Faustina, de Mario González Suárez

Sal, narradorcito, sal de la cueva y habla, aunque sea con tu vocecita de pito. Mi narrador, esa voz que surge al escribir y que no soy yo, es narradorcito, merece el diminutivo. Por ahora una versión niño que quiere abrirse paso pero se siente falto de carácter. Así que le animo con paciencia, porque anda un poco impresionado con Faustina -imagina que le hace falta una solemnidad que no encuentra, toneladas de mezcal que le espesen la sangre antes de hablar-.

¿Por dónde empiezas? Por lo más sencillo: di que son sólo 114 páginas, pero que te recordó a la Piedra de Sol que hay en el Museo Antropológico, una Piedra de Sol de la Tenochtitlán de hoy, que parece de bolsillo pero que huele y sabe a todos los olores y sabores de este hervidero donde nos empozolamos por millones en una salsita rica y picosa, una salsita cruel y muy vieja.

faustinaContinúa así: di que Faustina se ha convertido en otro de tus clásicos particulares porque para tí escribir es algo parecido a lo que sucede en esas 114 páginas, eso que hace Faustina en su soliloquio enloquecido con sus palabritas que no tienen límites, palabritas que te recorren y te hablan de los secretos de Azcapotzalco, de Iztapalapa, de Tezozómoc, Mixcoac, Texcoco, Tacubaya, Ecatepec… ¿Conoces esos lugares? No, no los conoces, pero ahora sabes cómo suenan. Pronúncialos otra vez: Tezozómoc, Nezahualcoyotl, Mixcoac, Cuitlahuac, Cuauhtemoc… ¿A que están llenos de secretos? y de vidas y muertes, todas juntas, apretadas en esos tacos de narco, en esas cabezas que se sirven como antiguo en la Tenochtitlán de hoy.

En la foto de contraportada una máscara mezcala tapa la cara de González Suárez. Una máscara con 2 caras, que hacen 3 con la suya que no se ve. Él dice que el 7 es el número de la novela, y si ves el cuadro que decora la entrada de su casa, un afiche cubano con la figura de Lezama Lima sobre la palabra “Paradiso”, podrás internarte por ese camino infinito que se abre entre el 3 y el 7, y desorientarte por laberintos herméticos hasta desvelar, o pretenderlo, las ecuaciones de ecuaciones que prolongan por Faustina los linajes mitológicos de Lezama. Aztlan y Cuba, el cemí tahíno de Lezama transmutado en una Piedra de Sol portátil.

Poner mayúsculas a la palabra, que son 3, “Piedra de Sol”. Devolverle su carácter ritual a través de la caligrafía, aunque pase por el Word. Walter Benjamin hablaba del hartazgo que inspira la narración moderna. El narrador, convertido en narradorcito, se ha vuelto demasiado cercano hasta abrumar con sus pequeños problemas: la familia, el trabajo. Para Benjamin, el verdadero narrador es el navegante que aparece cargado de objetos fabulosos, aquel que conoce el significado de la muerte y recita como si se acompañara de ella. Viaja ahora, narradorcito, hasta Imsomnios, el otro libro (de relatos) que acaba de publicar González Suárez. Ojea sus páginas, mira sus fotografías, recuerda cómo tensa eso que llamamos realidad hasta devolver al libro su matriz oracular.

¿Ves? Sólo era cuestión de ponerse a ello, escribir una frase y después otra para que aparecieran las palabras definitivas, esas que buscabas por más que sepas que las debes evitar. Así que no te pongas tan serio, que en el caldero de Huitzilopochtli se cuece El evangelario en lengua mexicana junto a las baladas de José José. Tararea conmigo: “voy a llenarte toda toda y a cubrirte con mi amor todo tu cuerpo, voy a amarte sin fin, sin razón ni medida, que sólo para amarte necesito la vida”, susurra esto otro antes de volver a tu cueva: “estoy preso entre las redes de un poema, eres tú la que me puede ayudar o me condena, eres lo mejor de mi pasado, eres tú quien aún me tiene enamorado”.  Y sácate el chicle de la boca.

 

Este contenido forma parte del Dossier Mario González Suarez.
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