Infierno Barba Azul

SS.VictimasDelPecado

Hubo una época en la Ciudad de México, cuando el país miraba con confianza hacia el futuro y el humor aun no se había amargado (hablamos de los cincuenta), en que las noches se llenaban de respetables picardías en los cabarets de relumbrón. Eran los años en que las pantallas de cine se atragantaban de Ninones Sevillas y Tongoleles mientras, a pie de calle, lo de ser chick adoptaba el nombre de Salón México, Esmirna, Balalaika, Tío Sam o La burbuja, luminarias de un inframundo light, de traje y corbata, ya extinto. Del apagón cabaretero resisten, no obstante, lugares como el Barba Azul, que en plena colonia Obrera  mantiene a duras penas algún recuerdo de aquella época de oro.

Inspirado por la leyenda clásica, en el interior del Barba Azul los relieves de mujeres semidesnudas se debaten entre crepitantes llamas. Son diablesas que, a la vez que sufren su condena, incitan a pecar a quienes nos internamos por esta primera puerta del infierno, figuras que encarnan el espíritu de las ficheras del lugar y de sus antecesoras entre las mesas y la pista de baile. Por sólo veinte pesos se inicia el camino de no retorno: es lo que cuesta un baile, una ficha. Por un poco más y previa comisión al local la rola puede terminar en la habitación de algún hotelito cercano, detalle que simboliza el descenso que emprendieron estos templos musicales y su encanto decadentista.

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El escenario parecería ideado para la puesta en escena de Infierno Barba Azul, la comprometida propuesta que Puño de tierra presentó en el propio bar, una obra que, sobre el telón de fondo de la violencia de género, se ofrece como una radiografía de las relaciones de poder de una sociedad tan bruscamente jerarquizada como la mexicana. Infierno Barbazul se destaca así como un testimonio coral en el que se cruzan, como en un juego de espejos, la voz de mujeres anónimas que han sido víctimas de torturas y abusos, el espectro siempre presente de las ficheras del lugar y las experiencias personales de los actores, desnudadas sobre el escenario. Tras la impunidad generalizada, la ley adopta la figura del único hombre en escena, un investigador penal cuya ingenua confianza en la justicia no logra encubrir su íntimo desprecio por la víctima cuando esta reclama una posición digna o un trato de igual a igual.

La crítica fácil podría acusar de maniqueísta a una propuesta que contrapone de un modo tan directo a mujeres (víctimas) y hombres (victimarios), si no fuera porque esta oposición remite al orden patriarcal laminado, agrietado por el testimonio de las marginalidades que se asocian a la figura femenina, esas desigualdades de género, pero también raciales, sociales, económicas, geográficas o culturales tan pisoteadas por una realidad que ha llegado a normalizar el abuso de poder.  Tan trágicos como reales, los testimonios de las mujeres que protagonizan Infierno Barba Azul alcanzan una resonancia que se extiende mucho más allá de las clásicas distinciones.

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El personaje de Barba Azul, que en el relato de Perrault guardaba en su sótano los cadáveres de sus esposas asesinadas, se metamorfosea en la violencia ubicua e indetectable que reside tras la violación, la desaparición o el asesinato con el que se convive cotidianamente. ¿Dónde guarda Barba Azul sus energías destructivas?, ¿de qué rincón oculto procede su crueldad extrema? son los cuestionamientos inevitables de cada mañana, cuando los diarios del día nos asaltan con sus obscenas acumulaciones de muertos. En Infierno Barba Azul los espectros de todas ellas toman una palabra casi enmudecida,  para que desde el silencio y el vacío de sentido surjan algunos signos mínimamente legibles.

Con las sensaciones de una desaparición colectiva, de haber rozado los agujeros negros que se ciernen sobre la vida cotidiana, nos incorporamos al programa del club. La orquesta entona clásicos de la salsa y el reducido público de las primeras horas de la noche comienza a evolucionar sobre la pista. Baila con soltura, se conoce de sus citas más o menos fijas, aunque las ficheras nunca abandonen la rígida frialdad que les aconseja su profesión. La memoria se vuelve una presencia densa, completamente pesada en un lugar detenido en el tiempo, mientras las imágenes del ritual se agolpan: del techo cuelgan globos rojos y rosas con forma de corazón, los músicos repiten fórmulas (“¿quieres salsa?, ¡pues toma salsa!”, “¡Eso es!”, “¡Aaasucarrr!”) con eficacia funcionarial, el camarero se persigna cuando recibe su propina obligatoria, frente al baño un viejecillo pone un trozo de papel sanitario en mis manos. Fantasmas, más fantasmas…

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