbijn (famoso por sus videoclips de Depeche Mode, U2 o Metallica) hace una semblanza contenida y sobria pero a la vez emotiva de Curtis, vocalista y líder de un grupo que ha influenciado a grupos tan dispares como los mencionados U2, The Cure o Red Hot Chilli Peppers. La cinta, en un cuidado blanco y negro, omite cualquier asomo de glamour para plasmar una historia que nunca lo tuvo. Lejos de contarnos la típica ascensión y caída de una banda de rock (como tantos biopics musicales al uso), opta por un tono crepuscular casi desde el inicio del metraje, anticipo de un final anunciado (por conocido) e irreparable.

El acercamiento del holandés Corbijn a la figura de Ian Curtis no tiene un carácter mitómano o complaciente. No nos muestra una figura susceptible de ser idolatrada o imitada, ni en cuyo lugar quiera nadie encontrarse. Es el retrato de una personalidad torturada tanto por su enfermedad (la epilepsia) como por sus tendencias depresivas y por la incapacidad de manejar el triángulo amoroso en que se ve inmerso (y que Corbijn nos muestra de forma desapasionada y con frialdad casi de entomólogo).

Para llevar a buen puerto esta semblanza (cosa que, a mi juicio, consigue), el realizador cuenta con la inestimable ayuda del debutante Sam Riley que, no sólo es, físicamente,  un clon de Curtis, sino que demuestra además ser un excelente actor que, desde la contención expresiva, consigue transmitir al espectador el agónico y desgarrado tormento interior de su personaje.

Entre los grandes aciertos de Corbijn como realizador, están unos aparentemente simples pero, en realidad, cuidadísimos encuadres (su dilatada experiencia como fotógrafo es todo un aval) que no caen nunca en lo relamido ni en el esteticismo vacuo sino que aportan una atmósfera de sombría y severa verosimilitud a la narración. A nivel narrativo, el realizador se toma su tiempo, dilata la duración de los planos para sumergirnos en la marea emocional de los personajes y no mueve la cámara más de lo estrictamente necesario para no “hacerse notar”, para no inmiscuirse en la historia. Simplemente, se limita a ser un espectador más de la misma. No olvidemos que él mismo fue admirador del grupo en esa (su) época y acudió a sus conciertos para fotografiarles. Corbijn afirmó haberse decantado por rodar en blanco y negro porque así eran sus recuerdos de Joy División, y hay que convenir que la elección es acertada.

Más aciertos formales: Al comienzo del filme, cuando acuden a conciertos de Bowie o los Pistols, Curtis y el resto de la banda son filmados entre el público como espectadores de unos músicos a los que no vemos en ningún momento (casi como si los futuros Joy Division, y en especial Ian,  fueran los observados). Cuando comienzan a actuar en directo, seguimos viéndoles como enajenados respecto al “Otro”, que ya no es una estrella a la que idolatrar (ahora se supone que lo es Curtis) sino que es un público que se percibe casi como una amenaza ominosa, acaso una masa informe y aullante, que celebra con idéntico entusiasmo las sombrías letras del vocalista y su voz de ultratumba o uno de sus violentos ataques epilépticos durante una actuación. Al fin y al cabo, todo forma parte del show

En este filme, basado en un libro de su mujer, Ian Curtis aparece como un muchacho que, apenas abandonada la adolescencia, ya es marido, padre y proyecto de estrella casi a su pesar…  Y es que este poeta que canta desde el lado oscuro, este Jim Morrison de barrio de clase obrera, con sus movimientos espasmódicos y feístas en el escenario y su vida gris fuera de él, nos es mostrado como una pieza defectuosa que no encaja en ningún puzzle: ni se amolda a la poco estimulante vida de casado prematuro y trabajador de la oficina de desempleo, ni tampoco se adapta a su nuevo rol de rock star, cuya presión le supera…

Corbijn nos retrata a un ser inmaduro y cargado de dudas y culpabilidad, que ni puede demostrar amor por su mujer ni puede abandonarla, ni puede ser feliz con su amante ni es capaz de renunciar a ella. Un individuo a la deriva, marcado por una enfermedad que le impide ser dueño de su propio destino, tener ese control sobre su vida al que alude el título… Un personaje, en suma, atrapado en unas circunstancias que le sobrepasan y que le conducen hacia un fin inevitable y trágico pero sin un poso de grandeza que adorne una existencia que ha sido puro sin sentido…

Una película, finalmente, recomendable tanto para los fans de Joy División (que no creo que en España sean legión, precisamente) como para quienes no han oído hablar de este grupo en su vida.

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