Contra el turismo

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Ella: -¿Ya empezaron las vacaciones?

Yo: -Aún no.

La pregunta se repite en estas últimas fases del viaje, ahora que ya estamos a punto de poner pie en una isla del Caribe mexicano tras dejar la tumultuosa urbe llena de colapsos circulatorios y metros en hora punta. Y yo me mantengo imperturbable en mi negativa, porque desde que aterrizamos en Cancún siento como si me hubieran puesto un espejo delante y lo que reflejara, maldito Dorian Gray, fuera a dos tontos con cartera.

Y es que el universo turístico es escenario propicio para la comedia más espantosa made in Hollywood, especialmente en estos días de cambio de año, esas películas familiares donde alguna cara conocida se viste de Santa Claus para recordar al mundo que en las navidades cualquier atisbo de sofisticación muere en los altares de la cochambre cultural y los villancicos a lo latino de Gloria Estefan.

Los motivos de la terminal aérea ya son suficientemente significativos, con un spiderman de tamaño real que se mueve mecánicamente en el techo y carteles que anuncian un parque de atracciones donde padres e hijos, unidos por el disfrute del PVC, se disfrazan de piratas. Los nombres de las cosas de colores que nos rodean tampoco tienen desperdicio, desde los clásicos Bahama Mama, Tutti Fruti, Coco Loco o Barracuda hasta los más alocados Dr. Frog´s y Xplor, stops and go de margaritas en los que se arremolinan serviciales nativos tocados con sombrero de paja o ridículos bombachos de un renacido folklore local. Todo el sistema de signos pretende empequeñecer, aún más, nuestras míseras biografías hasta reducirlas a nuestra infancia más candorosa como promesa de goces olvidados y cocción para el ejército de comerciales turísticos que nos asaltan al atravesar las puertas de salida hacia ese universo de alegría infinita.

Sorteando todo tipo de oferta prescindible nos abrimos camino hasta el taxi que debe transportarnos al ferry de camino a la isla de marras, no sin antes pasar por las manos de un innecesario maletero que agarra mi pequeño y móvil equipaje de mano, lo conduce unos metros cargado de sonrisas y felicesnavidades y luego exige, como le corresponde, su legítima propina. El taxi, a estas alturas, se abre como un reducto de paz que pronto se quiebra en la cola para entrar al ferry y, mucho más, en el propio ferry, donde, preguntado por segunda vez en el día si ya empezaron las vacaciones,  debo reiterar mi negativa al presenciar cómo dos músicos instalan su amplificador a un par de metros de nosotros con el objeto de amenizar un viaje en el que tienen tiempo para cantar, exactamente, tres canciones y pasar el cepillo. Ni 15 minutos de paz ofrece la experiencia tropical al cookie monster en el que nos han convertido.

Porque el otro reflejo deforme, el otro monstruo de las galletas que surge de ese espejo de máxima visibilidad es el de un animal insaciable de placer al que deben presentarle, en sucesión continua, objetos con los que aplacar su sed. Sobre la superficie playera (ha pasado un día y ya estoy en la orilla atestada: bajo las miles de toallas hay arena blanca y más allá de las cuatro filas de tumbonas un mar cristalino), el escaparate de vendedores de pareos, collares, conchas marinas, trenzas para el pelo, calcomanías y tatuajes de henna, agua, refrescos, masajes, tumbonas o cocos navega entre un mar de tiburones que a la mínima pican el anzuelo: ¡una nube de azúcar, una ranchera interpretada por un acordeonista zurdo!

El turismo es nefasto, un teatro de la humanidad en el que nos exponemos al mal gusto llegado de tierras lejanas y encarnado en un escaparate de personajes grotescos e hirientes, pues, en el fondo, sabemos que todos estamos en el mismo barco, un carguero de estupidez y oro en proporciones equivalentes (este año no aparezcas sin tatuaje en la pantorrilla o sin speedo paquetero). Hiriente porque una vez que lo rozas no puedes escapar de él: ponte un sombrero de paja y embadúrnate de protector solar, lleva una botellita de agua por si las flais, no te olvides del bastón para las selfies ni de los calcetines bajo las sandalias, sonríe a los pobres aborígenes y dales propina, que con un dólar les da para comer un mes. Y recuerda que cualquier esfuerzo por escapar de tu condición de gilipollas con cartera será en vano, te enredará mucho más en el trampantojo Gandía-shore con el que quieres trazar una frontera pero en el que estás metido hasta las trancas: por algo será. Así que firma la rendición y entrégate al hedonismo compulsivo, abandona los remilgos y el prurito de distinción.

Recuerdo esas primeras secuencias de El cielo protector, en las que Daniel Defoe explicaba, a mis oídos adolescentes de por entonces, la diferencia entre un viajero y un turista. Si el turista siempre vuelve, y antes de ir ya piensa en el regreso, el viajero se hace uno con el lugar, explora en el espacio a la vez que en el interior de sí mismo hasta transformarse en el camino. Lo contradictorio es que la película, a partir de ahí, se convierte en el esfuerzo imposible de los protagonistas por trascender su condición de turistas, la lucha imposible por mimetizarse con un entorno en el que deben aceptar su diferencia primermundista, blanquista y riquista, o sufrir maltrato.

En los paseos por Isla mujeres, una pequeña protuberancia caribeña, salen al paso enormes muñecos de nieve que los nativos instalan en sus casas e imágenes de Santa Claus a bordo de su trineo, con renos y auroras boreales incluidas. El paisaje no puede resultar más domesticado para el contingente norteamericano, que estadísticamente acapara el montante turístico del lugar. Y aun así, los millones de instantáneas realizadas por este grupo demográfico pretenden aislar el tópico de la lejanía tropical. Si aparece un pelícano por la playa será asediado por decenas de aprendices de Cappa, los mismos que echarán comida a las gaviotas para, en medio del remolino animal, oprimir el obturador y que aquello remede una secuencia de “Los pájaros”, o ante el bohío de souvenirs adoptarán un ángulo en que la choza de salvajes simule hallarse en un paisaje prístino. Y es que el turismo, por muy nefasto que sea, tiene la virtud de situarnos frente al espejo de nosotros mismos: la humanidad es triste pero da risa.

Expulsados los demonios comienzan las vacaciones.

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