¿Orgullosos de ser ignorantes?

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El video se hizo viral hace algunas semanas, cuando un Obama relajado, al que ya se le nota que tiene ganas de dejar el cargo, se dirigía a los estudiantes de Rutgers, una de las universidades más prestigiosas del país, con un ataque directo contra el trumpismo:

“si asisten al debate político actual, se preguntarán de dónde viene esta corriente antiintelectualista […] en la política y en la vida, la ignorancia no es una virtud”.

El escenario se completaba con un decorado de catedráticos en toga y birrete, y las risas y aplausos de los asistentes al estadio de la universidad, repleto para escuchar al presidente.

Rutgers es una universidad estatal, pública, cuyo coste oscila entre 14,000 (sin contar gastos de alojamiento y manutención) y 40,000 dólares por estudiante, cantidades que limitan extraordinariamente el acceso. Cuenta con tres campus en Newark, New Brunswick y Camden, es decir, en tres de los lugares más degradados del New Jersey postindustrial, líder en las estadísticas de marginación y criminalidad. Camden, por ejemplo, registra 57 crímenes violentos al año por cada 1000 habitantes (la media nacional es de 3.8, lo que le sitúa solo por detrás de St. Louis), con una proporción de asesinatos al nivel de Culiacán, cuna del Cártel de Sinaloa (México) o de la ciudad de Guatemala.

A partir de este breve esquema, imaginemos cómo pueden interpretarse las palabras del presidente on campus, es decir, dentro del entorno amurallado de la universidad, y off campus, entre las comunidades que residen en la exclusión social y educativa. Obama está en lo cierto pero por causas equivocadas: la ignorancia no solo no es una virtud, sino que para grandes sectores de Estados Unidos representa un destino ineludible.

Quizás si pensamos que la educación es una cuestión de clase entendamos los orígenes del antiintelectualismo y el despliegue de vulgaridad de Donald Trump, quien sabe excitar el resentimiento de unas bases populares enfrentadas al reto de cómo costearse una educación de mínimos y entrar en el camino de la movilidad social. Los obstáculos son múltiples y se inician en la propia adquisición de vivienda, cuyo precio depende, en gran medida, de los centros públicos de enseñanza que le corresponden por proximidad, por lo que las familias de rentas bajas se ven imposibilitadas a habitar en un distrito escolar decente, lo que se traduce en que enviarán a sus hijos a primarias y secundarias con unos índices espantosos.

Para enormes sectores de población, esas clases medias afectadas por la última crisis económica, al incremento imparable de las tasas universitarias (Bloomberg calcula un alza del 1225% desde 1978) y a las dificultades de acceso a una educación de calidades mínimas se le añade la cruel ironía de encontrarse por debajo de la población que puede pagar altas cuotas universitarias, y por encima de la de bajísimos recursos que dispone de “becas de necesidad”, habitualmente identificadas con la comunidad afroamericana y migrantes de primera generación. Hablamos de las clases empobrecidas por la desindustialización y la deslocalización, que ante la decisión de continuar estudios universitarios deben elegir entre un fuerte endeudamiento a base de préstamos estudiantiles (el 60% de los estudiantes se acoge a préstamos y la deuda media por estudiante se sitúa en 33,000 dólares), o el enrolamiento al Reserve Officers Training Corps (ROTC), la escuela de oficiales del ejército que “a cambio de estudios superiores pagados y una carrera garantizada”, como dice susitio web, exige a los cadetes “servir en las Fuerzas Armadas después de graduarse”. Para muchos jóvenes norteamericanos el peaje para estudiar han sido unos años de “prácticas” en Irak o Afganistán.

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