La gente confunde

El pesero avanza hacia la Picacho Ajusco y yo cometo el error de abrir el libro que llevo en la mochila como si me fuera posible seguir las líneas, como si todo lo que ocurre a mi alrededor no superara mi esfuerzo lector. Me peleo con este pensamiento mientras escucho las conversaciones de quienes me rodean, aun sin cerrarlo. Entonces se sube al autobusito un muchacho de físico caribeño, un javao fuerte con tatuajes en los brazos y un vendaje en la nariz. Tiene los ojos azules, aunque a esta distancia sospecho que le falta uno de ellos. Relata las ventajas de unas gomitas de mascar que nos ofrece. Son 4 paquetes de gomitas por 10 pesos. Dice que prefiere vendernos sus gomitas a robarnos y para demostrar que podría hacerlo comienza a simular un asalto a mano armada que detona todas las alarmas entre los pasajeros. La mano en vertical con el índice y el pulgar extendidos es la pistola: “chingados, ya saben lo que les toca, saquen lo que llevan”, etc. Son solo unos segundos de muestra, porque lo que hoy nos trae a la venta son esas gomitas que deja en mi regazo, al lado de mi libro, y le devuelvo un instante después, cuando realiza el trayecto inverso por el interior del vehículo. Trato de comprobar si le falta el ojo, pero mi mirada vuelve a posarse sobre el apósito de la nariz y sus tatuajes, una cruz y unas cadenas de un azul elemental.

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© Pablo López Luz (Terrazo)

Según avanzamos camino de la Picacho Ajusco todo se llena de preguntas, smog y ruido. Un mulato en el D.F con el pelo claro y los ojos azules, o acaso tenía un ojo azul y el otro pardo, como David Bowie, o le faltaba un ojo, que quizás perdió en la misma reyerta de la herida en la nariz. La gente confunde, hay demasiada en una ciudad de 25 millones, no deja ver, sus cuerpos se interponen mientras compiten por sobrevivir. Otro muchacho con aspecto de estudiante anuncia el ejemplar de una revista de consejos de salud para personas diabéticas. Es buena la canela, no deben tomar cocacola. Vende varios ejemplares a 10 pesos cuando su precio comercial es de 28, nos informa. ¿De dónde viene toda esta gente que reclama atención y no me deja leer?, ¿Cuál es su historia, por qué hay tanta gente ahí fuera que confunde tanto, que no da respiro?

El universo del Distrito Federal se compone de muchas constelaciones entre las que existe un problema de magnitud. Se descubre cuando sobrevuelas la ciudad de noche y sus puntos luminosos se prolongan por horizontes ilimitados. También frente a las fotografías aéreas de Pablo López Luz y sus colmenas terrosas donde late la vida de quien pone 4 gomitas sobre tu regazo, esas galaxias vecinas e invisibles que adoptan la forma de nidos de comején. Son fotografías telescópicas capaces de recorrer los años luz que te separan de lo demasiado cercano. ¿Cómo medir ese impasse, el silencio que se abre ante quien te dice “chingado”, aunque sea un juego?, ¿Cuántos puertos, cuántas jornadas te alejan de él? Baja de tu nave e intenta, si puedes, hacer contacto.

La gente confunde. Camina por la Roma o la Condesa, entra en un edificio de oficinas de Polanco. Observa a quienes fríen tacos en la calle, pídele la hora al portero del edificio, préstale las llaves de tu vehículo al aparcacoches. Participa del simulacro, no les escuches hablar por detrás de ti, cuando pronuncian el “chingados”, a fin de cuentas respiras el mismo aire y te comunicas en la misma lengua. La ciudad es de todos, piensas.

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© Pablo López Luz: (Pyramid)

Ahora elimínalos, pasea por las calles desiertas y rastrea las marcas de esa vida cotidiana, busca trazos, reconstruye los movimientos como si fueras un trampero de Alaska. Si en sus imágenes aéreas López Luz proponía un viaje hacia dimensiones más lejanas, y por lo tanto más reales, en Pyramid viaja a través de pequeños signos en el tiempo: aquí se resguarda el animal, este es el camino que toma hacia el bebedero. El abigarramiento espacial de Terrazo se sustituye en su trabajo más reciente por una multiplicación cronólogica, recuerdos precolombinos que conviven con estructuras modernas, citas visuales a Teocallis de cemento donde se celebran los sacrificios de la vida moderna. El reto reside en ver más allá de un paisaje aparentemente convencional y deshumanizado: son las vallas que rodean tu edificio o la escultura kitsch sobre el cruce de caminos más cercano lo que te transporta a estratos mucho más profundos.

Allí donde la fotografía al uso apresura una respuesta, la de Pablo López Luz plantea un interrogante. Reducir la amalgama barroca del D.F a un gesto instantáneo impide desvelar la realidad escondida tras apariencias visibles. Como un espejo deforme, el ojo tuerto que no logro ver, la mano rugosa de la taquera eterna o la mugre que cubre a quienes trapean coches del rojo al verde son sólo fragmentos del vacío sideral que media entre sus viejas historias y la de quien intenta leer en el bus. ¿Crees que todo se resuelve con un primer plano de una cara magullada y sin ojo? Para indagar sin interrupciones en una geografía desnuda e inabarcable, entre tiempos que se han llenado de malentendidos, debe desaparecer lo humano. La gente confunde, así que el deseo de verdad que transmite la fotografía de López Luz precisa de un objeto abierto a la contemplación, en medio de un paréntesis de hombres que evite los engaños.
 

Este contenido forma parte del Dossier Pablo López Luz.
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