5 impresiones sobre “la cuestión” catalana

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1. Banderas. En el origen de toda nación moderna hay una creencia, un momento de fe. Las fronteras de un país llamado Cataluña trazan una línea sobre el territorio y lo de dentro es Cataluña y lo que está fuera no. La identidad nacional requiere un espacio, lo que convierte al territorio en un sujeto realizado, que se constituye en la diferencia con respecto a otros sujetos territoriales. En este sentido, el sujeto Cataluña comparte la ficción fundacional de cualquier otro Estado moderno.

2. De lo primero se deriva que el mismo derecho que se invoca (la “libertad de decidir de los pueblos”), sólo debe aplicarse en el caso propio, y no en el caso de otros sujetos identitarios que puedan surgir desde el sujeto Cataluña y poner en cuestión su propia constitución como ente realizado. De lo contrario, el reconocimiento de tal libertad de decidir iniciaría un proceso ad infinitum hacia la total fragmentación. A tal camino sin retorno se opone la cláusula “de los pueblos”, donde “pueblo” representa el mito de la unidad de destino y salva la paradoja anterior: cualquiera puede definirse como tal y denegar la definición al otro.

3. Las razones que se barajan en torno a la necesidad de la independencia y que no reconozcan la ficción territorial corren el serio riesgo de caer en la xenofobia, el clasismo o la contradicción más flagrante. La paradoja reside en que se trata de una opción política que debe justificarse con argumentos, si se quiere, no políticos: el sentimiento, la ficción fundacional, la tradición, la creencia. La lengua propia surge aquí como una de las concreciones que pueden salvar la distancia entre la intrínseca heterogeneidad de la nación moderna y la idea mitológica de pueblo.

4. Hubo un concepto de emancipación clásico, de marxismo de manual, que apostaba por liberar al individuo en tanto integrante de una clase social que saltaba por encima de fronteras y culturas. En el movimiento al que asistimos esta emancipación adopta una dirección centrípeta y vertical, donde es la comunidad cultural la que produce identificación y diferencia. En este sentido, se puede hablar de una dinámica semejante a las formaciones nacionales del Estado burgués, así como alejada de nuevas formas de interrelación, sobre todo si lo vemos desde las afueras del sujeto nacional Cataluña. Lo del protagonismo de A. Mas no es una cuestión menor en este esquema, pues los fines no son independientes de los medios, por no decir que los fines, en realidad, no existen (pues siempre estamos en medio de todo).

5. Salida. Lo anterior pierde de vista la mirada a pie de calle. ¿Cómo canalizar las ilusiones colectivas en tiempos de crisis y ausencia de proyectos emancipadores? David Fernández, diputado de la CUP, dice no ser nacionalista, sino soberanista. Es decir, que se puede apostar por un corte procedimental o meramente institucional entre dos entidades que se administren por separado. Lo que subyace a esta idea, advierto, es una demanda más factible en términos porcentuales desde Cataluña que desde el resto de España. Hablamos de grados de franquismo sociológico, de cómo desde el sujeto Cataluña se lee al sujeto España a partir de esa marca indeleble de la intención de voto al Partido Popular, sus cavernas mediáticas y las herencias que arrastran. Y en este juego de lastres sólo se me ocurre envidiar la ficción catalana: quién fuera capaz de reclamar su soberanía y escapar de ese país del que también me siento excluido. A otros, me temo, solo nos quedó el exilio.

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