De sangre y de sol, de Sergio González Rodríguez

img_art_11921_4002No es raro que las bibliografías que se dedican a Sergio González Rodríguez, reciente ganador del Anagrama de ensayo, pasen por alto este De sangre y de sol, un libro que se presta, sobre todo entre quienes no repararon en el hueco contable, a ser tildado de “menor”. Expliquemos el título, porque dice mucho de lo que viene después, dos alegorías que remiten al sustrato mágico que sigue bombeando por las arterias de la Ciudad de México-Tenochtitlán: 1) sangre o “corazón líquido” que protagoniza el ritual fertilizador ofrecido al 2) sol Huitzilopochtli, es decir, la dualidad fatalista y festiva, la violencia ritual que desciende por las venas de una capital que ejerce, a la vez, de reserva espiritual del moderno mexica.

“México remite a la palabra Mexitli en náhuatl, que significa al pie de la letra ‘ombligo de la luna’ , o bien, el ‘hijo de la luna’, que deriva de metzli, Luna y xictli, ombligo. […] La misma palabra alude al señor de la casa del alba o del amanecer, Tlahuizcalpanteuhtli, de Huitzilopochtli, colibrí del sur o de Mixcoatl, la serpiente de nube. Se trata de deidades guerreras, cuya figura encarna el Águila Real. México significa, a la vez ‘donde está Mexitli, el hijo de la Luna y el Sol'”. (43)

México, y no hablamos de la nación moderna, representa así la coordenada sobre la que orbita un universo paralelo, y a la vez propio, a través de un conjunto heterogéneo de materiales, polvo cósmico que desde el trasfondo místico de la obra de D. H. Lawrence o Ernest Jünger y sus esporádicos contactos con el territorio azteca, incluye otras colecciones, como la que despliega Javier Marías a partir de la muerte accidental, en 1922, del desconocido escritor Wilfrid Ewart en el Hotel Isabel y, sobre todo, de los contactos, ciertamente tangenciales, del esoterismo nazi (menciona a Karl Haushofer, a la Ahnenerbe) y su irradiación desde los mentores hitlerianos y las sectas herméticas de su tiempo,  a las simpatías que despiertan entre José Vasconcelos o el Dr. Atl.

De González Rodríguez conocemos su excepcionalidad como cronista de la frontera y su conocimiento de los lenguajes del narcotráfico. Con este libro podemos decir que completa un círculo genética y simbólicamente mexicano, que comienza con los asesinatos y desapariciones de Ciudad Juárez (Huesos en el desierto, 2002) y convierte ese derroche sanguíneo en sacrificio ritualizado (El hombre sin cabeza, 2009), que fertiliza y celebra un modo total del ser, desde la cima del Templo Mayor al esteticismo nazi, epítome de esta seducción sacrificial y auténtico “xictli” contemporáneo. “Nadie presta atención a estos asesinatos”, dice en 2666 algún narrador de Bolaño, lector de González Rodríguez y, como este, rastreador del III Reich, “pero en ellos se esconde el secreto del mundo”: ¿A cuáles se refiere, a los de Ciudad Juárez o a Treblinka?.

De lo que teníamos menos constancia era de su agudeza como ensayista cultural a la vanguardia de un cierto movimiento que, en la última década, recupera una de las vías marginales por las que ha transcurrido el pensamiento social moderno. Sus antecedentes se enmarcan, posiblemente, en dos obras últimamente reivindicadas; el Atlas Mnemosine que Aby Warburg confecciona en el psiquiátrico de Kreuzlingen y la crítica impresionista de Walter Benjamin, ambos profusamente mencionados en este De sangre y de sol.

 

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¿Cómo descifrar los códigos que emplea, con singularidad atractivo, Gónzalez Rodríguez? El mecanismo consiste en escoger elementos heterogéneos y dejar que tracen correspondencias, analogías que inauguren nuevos universos y rechacen las categorías al uso. El resultado es un texto totalizante, que desde este México totemizado, ombligo del mundo, despliega líneas infinitas hacia los lugares más recónditos de la experiencia moderna. Léase esta cita de Benjamin sobre Baudelaire que hace unos días colgaba una amiga de su facebook: “He aquí un hombre que ha de recoger la basura de una jornada de la capital. Todo lo que la gran ciudad desechó, todo lo que perdió, todo lo que despreció, todo lo que hizo pedazos, él lo registra y lo recoge. Coteja los anales del exceso, el Cafarnaún de los desechos. Clasifica las cosas, hace una selección acertada; se comporta como un avaro con su tesoro reuniendo las basuras que, entre las mandíbulas de la diosa industria, se convertirán en objetos útiles o agradables”, o recuérdese la taxonomía animal de la enciclopedia china que Borges inventa en “El idioma analítico de John Wilkins”: “a) pertenecientes al emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas”, o  consúltense los magníficos ensayos que el influyente  Didi Huberman dedica al Atlas de Aby Warburg, esa reunión ilimitada (e incompleta) de objetos y fotografías que pretendían reproducir la totalidad del mundo, o revisítense los Ready Made de Duchamp y el Cómo escribí algunos libros míos de Raymond Roussel, quienes afirman un tipo de composición que, partiendo de dos elementos escogidos al azar, hacen surgir un “tercer elemento invisible”, o léase el Paradiso de Lezama Lima y el Barroco de Severo Sarduy, capaces de sugerir el advenimiento de una postmodernidad saludada por la esquizofrenia teórica de Deleuze y Guattari y su acumulación verbal, reflejo de la acumulación de signos del tardocapitalismo, o acúdase al que quizás consta como el hito más reciente de este procedimiento, el María con Marcel con que Raúl Antelo reivindica un método que se niega a serlo (“Deconstruir sin hacer deconstruccionismo”, que decía Derrida).

“En la encrucijada de nuestros misterios y los de otros surgen signos que atraen por su brillantez y su fugacidad. Y por eso uno vuelve a recorrer algunas calles y lugares […] en los que, si la suerte le favorece, aguarda la recompensa de lo perdurable: aparadores de tienda de lencería, cementerios cercados por el crecimiento urbano, pasajes de herbolarios y objetos litúrgicos, talleres de taxidermia, estudios de fotógrafos retratistas, librerías de viejo y librerías contemporáneas, papelerias de barrio, hangares breves, los reductos de aeromodelismo y la ilusión, repertorios de instrumentos musicales, templos, un bosque y un museo, un hotel de parejas […]. En estas zonas revive el deseo, la fascinación por lo accidental, el morbo de la desgracia ajena y la risa ante los pecados. Mirar a través de su rendija entrega el develamiento de la belleza por fin desnuda, el caldero de los relatos fantásticos, e incluso se puede observar cómo se fraguan las conjuras de los caballeros de la noche, la pesadilla del daño y la violencia alevosa. Las contraseñas del secreto”. (123)

Desde una mexicanidad recobrada como centro del universo, De Sangre y de sol pertenece a esta genealogía de máquinas improductivas y siempre a medio camino entre la genialidad y el oportunismo, objetos que pretenden dinamitar la razón práctica y sus legitimidades epistemológicas. La “sangre” y el “sol” actúan en este caso como principios creadores a partir de los que gestar una nueva cosmogonía, mapas en blanco cuya crónica la dicta un territorio enemigo de las “ciencias humanas”, por caminos que se inventan sobre la marcha y procuran otros destinos.

(De sangre y de sol. México: Editorial Sexto Piso, 2006.)

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