La Hanaba. Diario fotográfico (y sentimental). Dia 5. Mamey.

IMG_2323Esta es una de mis esquinas preferidas de La Habana. Por tres pesitos te sirven el exquisito y poco común batido de mamey a sólo un grado de la congelación. Está entre Neptuno e Infanta, por si alguien se deja caer.

Como saben, hay una guerra abierta entre los defensores del mamey y los partidarios del mango. No exagero si digo que los dos bandos representan dos formas de ver el mundo, de enfrentarse a la realidad que nos rodea.

Estoy seguro de que habrán oído aquello de “esto no es mamey” o “mengano se piensa que esto es mamey”, como advertencia ante alguna dificultad imprevista por el receptor del mensaje. El mamey, cuando está maduro, cae del árbol de forma natural, así que para recolectarlo sólo hay que agacharse y echarlo al cesto. En el otro extremo conceptual aparecen las consabidas “mengano quiere coger los mangos bajitos”, y su variante “mengano me quiere coger de mangobajito”, que se aplican cuando alguien pretende ahorrarse un esfuerzo necesario o agarrar de pendejo a quien articula el mensaje. El mango brota en el apoteósico árbol de mango y precisa de un gran trabajo para hacerse con él. Que nadie espere cosechar los mangos bajitos.

Cualquier decisión obliga a una traición: ¿papá o mamá?, ¿mamey o mango? Las doñitas cubanas se enzarzan en el agro, luchan sin cuartel por asignar el cetro a la mejor fruta. Mango o mamey: ambos superiores a la piña y el plátano, también a la guayaba, muy por encima de la papaya (aquí digan “fruta bomba”). Las peras y las manzanas juegan en tercera regional.

Y yo me pregunto, ¿apreciaríamos igual al mango si no tuviéramos que encaramarnos a la mata?, ¿el mamey ganaría en consideración si se hiciera de rogar?, ¿dejaríamos que éste se pudriera si tuviéramos que subir a su árbol?…  y si uno mismo no recoge el mango, ¿pierde sentido esta guerra? Aún nadie ha respondido a tales cuestiones.

Para no significarme apoyo la causa más inmediata, la que ocupa mi boca en cada momento. Si es el mango elogio su sutil sabor a flor y el jugo inigualable de su pulpa lechosa. Del mamey su recuerdo a miel silvestre y sus colores encarnados. Normalmente cuento con la aprobación de mi interlocutor, aunque en ocasiones una ligera diferencia de parecer ha dado lugar a enemistades que se prolongan en el tiempo.

Lo que sí he aprendido es que siempre es posible llegar al mismo lugar con menos esfuerzo, así que el mamey cuenta con mis simpatías más inconfesables. Por lo demás, que se maten ellos.

¿Y tú, con cual te quedas? (Dilo bajito, no vaya a ser que te oigan).

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