Foucault revivido en Ocean Park

IMG_1440Ocean Park tiene fama de ser una playa gay y estilosa. Como el escenario se presta, me llevé a Foucault bajo el brazo y lo puse allí, acostado en la toalla.

Dice Foucault que antes del siglo XVII se creía que todas las cosas del universo, todas: la mota que se mete en el ojo, una supernova, el gato que se eriza, la tormenta que se ve en la lejanía, la pereza de después de la siesta, un incendio en el bosque… pertenecían a un mismo orden de semejanza. Todas se conectaban y se movían al unísono. Como un torbellino en el río, todo era fruto de una armonía elemental e irradiadora de la que se desconocía su secreto. La tarea del filósofo consistía en desvelar la palabra mágica, el principio universal que explicaría la diversidad de lo mismo.

Pero entonces, me cuenta, llegaron los amantes del número y de la clasificación, de los jardines botánicos y los zoológicos. De pronto el mundo ya no era una peonza, ahora era una pizarra llena de fórmulas y esquemas. Se dedicaron a ordenarlo todo, a calcularlo todo, a pensar que el lenguaje de la ciencia podía competir con el divino. A algunos se les premió con unos minutos de hoguera aleccionadora.

La última fase es la nuestra. Caen las creencias, las identidades se desmoronan, todo son fragmentos de un universo patas arriba. Perdimos el principio creador y armonizante, también la verdad de una ciencia implacable y deshumanizada.

Por fin se calla.

Ahhh! (Me estiro). La toalla tiene arena, se la quito. Miro el mar. El viento se cuela por mi pelo y noto que lo pone áspero. En la orilla unos niños se rebozan en la arena y luego corren hacia las olas. Me acuerdo de la noche de ayer. Éramos varios, bailamos salsa, bebimos cerveza, hablamos por los codos, reímos.

Le miro de reojo: -No me creo nada de lo que dices, hoy no, monsieur Foucault.

Share

Haz tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

code