La píldora que os dan

 mary-poppinsAyer vi a  Julie Andrews frente a Macy´s. Es una señora muy maquillada, muy operada y muy setentona, pero si te mira a los ojos y mueve un poco la nariz aún puede lograr que te sepa un poco mejor esa píldora asquerosa que te dan. Y en eso estábamos los dos, Julie Andrews subida en un trineo junto a un Papá Noel de pacotilla y yo a pie de calle entre la plebe atiborrada de píldoras y dispuesta a comenzar con las compras navideñas cuando ella lo dijera.

En Macy´s me gustaron unos jerseys un poco hippies pero no me decidí por nada, así que lo siguiente fue dirigirme a los almacenes de los pobres. Allí predominan dos idiomas, el de adolescente de gueto cargada de hijos y sobrinos y el de espalda mojada en grupillos de dos o tres colegas; dos códigos lejanos que sólo se mezclan en la búsqueda del tesoro escondido entre lo defectuoso, lo pirata y lo de caché con cuatro o cinco temporadas de más. En ese escenario una ligera racha de aire del norte, que quizás me imaginé, anunció que al azúcar de Mary Poppins se le había pasado el efecto: todo sea por unos Reyes Magos en dólares, que en euros no me da ni para el agua de los camellos.

Compré un jersey, un cascanueces, unas zapatillas de estar en casa y una sartén de las buenas. Estuve a punto de comprar unas botas de montaña, un suéter para correr, el jersey hippy de antes, un pantalón de pijama y un perfume de mujer.

Después de un par de horas la cosa se puso peor. Me empezó a doler la cabeza y a gruñir el estómago, como si estuviera en un museo, pero aún me quedaban arrestos para comprar unos libros infantiles. Con Mickey en una mano y la tarjeta de crédito en la otra, a mis oídos ascendieron los comentarios impacientes del negro con mostacho y voz cazallera que me seguía en la cola. Al llegar mi turno, y como me demoré de dos a tres segundos en echar la firma, decidió explicarme en tono de guasa cómo hacerlo, a lo que yo le respondí con mi mirada de convertirle en conejo. Su boca semidentada emitió entonces un silbido espialidoso, instante en el que me arrepentí de mi chulería, recogí el recibo y me largué con la píldora atragantada en la glotis. Aquí uno nunca sabe cuántos años ha pasado un tipo así en la cárcel, ni cual es el calibre de su trabuco (¿creen que exagero? en “the land of the free” duermen tras las rejas más de siete millones de pobres cada año).

De camino al autobús pasé junto a una tienda de artículos de montaña que me obligó a un último esfuerzo. Dentro me di cuenta de que, en realidad, era como un outlet del ejército donde se podían adquirir máscaras antigás, puños americanos con la bandera sureña y réplicas de fusiles de asalto. Una sección entera estaba dedicada a la moda carcelaria: todo se lleva cuatro tallas por encima del corte Armani y los cinturones están prohibidos. Vendían el catálogo completo de Dickies, que según cuenta la leyenda es la ropa que cosen los presidiarios para hacerse mejores ciudadanos. Uno de los artículos con más salida, al que se dedicaba una línea de perchas, eran los monos naranjas que pasean los presos de Guantánamo. Algunos venían con la inscripción a la espalda: “Alcatraz”, “Sing Sing”, “Oklahoma State”. Por cincuenta dólares el traje queda perfecto para el siguiente Halloween o la próxima noche en el trullo.

¡Qué difícil es la vida sin ti, Mary Poppins!

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