En los ferrocarriles de Rulfo

9788415118985Intervención leída con motivo de la presentación de “En los ferrocarriles” (Ed. RM, 2015). Museo Universitario Tlatelolco, mayo 2015.

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La locomotora en movimiento, las vías del tren que se pierden en el horizonte, la máquina de vapor: la imagen nunca ha sido ingenua ni se puede desprender del hálito de avance moderno, cuando no colonizador, cultivado en tántos y tántos westerns, melodramas de blancos africanos y, en clave local, revolucionarios con grandes bigotes y cananas repletas de balas en el techo de los vagones.

En el recuerdo de cualquiera residirá algún paisaje de José María Velasco con la locomotora modernizadora que atraviesa el valle de México, o las inauguraciones de Porfirio Díaz, o quizás su imaginación vintage recorra los rincones del Orient Express en el que un Hércules Poirot cualquiera se apresta a resolver el próximo crimen que Agatha Christie le ponga al paso.

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Dentro de esta imaginación ferroviaria resalta una fotografía que, a mi modo de ver, condensa uno de los relatos más logrados de la Revolución mexicana. Se trata de aquella en la que Hugo Brehme, en 1911, retrata a un cuarteto de combatientes: “Locomotiva con revolucionarios en el estado de Morelos” quienes, a lomos de la locomotora, pues se sitúan sobre su tope, la dirigen simbólicamente hacia la ciudad mientras muestran sus máusers.

Adentrándonos en la semántica ferrocarrilera, diremos que esta instantánea refleja el trayecto de ida de la modernidad mexicana, aquel que se recorre entre las regiones interiores en armas y los medios de representación modernos: la propia fotografía, la primera publicidad, la reflexión intelectual, la atracción visual entre artistas que convierten al mundo campesino en protagonista de sus representaciones, películas documentales o ficciones hollywoodienses, por vez primera al servicio de estos olvidados de la tierra que, haciendo honor a los tiempos, toman la historia por las riendas y a golpe de cañón.

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Ese mismo viaje a la ciudad será el que emprendan las masas de emigrados que, por diversas razones, desde comienzos de los años 20 llegarán a la Ciudad de México en una de las oleadas migratorias más intensas de su momento, hasta hacer de la capital mexicana la metrópolis inabarcable que hoy conocemos. Uno de ellos será Juan Rulfo, autor al que Ángel Rama, uno de los críticos literarios más incontestables del pasado siglo, ubica en el grupo de los “transculturados” (es decir, de escritores que viven directamente y reflejan en su literatura ese viaje entre el pasado rural y la modernización urbana de la que son protagonistas: citemos en esta nómina, como hace Rama, a José María Arguedas, Guimaraes Rosa, Miguel Ángel Asturias o García Márquez).

Así que si la foto de Brehme y sus alzados en armas representa el viaje en tren de ida de la modernidad mexicana, me aventuraré a adelantar que el periplo literario de Rulfo, ya en la década de los 50, supone el viaje de vuelta de ese mismo proceso (es decir, de la ciudad al campo).

Me gustaría insistir en esta idea: desde hace algunos años, en los que he leído con especial atención la obra de Juan Rulfo, cada vez se me ha hecho más patente que la “biobibliografía” de nuestro escritor se consagra a una mirada que, desde la ciudad modernizada, recupera el entorno abandonado, espectral, en el olvido, más allá de los mapas y del lenguaje en que se ha convertido, a ojos metropolitanos, el universo rural. Recuerdo aquí el curioso y detallado trabajo de Franco Moretti en su Atlas de la literatura europea, en el que mapea las ubicaciones de las principales novelas publicadas en la Inglaterra de la Revolución industrial, inevitablemente vinculadas a esa ruralía en riesgo de pérdida, un hecho que, en palabras de Raymond Williams, muestra un “reflejo defensivo” cuya intensidad aumenta “en la misma proporción en que decrece la importancia social del campo”. El tópico replica con potencia en los autores latinoamericanos transculturados, con las salvedades obvias de una modernización que varía en tiempo y espacio, aunque de una genética sorprendentemente similar.

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Viajemos a otra fotografía, en este caso de Rulfo. Se trata de una selfie tomada entre 1947 y 1952, años en los que ejerce de “agente viajero” para la marca de neumáticos Goodrich Euzkadi, trabajo que sólo abandonará tras la obtención de una beca del Centro mexicano de escritores para dedicarse de lleno, entre 1953 y 1954, a la escritura de Pedro Páramo. No sería demasiado arriesgado considerar esos años viajeros, en los que también se ejercita como montañero aficionado y cultiva una extensa producción fotográfica de los entornos rurales, como el momento en que Rulfo conforma su particular mirada.

Veamos cuáles son los itinerarios de la guía de viajes que edita la marca de neumáticos, para la que Rulfo colabora con algunas de sus fotografías, y razón por la que nos referimos a su mirada como un viaje de vuelta con comienzo en la metrópoli:

1) Valle de México, 2) México-Nuevo Laredo, 3) México-Pachuca-Tuxpan, 4) México-Zacatepec-Poza Rica, 5) México-Texcoco-Veracruz, 6) México-Puebla-Jalapa-Veracruz, 7) México-Puebla-Orizaba-Veracruz, 8) México-Oaxaca-Ciudad Cuauhtémoc, 9) México-Cuautla-Izúcar de Matamoros, 10) México-Acapulco, 11) México-Nogales, 12) México-Ciudad Juárez, 13) México-Piedras Negras, 14) Matamoros-Mazatlán, 15) Tampico-Barra de Navidad, 16) Coatzacoalcos-Salinas Cruz, 17) Norte de Baja California y Noreste de Sonora, 18) Sur de Baja California, 19) Tabasco, 20) Sureste de Chiapas, 21) Península de Yucatán.

Un viaje Goodrich que presupone todo un aparataje moderno, pues implica viajar a bordo de un automóvil con neumáticos Goodrich, provisto de una cámara de fotos, espíritu de explorador (se trata de descubrir regiones ignotas) y una guía de viaje como la que proporciona Goodrich.

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Hasta aquí una síntesis, supongo que injustamente reducida, del trabajo que he desarrollado en la última década en torno al imaginario rulfiano, como un corpus urbano derivado de ese viaje entre la ciudad modernizada y un entorno rural que pretende ser descubierto a los lectores, sujetos inevitablemente modernizados. Y es que si las esencias del campo se recuperan será porque se perdieron, si se presentan como fantasmales será porque no se habita en ellas.

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Hoy hablamos de la fotografía de Rulfo, es decir, de su mirada, una dimensión que convoca una cierta transversalidad: desde ella se puede reconstruir una poética que se extiende, sin solución de continuidad, por toda su obra visual y escrita.

En cada instantánea del Rulfo citadino, en cada horizonte señalado por las líneas de ferrocarril, contemplamos esas direcciones entre la ciudad modernizada y el campo desconocido; en cada detalle de la vida cotidiana de las colonias ferrocarrileras el retrato del territorio indeciso que ocupan los nuevos migrantes, siempre con un pie en su pasado rural y otro en sus realidades citadinas. En el arrabal de trastalleres, entre las casas que se elevan en el paisaje deshumanizado y silente de los rieles se comunican ambas dimensiones.

El proyecto fotográfico que hoy nos convoca, como ocurrió con El llano en llamas o Pedro Páramo, es testimonio de un universo en desaparición: el de las zonas férreas que serán sustituidas por la nueva Terminal del Valle de México, pero, sobre todo, de la ciudad que aun guarda un puente de contacto con esa dimensión a la que pertenecían los alzados de Brehme o las víctimas silentes de Pedro Páramo. Con la anunciada demolición de la trama vial que ocupa las imágenes de esta exposición se inicia la fase de la “ciudad muralla”, es decir, el Nonoalco-Tlatelolco de Mario Pani en el que ahora mismo nos hallamos: el espacio autorreferencial y pretendido ombligo de la historia de México (con la Plaza de las tres culturas en su centro), nuevo corazón de una modernidad en altura y sin horizonte.

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Conjunto habitacional Nonoalco Tlatelolco

Terminemos: Juan Preciado viaja a Comala para recuperar el lenguaje perdido, o quizás la memoria familiar, o la tradición, o el sueño de un pasado natural edénico, o la historia oral que descansaba en sus recuerdos, pero convierte su aventura en una auténtica pesadilla, en la historia de un fracaso estrepitoso. Si el relato de Preciado marca el fin de un retorno literario al pasado rural, las fotografías que aquí contemplamos cierran, de forma absolutamente explícita, el último canal de contacto.

 

*En los ferrocarriles. México: Fundación Juan Rulfo, RM, UNAM, 2015.

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