La Habana. Diario fotográfico (y sentimental). Dias 6 y 7. Infanta y Reina.

IMG_2332En el último post hablaba de la cafetería que hay en la esquina de Neptuno e Infanta, la del batido de mamey. En realidad quería hablar de Infanta, de la calle Infanta, pero se me fue el santo al cielo.

Como ya saben, en Infanta hacen batido de mamey, lo que no es cualquier cosa. Pero además de eso, en Infanta están los multicines Infanta, a los que debo mi escasa cultura cinematográfica. Aquí ví Andrei Rublev de Tarkovski (prueben a verla de una sóla sentada y luego hablamos), e Inland Empire de David Linch (no se les ocurra hacerlo).

Pero Infanta, sobre todo, ha sido una de mis mejores escuelas de esa asignatura con reválida que es La Habana para un extranjero. Aquí es donde he vivido más tiempo y no hubo día en que no sintiera una excitación especial cuando caminaba bajo sus soportales.

Infanta huele a gases de combustión rápida porque es un laboratorio de la ciudad en pequeñito. Y porque en cada esquina hay un fosforero, que son los tipos que rellenan los mecheros de gas y venden fósforos mientras protagonizan el corrillo de rigor que pasa las horas de tertulia con ellos. Si un touroperador japonés quiere recortar los dos días de rigor en la capital a dos horas, puede recorrer los 500 metros que transcurren por Infanta entre el Malecón y Carlos III y decirles a sus chicos que ya han visto todo lo que se puede ver aquí. Y no miente.

El otro Aleph habanero es Reina. Reina atraviesa Centro Habana desde Belascoáin hasta La Habana Vieja, pasando por el Barrio Chino. Aquí la sobreestimulación sensorial es inevitable, a la vez que el ojo aprende los matices más sutiles del color y de la luz. En ocasiones parecería que uno se encuentra en esos puntos de fuerza (Times Square), donde el torrente de reclamos te vuelve pequeñito, sobrepasado por el latido de la ciudad. En Reina, sin embargo, se produce la armonía perfecta entre el ritmo de la percepción y la rotación general de los elementos.

Cada vez que paseo por ella me pregunto qué es la belleza. Y estoy seguro de que, sea lo que sea, se encuentra entre estas pareces desconchadas, en los blancos difusos que emiten los escasos fluorescentes, en los reflejos que proyecta sobre el suelo la luz filtrada por un agujero en el techo. Y también de que debemos incendiar las calles con botox y labios de silicona de nuestra Europa sin alma.

Lo sé, veo arte donde otros ven miseria material.

Ayer me acordé de la última película que ví en los multicines Infanta, hace apenas dos semanas. Fue la extraordinaria “Fue leal para los enemigos y para los amigos traidor” de Nikita Mijalkov. En ese momento la tele emitía la entrega de premios del Festival de Cine Latinoamericano de La Habana, donde a Mijalkov le concedieron el premio honorífico. En su breve discurso se despidió con la siguiente frase: “se puede vivir con más o con menos, se puede vivir como un pobre o como un rico, pero no se puede vivir sin la bondad y la belleza que se siente aquí”. Pues eso.

 

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