El golpe silencioso o eso que llaman crisis

Simon Johnson es profesor de la Escuela de negocios del Instituto Tecnológico de Massachussets (el exclusivo, afamado y prestigioso MIT, a unos pasos de Harvard). Durante 2007 y 2008 fue jefe de economía del Fondo Monetario Internacional. Johnson ha publicado en The Atlantic Wire una de las intervenciones más agudas y de mayor carga de profundidad en el debate sobre la crisis económica. A continuación se ofrece un resumen traducido y comentado de su artículo, The quiet coup (“El golpe tranquilo” o “silencioso”, incluso podría traducirse por “sibilino”).

Johnson comienza hablando de su experiencia al frente del Fondo Monetario y, antes, como asesor de gobiernos del este de Europa y conglomerados privados de Asia y Latinoamérica. Menciona su directa participación en las crisis de Ucrania (1994), Rusia (1998), Tailandia (1997), Indonesia (1998) y Corea del Sur (1997), y afirma:

“para los representantes del FMI todas estas crisis parecen deprimentemente iguales. […] Típicamente estos países atraviesan una desesperada situación económica por una simple razón: sus élites de poder asumieron en los buenos tiempos demasiados riesgos. Los gobiernos de los mercados emergentes y sus aliados del sector privado habitualmente conforman una oligarquía compacta, en muchos casos muy elegante y distinguida, que dirige el país como si se tratara de una compañía con ánimo de lucro en la que ellos son los propietarios”. (1)

Para Johnson, uno de los factores clave de este crecimiento inicial, y lo que en última instancia provoca el colapso, son las relaciones que entablan las compañías privadas y el poder político. Incluso menciona el término “crony capitalism” (“capitalismo de compinches”), empleado en el FMI para referirse a estos sistemas donde se mezclan intereses políticos y negocios privados que fomentan un modelo de crecimiento acelerado y su posterior caída. Son economías que se ponen en manos de un sector mercantil y financiero agigantado y construido sobre la base de una ingente deuda:

“El aumento del apoyo político significa un mayor acceso a contratos lucrativos, beneficios fiscales y subsidios. Los oligarcas de los mercados emergentes se dejan entonces llevar por las emociones: despilfarran el dinero y construyen empresas masivas sobre una montaña de deuda. Los bancos locales, en ocasiones presionados por el gobierno, están demasiado dispuestos a extender el crédito a la élite y a quienes dependen de ellos”. (2)

Al igual que las causas de la crisis presentan coincidencias tozudas, esto también ocurre, en opinión de Johnson, con las soluciones a las dificultades para seguir adquiriendo crédito que inevitablemente se presentan en este modelo (“El sobrecrédito siempre acaba mal, para un individuo, una compañía o un país. Más tarde o más temprano las condiciones para obtenerlo se endurecen y nadie te dará dinero en términos asequibles”). La receta que debe aplicarse aparece con claridad para quienes analizan desde dentro este tipo de crisis:

politica-y-economia-298x300“Al flujo de crédito interrumpido le sigue la parálisis económica y las condiciones se vuelven progresivamente peores. El gobierno, en esta carrera por parar la sangría necesitará deshacerse de algunos de sus “campeones nacionales” -ahora convertidos en hemorragias de efectivo- y reestructurar un sistema bancario que se ha salido de balance. En otras palabras, necesita desalojar a algunos de sus oligarcas. […] Desalojar a los oligarcas, sin embargo, es raramente la estrategia elegida entre los gobiernos de los mercados emergentes. Muy al contrario: desde el principio de las crisis los oligarcas se encuentran entre quienes antes obtienen una ayuda extra del gobierno. […] Mientras tanto, en vez de deshacerse de algunos de éstos, los gobiernos de los mercados emergentes miran primero al trabajador ordinario, a no ser que los disturbios sean demasiado grandes”. (3)

A partir de este marco (las crisis de los años noventa en los países emergentes), Johnson señala las semejanzas entre el modelo económico y las medidas ante la crisis de los países desarrollados con los anteriores desplomes financieros de Rusia, Ucrania o Tailandia (entre otros factores, por el mínimo desarrollo en estos últimos de las redes sociales, así como las instituciones y garantías democráticas):

“en su profundidad y rapidez, esta crisis económica y financiera recuerda sorprendentemente a las que hemos experimentado recientemente en los mercados emergentes (y sólo en los mercados emergentes): Corea del Sur (1997), Malasia (1998), Rusia y Argentina (una y otra vez). Pero existe una similitud aún más preocupante: los intereses de la élite empresarial –financiera, en el caso de EEUU- jugaron un papel central en la creación de la crisis, aumentando cada vez más sus riesgos con el implícito apoyo del gobierno hasta el inevitable colapso. Y algo más alarmante aún, ahora están usando su influencia para prevenir precisamente la clase de reformas que se necesitan, y rápido, para sacar la economía de su abismo. Mientras, el gobierno parece indefenso o sin deseos de actuar contra ellos”. (4)

Pero si el artículo de Johnson obtiene un impacto especialmente significativo es por su análisis de la apropiación que han hecho las plataformas financieras de las instituciones democráticas en los países occidentales (5): el verdadero “golpe” de estado “silencioso” de la élite financiera, cuya mejor muestra es la gestión política de esta crisis:

“Estas conexiones personales [entre Wall Street y las administraciones públicas] se han multiplicado hasta los cargos de base de las tres últimas administraciones, fortaleciendo los lazos entre Washington y Wall Street. Se ha convertido en una tradición que los empleados de Goldman Sachs asuman algún tipo de cargo público después de salir de la firma. El flujo de exalumnos de Goldman –Incluyendo a Jon Corzine, ahora gobernador de Nueva Jersey, así como Rubin y Paulson- no sólo sitúa a representantes con la perspectiva de Wall Street en las plataformas de poder, sino que ayuda a crear una imagen de Goldman (dentro de la esfera de poder, por lo menos) como una institución que desarrolla algún tipo de servicio público […]. Una generación entera de políticos han crecido fascinados por Wall Street, completamente convencidos de que todo lo que dijeran los bancos era verdad” (6).

Imposible establecer una distinción entre las élites políticas y las élites financieras, que intercambian puestos de responsabilidad, comparten aspiraciones, intereses y una idea de mundo sin fricciones. Es decir, que nos encontramos con una forma avanzada de “crony capitalism” (ese capitalismo de compinches que lastraba las economías de los mercados emergentes). Las medidas que el FMI emplea como receta para cualquier crisis son las que Johnson propone para escapar de la que acecha sobre EEUU: “break de oligarchy” (esto no hace falta traducirlo).

Johnson analiza entonces el mecanismo que explica la influencia y el consenso que ejerce esta “oligarquía” sobre las sociedades avanzadas, el núcleo de poder que, en definitiva, está impidiendo la adopción de las medidas económicas necesarias. En contra de lo que se pudiera pronosticar al tratarse de un economista, nuestro hombre se adentra en un terreno inmaterial, en el dominio de lo simbólico:

“En un sistema político primitivo, el poder se transmite mediante la violencia o la amenaza de la violencia: golpes de estado o milicias privadas. En un sistema menos primitivo, típicamente el de los mercados emergentes, el poder se transmite por medio del dinero: sobornos, mordidas, cuentas bancarias en paraísos fiscales […]. Sin embargo, la industria financiera norteamericana desarrolló su poder político amasando capital cultural: un sistema de valores y creencias. En algún momento, quizás, se entendió que lo que era bueno para la General Motors era bueno para el país; en la última década la actitud cambió: lo que era bueno para Wall Street era bueno para el país” (7).

Johnson apunta así la especificidad del “capitalismo de compinches” norteamericano, cuya estabilidad y perdurabilidad reside en un poder simbólico desconocido en otras economías. Su apropiación de las instituciones democráticas y de las políticas públicas se construye sobre el tácito acuerdo de una sociedad civil desmovilizada y convencida de la necesidad del equilibrio de poder que representa esta oligarquía financiera, más allá de los desajustes sociales que genera:

“Por ahora, los delfines del mundo financiero han sido desenmascarados como líderes y estrategas -por lo menos a ojos de muchos norteamericanos. Pero según pasan los meses las élites financieras siguen asumiendo la posición de niños mimados de la economía, a pesar del naufragio que han causado. […] A lo largo de toda la crisis, el gobierno ha tomado un cuidado extremo en no perturbar los intereses de las grandes instituciones o cuestionar las líneas básicas del sistema que nos han llevado a donde estamos ahora. […] Mirando a la crisis financiera, enfrentamos al menos dos grandes problemas interrelacionados. El primero es un sector bancario desesperadamente enfermo que amenaza con abortar cualquier mejora incipiente que pudiera aportar el estímulo fiscal. El segundo es un balance político del poder que otorga al sector financiero la capacidad de veto sobre las políticas públicas, incluso aunque este sector haya perdido su apoyo popular. […] Parecería que los grandes bancos sólo han ganado fuerza política desde que comenzó la crisis”. (8)

El artículo termina con un vaticinio preocupante, pues Johnson apunta la posibilidad de un nuevo repunte de la crisis con peores consecuencias de las experimentadas hasta ahora: “Lo que enfrentamos podría ser, de hecho, peor que la Gran Depresión debido a que el mundo está mucho más interconectado y el sector bancario es mucho más grande […]. Si nuestros líderes despiertan a las consecuencias potenciales, todavía podemos ver unas [necesarias] medidas radicales sobre el sistema bancario y la ruptura de la vieja élite. Esperemos que no sea demasiado tarde”. (9)

Después de esta glosa del artículo de Johnson surgen algunas preguntas que me parece importante abordar: ¿de quién es la responsabilidad de que no se tomen las medidas necesarias para salir de la crisis? y, ¿es posible una política de izquierdas que rompa este equilibrio de poder escorado hacia las finanzas sin el compromiso activo de la sociedad civil?

El desarrollo de esta crisis aparece como uno de los pocos consensos sociales del momento: los operadores financieros, con la connivencia desreguladora de los gobiernos, causan una grave crisis económica de la que proponen salir, por una parte, mediante el trasvase masivo de fondos públicos hacia tales operadores financieros y, por otra, mediante recortes sociales y nuevas legislaciones laborales que restablezcan los flujos de acumulación y préstamo. Para responder a las preguntas anteriores se impone una llamada a la realpolitik: el poder político no adopta medidas en la dirección que sería necesaria porque las consecuencias reales que se derivarían de ello (desplome de las bolsas, retirada de las inversiones, campañas mediáticas de descrédito y mayores despidos, entre otros) serían más desestabilizadoras que las provocadas por una reforma laboral a la baja, el recorte de derechos a los ciudadanos o nuevos privilegios fiscales para los grandes inversionistas.

El cálculo político actual impide cualquier medida en el sentido que parecería más adecuado si tenemos en cuenta las causas de la crisis: regular los mercados financieros y fiscalizarlos (con especial atención a los paraísos fiscales). Cuestión de cálculo; así que sólo una ecuación política contraria y motivada por la presión de la sociedad civil, cuyas consecuencias fueran aún más graves y desestabilizadoras que las que esgrime este núcleo de poder empresarial y financiero, podría obligar a la adopción de medidas como las que recomienda Johnson. Lo más llamativo de la cuestión es que sería este segundo escenario el que garantizaría, en mayor medida, la vieja máxima conservadora, “que todo cambie para que todo siga igual”.

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(1) “all of these crises looked depressingly similar. […] Typically, these countries are in a desperate economic situation for one simple reason—the powerful elites within them overreached in good times and took too many risks. Emerging-market governments and their private-sector allies commonly form a tight-knit—and, most of the time, genteel—oligarchy, running the country rather like a profit-seeking company in which they are the controlling shareholders”.
(2) “Growing political support meant better access to lucrative contracts, tax breaks, and subsidies. Emerging-market oligarchs get carried away; they waste money and build massive business empires on a mountain of debt. Local banks, sometimes pressured by the government, become too willing to extend credit to the elite and to those who depend on them”.
(3) “Overborrowing always ends badly, whether for an individual, a company, or a country. […] Sooner or later, credit conditions become tighter and no one will lend you money on anything close to affordable terms [….]With credit unavailable, economic paralysis ensues, and conditions just get worse and worse [… ] The government, in its race to stop the bleeding, will typically need to wipe out some of the national champions—now hemorrhaging cash—and usually restructure a banking system that’s gone badly out of balance. It will, in other words, need to squeeze at least some of its oligarchs.
Squeezing the oligarchs, though, is seldom the strategy of choice among emerging-market governments. Quite the contrary: at the outset of the crisis, the oligarchs are usually among the first to get extra help from the government […]. Meanwhile, needing to squeeze someone, most emerging-market governments look first to ordinary working folk—at least until the riots grow too large”.
(4). “In its depth and suddenness, the U.S. economic and financial crisis is shockingly reminiscent of moments we have recently seen in emerging markets (and only in emerging markets): South Korea (1997), Malaysia (1998), Russia and Argentina (time and again). But there’s a deeper and more disturbing similarity: elite business interests—financiers, in the case of the U.S.—played a central role in creating the crisis, making ever-larger gambles, with the implicit backing of the government, until the inevitable collapse. More alarming, they are now using their influence to prevent precisely the sorts of reforms that are needed and fast, to pull the economy out of its nosedive. The government seems helpless, or unwilling, to act against them”.
(5) “One channel of influence was, of course, the flow of individuals between Wall Street and Washington. Robert Rubin, once the co-chairman of Goldman Sachs, served in Washington as Treasury secretary under Clinton, and later became chairman of Citigroup’s executive committee. Henry Paulson, CEO of Goldman Sachs during the long boom, became Treasury secretary under George W.Bush. John Snow, Paulson’s predecessor, left to become chairman of Cerberus Capital Management, a large private-equity firm that also counts Dan Quayle among its executives. Alan Greenspan, after leaving the Federal Reserve, became a consultant to Pimco, perhaps the biggest player in international bond markets”.
(6). “These personal connections were multiplied many times over at the lower levels of the past three presidential administrations, strengthening the ties between Washington and Wall Street. It has become something of a tradition for Goldman Sachs employees to go into public service after they leave the firm. The flow of Goldman alumni—including Jon Corzine, now the governor of New Jersey, along with Rubin and Paulson—not only placed people with Wall Street’s worldview in the halls of power; it also helped create an image of Goldman (inside the Beltway, at least) as an institution that was itself almost a form of public service. […] A whole generation of policy makers has been mesmerized by Wall Street, always and utterly convinced that whatever the banks said was true”.
(7). “In a primitive political system, power is transmitted through violence, or the threat of violence: military coups, private militias, and so on. In a less primitive system more typical of emerging markets, power is transmitted via money: bribes, kickbacks, and offshore bank accounts. […] Instead, the American financial industry gained political power by amassing a kind of cultural capital—a belief system. Once, perhaps, what was good for General Motors was good for the country. Over the past decade, the attitude took hold that what was good for Wall Street was good for the country”.
(8). “By now, the princes of the financial world have of course been stripped naked as leaders and strategists—at least in the eyes of most Americans. But as the months have rolled by, financial elites have continued to assume that their position as the economy’s favored children is safe, despite the wreckage they have caused. […] Throughout the crisis, the government has taken extreme care not to upset the interests of the financial institutions, or to question the basic outlines of the system that got us here.[…] Looking just at the financial crisis[…], we face at least two major, interrelated problems. The first is a desperately ill banking sector that threatens to choke off any incipient recovery that the fiscal stimulus might generate. The second is a political balance of power that gives the financial sector a veto over public policy, even as that sector loses popular support. […] Big banks, it seems, have only gained political strength since the crisis began”.
(9). “What we face now could, in fact, be worse than the Great Depression—because the world is now so much more interconnected and because the banking sector is now so big. […] If our leadership wakes up to the potential consequences, we may yet see dramatic action on the banking system and a breaking of the old elite. Let us hope it is not then too late”.

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