Camorristas

Miami. Fairfield Inn. Habitación 138: Son las siete de la tarde y ya estoy duchado y metido en la cama. Sobre las piernas tengo el portátil y en la tele Louisville juega contra Notre Dame. No me gusta el baloncesto universitario. Durante las diez horas de vuelo vine acompañado por un camorrista. No puedo saber si pertenecía al clan de los Casalesi o de los Mondragone (aún carezco de ciertas sutilezas), pero después de leer Gomorra los detecto inmediatamente. A los pocos minutos de despegar éste me confesó que había comprado su billete en Fiumicino para Santo Domingo sólo una hora antes de que partiera el vuelo. Camorrista. Los mafiosos me rodean y se esconden tras las apariencias más comunes. Cualquiera puede serlo.gomorra_0

He salido a dar una vuelta. Tenía sed y he caminado por esta noche de Miami hasta entrar en un Latinoamerican Grill. He mirado la carta, he analizado la oferta de bebidas, he auscultado la frescura de la bollería y he salido sin comprar nada. A la cubana. Enfrente se elevaba una Shell, así que he cruzado la carretera en busca de un Arizona Ice Tea. En todos los lugares se habla español, pero un español apátrida, desazonado. Dicen que todo en Miami es así; con cartón piedra se construye este paraíso de la tercera edad, las clínicas de cirugía plástica y el entertainment televisivo de celebridades exiliadas. Los empleados del hotel llevan una chapita con su nombre y debajo pone “Cuba”.

Saviano en Miami. Cruza conmigo entre los coches, me sopla al oído que bajo estos parkings que nos rodean se entierran residuos radioactivos, se acuesta a mi lado y señala el mueble que soporta la televisión, habla del trabajo semiesclavo de la madera y de las guerras africanas por el silicio. Sí, Saviano, todos somos camorristas, todos, todos, repito ya inconsciente, antes de quedarme dormido.

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