14 de septiembre. Diario

from allison1 060Será un diario. Lo he decidido hace poco más de una hora en contra de mis prejuicios. Ya sé que los diarios están de moda, pero a mí me inquieta la necesaria suposición de que a alguien le interesen mis asuntos, algo que sólo puede deberse a la vanidad o al exhibicionismo. De todas formas, creo que ahora no me podría salir otra cosa que contar mi vida. Esto último, y la seguridad de no tener lectores, es lo que me anima a comenzar con él:

A la izquierda, a través de mi ventana, veo La Habana de noche. Toda La Habana, desde Centro Habana hasta Regla. Lo que más destaca es el Capitolio, porque es el edificio más alto y porque tiene iluminada la torre central. Detrás del Capitolio se ve la llama reluciente de una especie de refinería que hay del otro lado de la bahía. El resto es oscuro; las luces amarillentas, casi naranjas, parecen luciérnagas cansadas y solitarias. San Rafael sí se ve mejor, justo debajo de mí, sin coches, sin gente. El ruido que llega es el de los perros que ladran, aquí y allá, y algún viejo automóvil que pasa.

Desde hace un tiempo pensaba escribir alguna cosa, pero no sabía qué. Llevo unos días buscando libros sobre la historia de esta ciudad tan bella, para hacer algo así como la biografía de una vieja Mata Hari, de esas con un piano de cola desafinado y fotografías glamurosas en los aparadores de su salón, pero no he encontrado nada demasiado interesante. Quería escribir algo ensayístico, donde contase historias curiosas de tantas calles y plazas, de tantos edificios asombrosos. Pero será un diario. Lo he decidido mientras caminaba por Infanta, a oscuras bajo sus soportales, hace poco más de una hora.

Salía del cine, donde he ido a ver “La caja china”, una película con Jeremy Irons, Gong Lee y Rubén Blades que proyectan dentro de un ciclo de cine chino. Jeremy Irons es un periodista destinado en Hong Kong a quien le diagnostican una leucemia terminal. Está enamorado de Gong Lee, pero ella no le corresponde, y tiene un amigo fotógrafo, Rubén Blades, que es latino –quizás panameño- y toca la guitarra. El caso es que la película, sin ninguna virtud en especial, resulta un diario de los últimos días de vida de su protagonista, en medio de una ciudad que nunca dejará de serle extraña.

Ya en la calle, y sin otro motivo que la imitación, pensé que un diario sería lo mejor. Con esa idea en la cabeza bajé por Infanta camino del Malecón y allí me senté un rato. Trataba de pensar en algo pero no pensaba en nada. Sólo miraba a la gente pasar, dejaba que el viento del mar rondara por debajo de mi camiseta y pretendía distinguir los contornos de los edificios lejanos. Uno, en diagonal a mi derecha, tenía dos columnas menos. De las cuatro columnas que alguna vez soportaron su peso sólo le quedaban dos, y en ese espacio amplio y extraño, contrario a la previsión de su derrumbe, un chaval joven se sentaba tras un carrito de helados. La lista de sabores y precios era lo único visible gracias a la luz de una lamparita, más capaz de crear enormes ángulos en sombra que de iluminar la útil referencia. Nadie le compraba y él dejaba pasar la noche.

Por mi izquierda se aproximó caminando un grupo de adolescentes. Todos altos y delgados, mulatos y callejeros. Traían con ellos a un niño de poco más de dos años. Se reían y gesticulaban sin parar, mientras las chicas, más tranquilas, compartían algunas chucherías. Una de las muchachas se sentó a mi lado, casi tocándome, y el resto del grupo, menos unos pocos que cruzaron la calle, se situó por allí cerca. Algo les empezaron a gritar a los disidentes, que ahora bailaban al ritmo del reguetón que salía de las puertas del club de enfrente: provocando, para que se les viera. El niño estaba al borde de la carretera, pero nadie le hacía mucho caso.

Sentí que mi universo se desestabilizaba. De pronto comencé a medir mis gestos, a mirar para el otro lado, a simular que no les prestaba atención. Calculaba el momento de la retirada sin que se hiciera evidente que me iba por ellos, porque tanta cercanía y tantas risas descontroladas me incomodaban. Se acabó mi momento sobre el muro del malecón. Esperé unos minutos más, me levanté y me fui de allí.

De vuelta a casa, las sombras que creaban las ancianas farolas de San Lázaro se interrumpían en las profundidades de Centro Habana. Con un poco de mala suerte, por aquí no atraviesa la mínima luz que permita distinguir el más leve contorno. Es un negro sobre negro de esas noches campestres en las que se puede ver hasta la última estrella. El ascensor me lleva al piso diecisiete, abro la puerta de mi apartamento y miro por la ventana: parece que estoy sobre una de ellas.

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