Del Yak 42 al Enola Gay

La flota de Cubana de Aviación que hace el trayecto entre La Habana y Cancún está compuesta por unos aparatos de inevitable recuerdo. Son los Yak 42 que aún conservan el cirílico en el fuselaje como medida de seguridad para algún operario de los Urales. Indicaciones sobre dónde abrir con la sierra mecánica para acceder con mayor facilidad a los cuerpos.

No hay quien se aburra dentro de uno de esos cacharros: temblequean, renquean, boquean, tosen… a tanto llega el fatigoso concierto que en los breves momentos en que no les suena nada el miedo aumenta, como ocurre en la apnea de los que roncan, cuando parece que han dejado de respirar para siempre.índice

Repuesto del trago me esperaban tres horas en el aeropuerto de Cancún, así que busqué un restaurante que tuviera buena pinta porque el recibo lo pagaban los jefes. Me senté en la barra de uno que semejaba una heladería gringa de los años cincuenta, de esas rockabillies con un montón de luces de colores y una jukebox en la esquina. Enseguida trabé conversación con los camareros,  uno nativo de Cancún y el otro chilango. Ambos llevaban una gorrita de béisbol y un intercomunicador, aunque cuando les pedí la hamburguesa y la cocacola fueron hasta la cocina para hacer el pedido. Hablamos de fútbol y de discotecas. Querían saber cómo era la marcha en Ibiza y yo me extendí en explicaciones, aunque nunca he estado en Ibiza.

El bar estaba casi vacío, así que me sorprendió el gesto atrevido de una francesa que se sentó a mi lado. Yo sabía que era francesa porque en el minibús que me llevaba de la terminal de llegadas a la terminal de salidas me había fijado en ella. Hablaba a través de su móvil en francés, aunque comenzó la conversación en alemán. Llevaba un vestidito veraniego de tela muy fina que descubría casi todo y la hacía muy carnal. Mi mirada se detuvo en sus pies. Al otro lado le preguntaba a alguien si la podía dejar dormir esa noche en su apartamento.

En el mismo instante en que la francesa ocupó su asiento comenzaron las miradas cómplices y las palabras en clave entre los camareros. Mientras uno repetía algo así como “qué buena manta para diciembre”, el otro se apresuraba a tomarle el pedido. La fingida seriedad de este último se desactivaba por las descaradas miradas, en plan camaradería macho, que me dirigía. La francesa se daba cuenta de todo.

-Un cubalibre y french fries-. Un cubata y una ración de patatas fritas con ketchup. Parecía con prisas.

Mientras ella esperaba su orden yo miraba los partidos de fútbol de las televisiones que colgaban tras la barra. Jugaban unos mexicanos y el Fulham contra el Nottingham. También pensaba en la estrategia de ataque. Volvió a acercarse el de la manta para el invierno y en esta ocasión me dijo algo sobre tener hijos con la güera. Entonces le dí un sorbo a mi cocacola cósmica y salí al quite.

-Hola (Helou), ¿para dónde vas?-. La francesa giró la cara con una leve sonrisa, como si estuviera esperando la pregunta.
-A Nueva York, ¿y tú?
-A Filadelfia. Trabajo allí… ¿Qué vas a hacer en Nueva York?
-Voy a visitar a unos amigos. Estuve viviendo un tiempo allí y me encannnnnnnnnta-. Su énfasis en el encanto que le producía Nueva York era el de una deliciosa niña pija de camino a sus compras en Nolita.
-Ah ¿sí?.
-Sí.
-¿De dónde eres?.
-Soy suiza, de cerca de Zurich.
-O sea, de la parte alemana-. Señalé con tino.
-Si, pero de un pueblo cerca de la francesa-. Aquí todo empezaba a cobrar sentido. -¿Y tú?
-De Madrid, de la parte alemana también, je,je.
-Ah.
-Bueno.

A todo esto, los camareros, que ya habían traído el cubata y las patatas fritas, se dedicaban a cuchichear y a darme unos ánimos innecesarios con gestos mal disimulados.

-¿Qué haces en Cancún?-. Proseguí.
-Trabajo en un Marriot, me dedico a trabajar en hoteles.
-Ah ¿sí?.
-Sí, es un trabajo temporal, aunque mi sueño para el futuro es abrir un hotel. Ahora mismo el negocio de los hoteles es el mejor del mundo, no hay nada más rentable que abrir un hotel.
-¡Vaya!-. Me sorprendió su confesión. –Te deseo suerte, parece una buena idea-.
-Sí, quiero abrir un hotel de lujo. Lo mejor de todo es abrir un hotel de lujo, es lo que más demanda tiene-. Insistió.
-Sí, supongo que ahí nunca hay crisis-. Lo dije irónicamente, pero no pareció darse cuenta.
-No, ahí no hay crisis. Lo mejor de todo es abrir un hotel de lujo, con servicios personalizados y con pocas habitaciones. Cada vez hay más demanda y estaría siempre lleno-. Me miraba como si fuera algo divertido y obvio, como si cualquiera con dos dedos de frente debiera lanzarse a abrir un hotel de lujo con masajistas, pedicultores y entrenadores de boxeo personales.
-¿Y dónde lo quieres abrir, en Suiza, frente a un lago?-. Me puse a fantasear.
-Aún no lo sé. Pero es una opción. Cualquier sitio puede ser bueno.
-Sí, tengo que pensarlo. Es una buena idea-. Repetí.
-Sí, lo es-. Parecía muy segura.
-Sí.

Nos quedamos callados. Yo pensando en un hotel de lujo a la orilla de un lago suizo y ella echando el último sorbo a la bebida. No tocó las patatas. Pidió la cuenta y se despidió amistosamente. Nos deseamos buena suerte mientras el de la manta para el invierno se acercaba a comentar algo sobre el culo de la suiza.

La siguiente escala sería en Charlotte, Carolina del Norte. De la cuestión geográfica me enteré gracias a los banderines y las camisetas de los Carolina Panthers que se vendían en las tiendas del aeropuerto. Ya era tarde por la noche y había muy poca actividad. Me dediqué a recorrer los pasillos mientras esperaba el vuelo. En uno de ellos había una pequeña exposición sobre aviones y me acerqué a curiosear. En su único expositor mostraban el casco de cuero de un aviador junto a su fotografía en blanco y negro, además de una maqueta y un póster antiguo del Enola Gay. En el póster se apreciaba con claridad dos autógrafos en los que bajo el garabato se leía una fecha escrita por los firmantes: 6 de agosto de 1945. Ese día el Enola Gay lanzó una bomba atómica sobre Hiroshima que mató a casi medio millón de japoneses y la exposición era un homenaje a dos de los fulanos que apretaron el botón desde el aire: Country first, que dice Mc Cain.

Dos horas después aterricé en Filadelfia. Debían de ser cerca de las dos de la madrugada y en la fila de insomnes para tomar un taxi se me acercó un tipo joven. Se ofrecía para compartir la carrera. Tras las primeras palabras me preguntó de dónde era. Yo le dije que de España y el tipo lanzó un “¡No me digas!” muy entusiasta. Me contó que había vivido en Sevilla y que le encantaba España. Fuimos hablando todo el camino. Era médico fisiatra y yo le dije que me habían operado de la rodilla hacía un año. Al llegar a mi casa nos intercambiamos los números de teléfono.

El taxista me dejó a unos pasos del edificio junto a mis maletas. La noche era fresca y no había un alma afuera. Ví alejarse el taxi, agarré el equipaje e intenté recordar dónde había puesto las llaves. Frente al portal eché un último vistazo a la calle y entonces me invadió la calma, que quizás podría llamarse felicidad, de volver a tener los pies sobre la tierra.

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