Diario de La Habana. 29 de agosto 2011

211Aquí se inicia mi diario de La Habana con la intención de escribir en él todos los días aunque no tenga nada que decir. De hecho, ese es el cometido del diario, llenar algunas hojas cada día. Al principio de este blog manifesté mi propósito de no recurrir a las anécdotas, pero lo cierto es que cuando a uno le sucede algo inesperado piensa, de forma instantánea, en cómo lo contará. Es como si lo inesperado necesitara encontrar una estructura de relato. Así que me parece que he traicionado ese propósito que ahora retomo. No negaré que es difícil, porque mientras escribo esto mi mente no para de buscar motivos que escapen de lo común para tener algo con lo que comenzar. Por ejemplo, que ayer tuve que esperar todo el día en el aeropuerto de Santo Domingo y llegué a La Habana a las siete de la mañana de hoy, veintitrés horas después de salir de mi casa de Miramar.

Todo eso debería dar pie a una entrada ocurrente, pero la verdad es que no me siento con fuerzas para algo así. Leí hace unas semanas el diario que Mario Levrero escribió en Montevideo en sus últimos meses de vida, y pensé que eso, sentir la respiración del instante cuando no ocurre nada en especial, era lo único por lo que merecía la pena leer o escribir. También empecé a leer un libro de meditación titulado Los siete maestros, que enseña de manera sencilla a concentrarse en la respiración (inspirar, retener el aire, expirar, retener el aire).

Escribo desde la terraza de mi querida Clarita, que esta mañana me recibió entre lágrimas cuando le pregunté por Ignacio. No sabía que había muerto y pensé que sería él quien me abriera la puerta. Aquí sentados hemos compartido muchos cafés, Ignacio y yo, y ahora me acuerdo mucho de él. Hablaba y gesticulaba igual que mi abuelo, así que con él recuperaba mi memoria emocional de nieto. Me ha molestado que nadie me escribiera en estos meses para decírmelo. Una pena lo de Ignacio.

Ya es suficiente por hoy. Casi no he dormido y tengo la cabeza embotada. Anochece y hay mucho silencio en la calle, como si fuera un domingo. Un gañán me está molestando. Desde la terraza de la casa contigua se ha subido a la parra que tengo a no más de un metro sobre mi cabeza e intenta coger los racimos de uvas que penden de ella. Algunas de las uvas están cayendo sobre mí. Para hacer tiempo hasta que se vaya he ido por una Bucanero que guardaba desde esta tarde en la nevera.

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