En la ONU y oda a Midtown

edificio-naciones-unidas-onuQuedé con Laura en la puerta de Naciones Unidas a la hora del bocadillo (los diplomáticos dicen “almuerzo”). Esperé más de media hora pero no salía, y a medida que transcurrían los minutos se me hacía más difícil distinguir si aquello era la ONU o la semana de la moda de Nueva York. Reconforta pensar que los que dirigen el mundo tienen buen gusto y dinero fresco.

Se celebraban unas conferencias internacionales sobre igualdad de género. Mujeres y hombres debemos ser iguales; un buen momento para el desfile de tipas concienciadas, de esas con taconazos, horas de gimnasio y una seguridad a prueba de bombas. Así que me dio por mirarlas en plan macarra, acodado en una marquesina para autobuses que hay a la entrada del edificio, y algunas seguían el juego con soltura, aburridas de malgastar su dieta del pomelo en tanto chupatintas con un master de Yale. En esas estaba cuando por fin apareció Laura y nos fuimos a comer a un churriento dinner. Allí me contó algunos tejemanejes de la ONU: nada en especial, lo típico de un sitio donde se juntan miles de colegas en traje de sastre y peluquería diaria.

Poco después ella se volvió para resolver el problema de la mujer en el mundo y yo me dediqué a pasear por Midtown. Vi el edificio Chrysler, vi el General Electric, pasé por debajo del 230 Park Avenue, vi el Waldorf Astoria, vi el Grace, entré a mear en el Rockefeller pero no encontré el baño, vi el Radiant, vi el General Motors, me tomé el café más caro del mundo en la 5ª avenida (para poder mear) y caminé por Central Park. Luego fui a hacer pis al MoMa pero tampoco vi el lavabo, así que me distraje en la librería del museo con libros de ciudades chinas. Más tarde entré a mear en un Barnes and Nobles. Ya anochecía y me encaminé al hotel donde se hospedaba Laura, preocupado por el estado de mi próstata. Salimos a cenar, a beber y a pasear. Y seguí marcando el territorio en cada urinario libre.

Esta mañana me levanté temprano y alcancé Times Square en medio de la multitud que trabaja. Hacía una mañana preciosa y U2 cantaba en una enorme pantalla aquello del “Beautiful day”. Y entonces ya no me pude resistir más. Me enamoré, me enamoré perdidamente de Midtown y envidié los trajes de Armani, los áticos en el Flatiron district y los másters en Yale de las bellezas igualitarias..

¡Modelitos de la ONU, cómo me gustaría comerme vuestra manzanita a bocados!
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