Baltimore Police Department (BPD)

the-wireLa enorme cola se desespera por la tardanza y yo me dedico a revisar, una vez más, la copia del billete electrónico. Entonces descubro que donde dice “stops” figura un “1” y, de un vistazo a las pantallas sobre los mostradores, que la escala será en Baltimore. Una hora después los operarios del aeropuerto de Cancún ocupan por fin sus puestos y nos dejan facturar.

En el avión nos recuerdan el procedimiento: todos los pasajeros deben bajar del aparato, pasar el control de emigración y luego la aduana. Aquellos que sigan para Filadelfia que vuelvan a embarcar por la puerta E6.

Al salir del avión unos negros que esperan con unas sillas de ruedas hablan entre ellos con ese acento de la familia Barksdale tantas veces escuchado en mi ordenador, como el de la oficial de inmigración, la oficial Logan, con esa chapa donde dice “Baltimore Police Department”. Me dan ganas de preguntarles por Mc Nulty, por Daniels o Bunk. Muy simpática la oficial Logan, muy fáciles sus sellos sobre mi visado. Pero antes de devolvérmelo me dice con una sonrisa que debe consultar algo y se marcha. A los pocos segundos vuelve con mis papeles y me desea una feliz jornada.

Soy el único extranjero del vuelo. El resto de pasajeros ya acabó con el trámite y me encamino yo sólo a la cinta transportadora y al control de aduanas. Me dicen que meta mi pasaporte en un sobre y ponga mi maleta a disposición de un oficial con guantes de cirujano. Le miro la chapa. Se llama Sadowski. Sí, Sadowski. Sadowski me pregunta que de donde vengo, aunque ya lo sabe por la tarjetita azul que le he entregado. De La Habana, le contesto. Que qué trae de allí, pregunta. Un paquete de café y un tarro con miel, le digo. Entonces me mira a los ojos sin pestañear. Que qué me dijo hace unos meses un oficial de Filadelfia sobre lo de traer café de Cuba. Estoy fichado. Y yo: que no lo podía traer, que era delito. Que qué hizo ese oficial en aquella ocasión. Tirarme el café, insultarme, amenazarme, abusar de su poder, me dan ganas de decirle, pero gracias a HBO sé cómo actúan los policías de Baltimore y me lo callo.

Sadowski insiste: que por qué lo hago. Que es como ir cargado con unos gramos de cocaína, que es delito. Que por qué lo hago. Que por qué traigo café, a ver, por qué. Porque me gusta el café cubano, le digo. Que es delito, que por qué me empeño en delinquir, que por qué lo hago, que no está bromeando, que por qué lo hago, que por qué lo hago, que por qué, a ver, por qué. Que le mire a los ojos, que no está bromeando, que por qué lo hago, que por qué, que le mire a los ojos, que no bromea. Por qué, a ver, por qué. Porque me gusta echarme la siesta, so hijoputa, y luego beberme una taza de café con leche, con mucho café, mucho azúcar y un chorrito de leche, pero café cubano, café cubano, mariconazo, café cubano, que es mucho mejor que el aguachirri del café gringo mierdoso que hay detrás de esta frontera mierdosa, hijoputa. Porque prefiero el café cubano, el café cubano, el café cubano después de la siesta, el café cubano después de esas siestas perfectas de veinte minutos que me echo cada día, so hijoputa, el café cubano. Viene su jefe, un tipo bajito y esmirriao con tatuajes de llamas que le ascienden por los antebrazos. Me mete un broncazo en el que me vuelve a preguntar sin descanso que por qué lo hago tras exigirme que le mire a los ojos y avisarme de que no bromea. Y termina con una admonición: “tu vida será miserable cada vez que quieras entrar en este país” (“your life will be miserable each time you wanna enter to the US”, para los que entienden lenguas).

En Philly está gris y llueve. El taxista me deja frente a la casa de mis amigos. Antes tiene una discusión con un tipo negro que lleva un carro enorme. Me recuerda al de Chris y Snoop. Llueve a cántaros. Me planto con las maletas en su porche pero no están. Una vecina negra se mece al otro lado de la calle. Me ha visto salir con las maletas del taxi, tocar en la puerta, esperar. Me dice a gritos que no están, que se han marchado. No tengo teléfono. Me acerco a ella y desde la calle le pido su móvil para hacerles una llamada. Me dice que irá por él pero que no me acerque a su porche. Que me quede en la calle, insiste, que no me acerque a su porche. En la calle llueve. Espero bajo el aguacero. Aparece unos minutos después y me pregunta por el número. Se lo digo. Me tiende el teléfono ya marcado. Ella permanece en su porche y yo en la calle. Llueve. Suenan los tonos, nadie al otro lado, aparece el contestador, llueve y les dejo el mensaje. Que estoy en su puerta, que acabo de llegar, que llevo encima dos escalas y veinte horas de aeropuertos, que me estoy calando y que un policia me ha echado una maldición que ya se cumple.

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