El corrector, de Menéndez Salmón y Prohibido entrar sin pantalones, de Juan Bonilla

LIBRO.Prohibido-entrar-sin-pantalonesEl día comenzó con una decepción. La noche anterior, y coincidiendo con mi visita a una amiga que acababa de tener su primer bebé, salió publicado en una importante revista digital un ensayo sobre campos de concentración alemanes al que había dedicado toda mi atención durante varias semanas. Así que esperé a que fuera de mañana para que hiciera su entrada triunfal en las redes en forma de un post que se ganara una tonelada de likes, incontables shares y diversos parabienes de amigos y conocidos… ¡Estaba dispuesto para la fama efímera!

Sin embargo, todo se torció unos segundos antes de hacer click sobre la palabra “post”, desde el momento en que mi amiga subió una fotografía en la que, convenientemente tagueado, yo mismo aparecía con la bebita en brazos. La corazonada de que su tag no sería buen compañero para mi link se confirmaría durante el aciago día:

Foto con bebé: 75 likes y 12 comentarios.
Artículo de campos de concentración: 4 likes y 1 (miserable) share.

Contrariado por los datos y unos amigos (242) insensibles a mis ejercicios intelectuales, decidí vengarme del facebook regalándome una tarde analógica. Que se joda la máquinita: cine y libros, a la antigua usanza.

Así que llegué a la cineteca a las 4, compré una entrada para la sesión de las 7 y me planteé qué hacer en esas 3 horas libres. Llevaba en la mochila los dos libros del título, el Prohibido entrar sin pantalones de Juan Bonilla, ya más que empezado, y un comodín todavía con el embalaje intacto en forma de El corrector, de Menéndez Salmón, por el aburrimiento que solía despertarme el primero. Con ese equipaje me senté bajo el sol y en un lugar incómodo, en cuesta, pero ni la ecuación de gestos para tapar el fuerte reflejo sobre las páginas ni la necesidad de procurarme un equilibrio suficiente pudieron anular el sopor físico que me provocaba el libro de Bonilla. Tampoco el remordimiento porque, como me repetía, debía de ser un error mío, sin duda era yo el que estaba en pecado ante una prosa tan virtuosa como la suya, un despliegue tan competente de posibilidades literarias que, sin embargo, me dejaba frío.

El caso es que o me echaba una siesta sobre ese metro cúbico de grama o me tomaba un café. Así que todavía amodorrado por las correrías de Maiakovski y con mi americano venti ya en la mano, le quité los plásticos a El corrector como quien agota su último cartucho y sabe que si falla el tiro aún le restan dos horazas por delante. Lo que no esperaba era que el cambio de un texto por otro tuviera el efecto de potenciar, como en una cata de vinos, los contrastes entre ambos, por más que el protagonista de El corrector también se llamara Vladimir, como Maiakovski, y desde la primera página dijera ser traductor de literatura rusa.

Resultado de la cata: lo que en Prohibido entrar es retórica exquisita en El corrector recuento apresurado, lo que en el primero reconstrucción histórica en el segundo autobiografía de un trauma, lo que en Bonilla se disfraza de Revolución rusa y poetas futuristas en Menéndez Salmón de 11 de marzo de 2004 y trenes de cercanías, lo que en el jerezano distancia irónica en el gijonés entrega a unas cuartillas que pueden elevar hasta el sonrojo su fragor emocional.

Pero lo más importante es que la lectura compulsiva a la que me obligó El corrector, devorado de principio a fin en esas dos horas (tiene 141 páginas de letra generosa), es que me reveló por completo los misterios del efecto bebé, esa vibración compartida entre la escritura y la vida en frecuencias cercanas al caca culo pedo pis que apenas roza neuronas y enciclopedias. Porque, a fin de cuentas ¿cuál es la distancia sideral que debo recorrer hasta el infortunado Maiakovski, sus amantes, su ascensión y caída, sus mecenas literarios o sus compañeros futuristas?, ¿cómo medir el espacio que me separa del afán documental y la frialdad esteparia de Bonilla?, ¿cuánta disciplina se necesita para desentrañar el ejercicio de estilo, la figura de esgrima?

Entré al cine con el ánimo repuesto. La película, 20 pasos para llegar a la fama, también tocaba la fibra sensible con su repaso a la carrera de algunas coristas que han acompañado, en las últimas décadas, a las principales celebridades de la canción, actores secundarios que por dos horas se cubren de ese polvo de estrellas del que siempre les separó unos metros, el mismo que caía, de vuelta a casa, sobre la noche apacible de Tenochtitlán.

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