20 de septiembre. Richard Claiderman

Si existe algún lugar en el mundo en el que aún siguen vigentes, y a un volumen considerable, las notas del piano de Richard Claiderman, ese es La Habana. Ya me ha pasado varias veces, la última esta mañana, en la librería de 25 y O. Fue cuando indagaba, al poco de llegar de la calle (todo sofocado y sudoroso), en los estantes más cercanos al único ventilador del local. Entonces comenzó la enervante melodía de tocador de señoras. Esas son las ocasiones en que me sale una vena cabrona, de niño pijo al que le gustaría gritar, y casi lo hace, que eso es una horterada, que a quién se le puede ocurrir, a estas alturas, plantar esa mierda de música. Richard Claiderman me saca de quicio.

IMG_2566Lo de la vena cabrona lo tengo que controlar. Ya me pasó hace unos días, cuando no nos dejaron entrar al cine porque mi amiga Sarah llevaba pantalones cortos, o la otra vez en que las reglas del Café G impedían que se sentaran más de cuatro personas alrededor de una sola mesa: leyes de lo mínimo, resabios estalinistas con los que me pongo chulo e intento mostrar mis credenciales cosmopolitas.

Sobre el efecto Richard Claiderman se podrían decir  muchas cosas, especialmente acerca de las anacronías que campean por esta isla, pero como detesto las estampas turísticas, por ahora no mencionaré nada que tenga que ver con los coches de los años cincuenta, las mansiones semiderruidas, los grupos folklóricos de los bares de La Habana Vieja, las cigarreras o la libreta de racionamiento. Sin embargo, sí se produce una variable del efecto que me gustaría destacar y cuya mejor muestra sucedió por la tarde, mientras asistía a la presentación del nuevo libro de Leonardo Padura en la sede de la Unión de escritores, también conocida como “Uneac”.

La Uneac ocupa un espectacular palacio en 17 y H, con uno de los jardines tropicales más majestuosos de La Habana. Allí me acordé de Borges, ya que estaba entre hombres de letras, y de aquel emperador chino cuyo jardín replicaba el paraíso, y me pregunté qué habría ideado en medio de tanta sensualidad. La exuberancia caótica del trópico materializa un orden natural y perfecto.

En aquel lugar, sin embargo, han creado una sala richarclaidermaniana. Bajo los enormes árboles churriguerescos, entre macetas de hojas gigantes y flores de colores, tras una fuente mohosa y matorrales de un verde brillante, nos obligaron a penetrar en una especie de sala de hospital sin ventanas, con una luz artificial de mercado de abastos, paredes refulgentemente blancas al gotelé y un aire acondicionado ruidoso y a tope. El lugar perfecto para que suenen de fondo, como el que no quiere la cosa, las notas del piano de mi estimado Richard: dramático descenso del edén al matadero del “kitch”.

El único que allí podía devolvernos al paraíso que se extendía tras el muro de ladrillo era el propio Padura, quien cumplió con el arduo cometido. Él nos contó con todo detalle, y con una pasión deslumbrante, las aventuras de León Trotsky y de su asesino, el célebre Ramón Mercader, cuya historia ocupará el próximo de sus libros. Padura se extendía en largas explicaciones, mañoso como un charlatán de bar, preciso como un profesor de secundaria, y a través de sus palabras todos nos pusimos a viajar por la España de la Guerra Civil, el Coyoacán de Frida Kahlo o el Moscú de Stalin. Entonces la sala comenzó a llenarse de guanacastes y palmas, de yagrumos y flamboyanes.

Ya por la noche, conversaba en el malecón sobre lo divino y lo humano con mi amigo Luís Alberto, un pintor soriano (en Soria hay pintores) que pasa unos días en la Habana con una exposición inspirada en canciones de Silvio Rodríguez. El marco invitaba a la trascendencia y las latas de Bucanero también. Hablábamos de España y de Cuba, teníamos el mar a nuestra espalda y estábamos un poco borrachos. Lo elemental de la situación hizo que me olvidase del pianista. No sé por qué volvió ahora.

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