Dietario voluble, de Enrique Vila-Matas

Ahhh, Claudio Magris, Claudio Magris… tu nombre es demasiado suculento para dejarlo pasar. Nueva York, Barcelona, Berlín, las ciudades italianas… acaso Parma, Roma, Mantua. Aparecerá Saint Sulpice y el Chiado, porque la geografía vital de Vila Matas coincide con una geografía de lo literario esculpida como al paso del agua, sin martillo ni cortafríos, sin llagas ni sudor, en algún material noble. Y así, este Dietario voluble (2008) reconoce, desde su título, la vaporosa existencia de quien lo compone, su estricta dieta de pomelo para un diario depurado de toda grasa saturada y colesterol malo.

La escritura, que es lo que busca el lector de diarios, se confunde aquí con la literatura: el músculo se pasa por el filtro de la tradición ilustre en un texto de perfecta ejecución y lleno de remilgos. De Julian Green se contaba su resistencia a participar en actividades que luego, y por imperativo de la verdad, tuviera que registrar en su diario. La volatilidad del de Vila Matas evita tales conflictos, pues se eleva allí donde la tierra adquiere esa serenidad que sólo parece posible desde arriba, desde muy arriba. Todo armoniza en ese plano de la elegancia y la razón, de la elegancia y las ecuaciones verbales que explican sin tener que meter el dedo.

No iba a escribir acerca de este Dietario voluble que leí demediado entre el placer por su innegable calidad y la incomodidad por la experiencia agotada, echada a perder en ese orden de la sobreintelectualización. Decidí hacerlo, sin embargo, durante estos últimos días de Navidad en Puerto Rico, empujado por la seguridad de que esa verdad de la palabra destilada surge, espontáneamente, de los placeres inmediatos y la simple contemplación. Cuántas claves, cuántos códigos, qué juego tan complejo de citas, encuentros, viajes y reflexiones para siquiera rozar la perfección de un rayo de sol o un golpe de viento junto al mar.

Vila Matas no sale de los hoteles, no baila salsa, no sabe del pitorro ni se achicharra en la playa. Selecciona con aprensión de filatélico lo que ingresa en su dietario y lo que permanece al margen, reescribe cada frase como si las cosas de la vida ocurrieran en el lugar de las cosas de la literatura, y hubiera que ahormarlas. La literatura limpia, la literatura resuelve, el intelectual vive con una pinza en la nariz, Villoro lo resumió en una frase genial, irreparable pérdida la de Gelman, la literatura otorga sentido, sana, la palabra melancolía, la palabra soledad.

Me ocurrió algo parecido con los diarios de Ricardo Piglia, con quien me unía una cierta relación (distante, a través de terceros, aunque también tomamos algún café) cuando El País publicó algunas de sus entradas. Se me hacía difícil reconocer las situaciones, los escenarios, las aventuras consignadas. Faltaba en ellas el sujeto que duda, el sujeto que miente, engaña, malicia o desea, más allá de las maniobras orquestales del sujeto que piensa y ordena, que piensa y ordena.

La otra chispa que encendió esta reseña fue que, animado por el Dietario voluble, comencé a leer Desde la ciudad nerviosa (Alfaguara, 2004), recopilación de crónicas escritas por Vila Matas para la prensa, y me sorprendió la continuidad entre ambos narradores, el Vila Matas cronista y el Vila Matas dietista, como si la primera voz baudeleriana (“Para el perfecto paseante, para el observador apasionado, es un inmenso goce elegir domicilio entre el número, en lo ondeante, en el movimiento, en lo fugitivo y en infinito”) se reciclara en la que se mira a sí mismo. El cronista reúne fragmentos mientras el dietista debería contar las veces en que se salta su plan de las 1000 calorías, y es esa una literatura del no saber, de la duda, la debilidad, una literatura que no encuentra la frase precisa.

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