Diario de La Habana. 4 de septiembre de 2011

IMG_231811.33 de la noche. Tumbado en la cama, con la computadora sobre las piernas. Enfrente, colgado de la pared, un televisor encendido con la pantalla en azul. Escucho la música que sale de los cascos conectados a la computadora. Este último detalle supone un gran avance para el diario, pues decidí cambiar el decorado de las últimas entradas, en que mi atención se dirigía al televisor.

Me pregunto en qué condiciones escribirán los demás su diario. Lo que hemos aprendido por las películas es que se hace por las noches, antes de meterse en la cama, como un recuento de los sucesos del día. Algo así:

Hoy me levanté pronto, a eso de las siete y, como cada mañana, lo primero que hice fue poner el café. Si no me controlo puedo pasarme el día entero bebiendo este café Serrano. Como no tengo Internet y no hay nada que me distraiga, antes de las ocho comencé a trabajar en la tesis y ahí estuve, sin moverme de la mesa de mi estupenda terraza, hasta más allá de las once. Entonces caminé hasta Infanta para comprar pan y luego me comí el jamón con frijoles fritos que me cocinó Mirti. Ayer compré un jamón ahumado a un campesino que los vende de camino a Viñales y, como era muy grande para mí, al llegar del viaje lo compartí con Mirti, quien me cocinó este manjar pinareño. Luego me eché la siesta, a lo que ayudó que a esa hora emitieran por la tele Los puentes de Madison. Por la tarde seguí con la tesis mientras improvisaba una excursión con los estudiantes. En un principio quería llevarlos al museo de Bellas Artes, pero como los domingos cierra a las dos me decidí por la ceremonia del cañonazo (de las nueve), lo que me daría más tiempo para trabajar en lo mío. A las siete de la noche salimos en dirección al Morro. A esas horas de la tarde la vista de La Habana desde la otra orilla de la bahía, con sus cielos interminables y los fuertes contrastes de color, es inigualable. Después del cañozado, tan subido de pólvora que junto al estruendo nos llegó la onda expansiva, nos bebimos un mojito sobre los muros que dan a la bahía. De vuelta a la casa me compré dos Cristal y en la terraza me bebí una de ellas para despedir la noche.

Hasta mañana.

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