La Habana. Diario fotográfico (y sentimental). Dia 4. Desde mi terraza (2).

IMG_2053La vista de la mitad norte de mi terraza la ocupa el Habana Libre. A veces me detengo a mirar las bandadas de auras tiñosas que sobrevuelan su parte superior y se posan en sus letras. No tiene nada de especial esto de tener enfrente al Habana Libre. El edificio recuerda esos cuadros donde el retratado mira fijamente al espectador aunque éste se desplace a derecha o a izquierda, aunque se agache o le observe a hurtadillas. Con el Habana Libre ocurre lo mismo. No importa donde uno vaya porque siempre está ahi.

El Habana Libre se inauguró como Habana Hilton unos meses antes del triunfo de la revolución. El abuelo de Paris cometió un problema de cálculo y aún lo anda reclamando. Cuando entraron en la ciudad los barbudos, aquel 1 de enero del 59, lo convirtieron en su cuartel general, el “Habana Libre”. Con ello liberaban a la capital de sí misma: de mafiosos, putas, niños pijos (“comemierdas”, en buen cubano) en sus Chevys de importanción, funcionarios yankis, españoles rancios y ruletas de casino. Desde su azotea, la marea oriental podía otear hasta el último rincón de la bahía, apuntar la vista hasta Birán.

A pesar del cambio de las letras y de lo que ha llovido desde entonces, aún quedan rastros de aquella Habana del Hilton. A pocos metros del colosal edificio resiste una boca de riego de esas que en las películas gringas saltan por los aires en cualquier persecución policial que se precie. Como las campanas, habla: viene de Anniston, Alabama, y dice que se olvidaron de ella cuando lo del 59 y que aquí se quedó, sin posibilidad de dar el saltito a Miami.

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