Juramentos

Obama acaba de jurar el cargo. Aquí, en la tele, ahora mismo. Aún suenan los cañonazos desde Arlington, o desde algún otro cementerio patrio de ese parque temático del espanto bélico y del “nation first” que es Washington.

“I am here today, humble”… llega humilde, eso es lo primero que dice, después de un juramento inquietante, en el que ha esbozado una sonrisa tontorrona, como  si aquello fuera una broma, y ha olvidado las frases de rigor. El nacional mall está repleto de centenares de miles de villanos a los que hoy se les abrieron las puertas del castillo. Todos soportan los ocho grados bajo cero de una de las mañanas más frías de los últimos meses, y llevan ahí muchas horas.

imagesObama habla desde una tribuna situada en el Capitolio. Abajo, la muchedumbre, enfrente, el enorme monolito del monumento a Washington, una especie de espejo mágico que refleja la tentación de poder del juramentado. En este caso para prevenirle, porque todo el mundo está enamorado del nuevo presidente y él se gusta. El discurso resulta una declaración de intenciones y el personaje se gana su matrícula de honor al tipo convincente. Habla de la desigualdad social, la crisis financiera, la credibilidad perdida y la posibilidad de dejar de ser la primera potencia. Parece un predicador lanzando sus mensajes al viento para todos los americanos, para todos los ciudadanos del mundo. Y repite: ha llegado un nuevo tiempo. La gente se lo cree y llora.

Finaliza su discurso y ahora se sube al estrado una poeta, que además es profesora de Yale. Parece que, después de todo, sí que han ganado los chicos de Ivy League sobre los granjeros con escopeta. Nos lee un poema muy malo. Dos versos: “All around us is noise” y “we encounter each other in words” (“Todo alrededor de nosotros es ruido” y “nos encontramos los unos a los otros con las palabras”). Detrás de ella toma la palabra un reverendo negro viejísimo que apenas puede pronunciar sus frases. Las que dedica a Obama se deberían incluir en algún nuevo catecismo donde Barack fungiese de niño dios.“God bless president Barack”, “eimen”.

Para terminar, el himno entonado a capella por un coro militar. La gente rompe filas y el presidente se encamina al almuerzo de bienvenida.

Asisto a todo esto impasible, descreído. Obama ya tiene su primer ángel rebelde. A partir de hoy ocupará un despacho, caminará por unos pasillos, se acostará en una cama, firmará sobre un escritorio, se sentará en una silla, mirará a través de una ventana con demasiadas memorias inconfesables, las mismas que le visitarán por la noche. La Casa Blanca está llena de fantasmas que persiguen a sus inquilinos y se empeñan en recordarles sus normas inquebrantables, ¡Ay de aquel que las desoiga!

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