Leonardo Padura: ““Cada libro que he escrito es el libro más maduro, el mejor concebido que he podido conseguir en cada momento””

lpadura-con-chori-y-nataLa cita transcurre en el barrio de Nuevo Vedado, en un café de gasolinera a pocos pasos del cementerio de Colón. El escritor aparece puntual y acompañado de su esposa, a quien están dedicados todos sus libros. Ha trabajado los últimos años en una novela que se titulará “El hombre que amaba a los perros”, un ambicioso proyecto donde combina la crónica política, la historia y el policial en torno a la figura del asesino de Trotsky, el célebre Ramón Mercader. Le preguntamos por esta novela, próxima a publicarse, y por su obra anterior. Responde a las preguntas con pausa y claridad, sosteniendo la grabadora entre sus manos, como si fuera un micrófono.

P: En sus dos últimas novelas, Adiós Hemingway y La neblina del ayer, trata temas relacionados con el periodo inmediatamente anterior a la Revolución Cubana, ¿Cuál es la razón de este interés por la década de los cincuenta?

R: Si, mira, la década del cincuenta es una década muy peculiar porque fue un momento de gran esplendor de la ciudad, la cultura, la vida nocturna y la misma economía cubana. Y fue también una época de gran represión, un momento en que las tensiones políticas llegaron al extremo en que se gestó y se llevó a cabo un proceso revolucionario que triunfó en el año 1959. Es decir, que es un período con contradicciones muy evidentes y que a mí siempre me resultó un poco magnético porque es la época sobre la cual me hablaban todas las personas mayores, mis padres, mis tíos… por otra parte, la literatura de los cincuenta me resulta muy atractiva, así como la música o la ciudad de los cincuenta, una ciudad moderna, vigorosa, potente y llena de lugares brillantes, mágicos. Mi propio barrio [Mantilla] es un lugar que tomó su forma en los cincuenta y para colmo de males yo nazco en los cincuenta. Entonces hay una fascinación indudable por esa época, una sensación que comparte también Conde [se refiere a “Mario Conde”, nombre del protagonista de muchas de las novelas de Padura], porque desde las novelas anteriores él expresa ese interés por la búsqueda de un pasado. En el caso de Adiós, Hemingway el viaje es muy hemingwayano, muy escueto, muy preciso, porque tenía los límites de espacio que imponía la colección donde se iba a publicar esta novela. En La neblina, sin embargo, Conde se mueve en el mundo de la noche, del cabaret, el barrio del Vedado y sus hoteles… aquí ya me suelto y trato de hacer mi crónica de esa Habana de los cincuenta en la cual no dejo de reconocer que hay elementos políticos realmente candentes pero también que era una ciudad absolutamente fascinante.

P: Porque en la dictadura de Batista se dio una represión política que no implicó un puritanismo moral…

R: Yo creo que lo que ocurrió fue que Batista se dio cuenta de que él podía apretar algunas tuercas pero que era mejor dejar otras flojas para que hubiera un cierto movimiento y no se preocupó tanto por ese aspecto moral. Además, Cuba necesariamente tenía que ser en esos tiempos una vía de escape para los norteamericanos, para la vida nocturna norteamericana que estaba tan limitada. Recuerda que en esa época Las Vegas apenas se había fundado y La Habana quedaba mucho más cerca de Nueva York o de Florida que Las Vegas, y esto generó que La Habana cobrara una importancia turística muy grande y se convirtiera en un lugar para el juego y la diversión. Donde hay juego y diversión hay prostitución, y se necesita todo un ambiente que permita esa nocturnidad comercial y turística, que es lo que ocurre en La Habana de los cincuenta. Batista lo permite porque él participa también de ese universo, se enriquece con él.

P: ¿Existe también el deseo de recuperar una década que la historiografía oficial ha resuelto de un plumazo, con una condena sin matices?

R: En general faltan matices sobre todo el periodo republicano. Pienso que la historiografía está muy politizada y sólo parecen interesar los elementos que de alguna manera justifican el contexto revolucionario; todo lo que se encuentra en los márgenes de esa justificación ha sido generalmente rechazado. Eso creo que lo hacen todos los regímenes, todos los sistemas, y más un sistema político de un solo partido que necesita una justificación histórica y teórica para su propio proceso. Eso sucedió en España, sucedió en la Rusia soviética, eso ocurre en casi todos los procesos.

P: Este interés por rescatar episodios de la historia se acentúa en sus últimos libros, donde parece apostar por una línea narrativa más cercana a la novela histórica, ¿es consciente de este giro?

R: Cada vez me interesa más la historia… siempre he sido una persona con una preocupación por la búsqueda de la identidad. Mi primer libro, mi tesis de grado de la universidad, es un libro sobre el Inca Garcilaso de la Vega y los orígenes de la conciencia y del ser hispanoamericano, donde trato de demostrar cómo a través del mestizaje de este hombre se comienza a crear una nueva identidad o una nueva cultura. Después, en los años en que hice periodismo, buscaba historias de las que todo el mundo sabía algo pero casi nadie lo sabía todo. Escribí sobre la historia del Barrio Chino de La Habana, sobre la historia de la Virgen de la Caridad del Cobre, sobre el ron Bacardí, sobre los franceses en la zona de oriente de Cuba, redacté muchos trabajos de este tipo y volví a esa obsesión por la identidad. Cuando empiezo a escribir la serie de novelas de Mario Conde, en los años noventa, me centro mucho en lo contemporáneo, en un periodo de crisis económica, de crisis de conciencia, de una sensación de que se ha perdido todo, de frustración, y por eso lo contemporáneo me atrae tanto entonces. Pero una vez vencido ese periodo empiezo a recuperar mis obsesiones por lo histórico y voy otra vez buscando los orígenes. En el caso del poeta José María Heredia y La novela de mi vida es clarísimo que voy buscando los orígenes de la cultura, de la poesía, de la nacionalidad cubana a través de un hombre que encierra, increíblemente, todas estas cosas. Heredia es como el génesis, está en el principio de todo. Con La neblina del ayer ocurre lo mismo, porque con estos libros de la gran bibliografía cubana del siglo XIX también voy buscando los orígenes de lo que es la literatura, la cultura, la esencia cubana a través de los libros. Y ahora, con la novela que estoy trabajando, estoy yendo a los orígenes de la gran utopía del siglo XX, de la utopía comunista y cómo esta utopía se frustró precisamente por los propios comunistas. Es una novela que tiene que ver con el asesinato de Trotsky y la historia de Ramón Mercader, y estoy buscando las razones y la dramaturgia de la frustración de esa utopía.

P: Al oírle hablar con insistencia sobre los orígenes, me gustaría preguntarle por la fascinación de parte de la literatura cubana actual por la figura del grupo literario, y en especial por el grupo Orígenes, algo que vemos en sus novelas y en las de otros escritores, como Jesús Díaz o Antonio José Ponte.

el_hombre_que_amaba_a_los_perrosR: No me había puesto a pensar en eso. En mi caso, creo que esa fascinación tiene que ver porque para mi formación como escritor el grupo literario fue muy importante en esos momentos en que empiezo a tener intereses artísticos, cuando era menos que un aprendiz de escritor. Yo venía de un mundo y de una experiencia en que la literatura no había tenido ningún papel más allá de la lectura de algunos libros. Cuando comienzo a estudiar literatura en la universidad lo hago por casualidad, porque podría haber estudiado cualquier otra cosa. Entonces el grupo literario fue muy importante. En esa época coincido en la universidad con Abilio Estévez, Arturo Arango, que también publica en Tusquets, Alex Fleites, poeta, Jorge Luis Arcos, poeta también… un grupo de gente que tenía intereses mucho más definidos que yo. Después me gradúo y empiezo a trabajar en El Caimán Barbudo, una revista que estaba en el centro de la vida cultural y juvenil de aquella época. Las reuniones que se hacían en El caimán las componían escritores importantes como Norberto Fuentes, Raúl Rivero, todo el grupo del consejo de redacción… y otros que estábamos empezando. Después, yo salgo de lo que es la vida literaria cotidiana porque me voy a trabajar a un periódico general y mantengo la vinculación con la literatura a través del grupo literario, que ya son las gentes de mi generación, mis amigos y mis compañeros, con quienes sigo manteniendo comunicación: Abilio, Alex, Arturo Arango, Senel Paz o López Sacha. Tal vez la razón, al final de todo, es que yo soy un escritor muy inseguro y que siempre pienso que lo que estoy escribiendo no le interesa a nadie y que está horriblemente escrito, así que necesito mucho del juicio de otros; eso es lo que creo que me ha salvado a mí como escritor, porque me ha hecho consciente de las debilidades de mis libros. Esa confrontación es tan importante que, en mi opinión, el autor que no se somete a ella está perdiendo la posibilidad de enriquecer su libro, porque siempre las otras miradas son claves a la hora de ver lo que uno no ve.

P: Otra de las constantes de su obra, como si se tratara de un personaje más, es la ciudad de La Habana. Me atrevería a decir que en su literatura se nota un interés cada vez más explícito por recuperar una geografía física y literaria de la ciudad.

R: La Habana y la novelística sobre La Habana se comunican hasta el punto de que se crean la una a la otra. Si en algún momento tengo tiempo me gustaría llegar al fondo de este tema, porque existe un fenómeno de creación de la ciudad que ocurre fundamentalmente en el siglo XIX y de fijación de la imagen de la ciudad que ocurre sobre todo en la primera mitad del XX. También hay un proceso de desintegración del espacio citadino que ocurre en la realidad y en la literatura, sobre todo a partir de los años ochenta con Reinaldo Arenas, y en los noventa con la literatura que hemos ido escribiendo casi todos los autores que nos referimos a la ciudad. El deterioro físico de la ciudad me afecta mucho, así que necesito decir algo, y como en los últimos años hago mucho menos periodismo, esta reflexión la hago a través de la novela, sobre todo de la novela negra, que es un tipo de novela urbana, y porque el personaje de Conde comparte esa obsesión con la ciudad. Para él, recorrerla es consustancial a sus propias historias.

P: Sin embargo, en sus novelas parece subsistir un deseo de orden. De alguna forma, la descomposición de la ciudad no se traduce en una descomposición de las estructuras narrativas, que en su caso son muy poderosas.

R: Es que mi gran influencia literaria es la de Vargas Llosa; a veces es menos visible, pero siempre está ahí. Vargas Llosa es un maestro de las estructuras. Siempre, desde que comencé a leerle, ese fenómeno de construcción de las novelas como un edificio, como una catedral, ha sido algo que me ha atraído mucho. En mi última novela mi primera preocupación han sido los equilibrios, porque creo que son necesarios a la hora de presentarle al lector un universo. Ese universo tiene que tener una ley de gravedad para que las cosas no se vayan al techo, tiene que girar alrededor de un punto, y no puede ser un punto cualquiera, y por eso las estructuras me importan tanto. En una novela como La novela de mi vida, creo que el gran desafío no fue la escritura, sino la organización de esa novela. En Adiós Hemingway es muy evidente que la estructura es un elemento importante, y en La neblina, los movimientos hacia el pasado o esas cartas que aparecen, están colocadas en los lugares donde se mantienen esos equilibrios. Ahora, en esta última novela sobre Trotsky y Mercader, la búsqueda de ese equilibrio de las personas narrativas, de los tiempos verbales, de los acontecimientos históricos, de las perspectivas… es algo que me importa mucho y que no dejo a la improvisación. Tiene que ser algo pensado, decidido.

P: Una curiosidad a partir de esto, ¿llega a escribir las diferentes partes de la novela por separado?

R: Depende de los momentos en que estoy escribiendo. Cuando arranqué esta nueva novela, y me pasó igual en La novela de mi vida, escribí alternativamente las distintas historias, hasta tener la respiración del libro. Cuando ya tengo una primera idea de su tempo y su estilo, es decir, que ya sé cómo se van a narrar las distintas historias, entonces paro y comienzo a escribir una sola de esas historias. Sobre todo en ésta última novela en que manejo tanta información histórica. Al moverme de una historia para otra no quisiera arrastrar fechas, memorizar acontecimientos, ambientes, lenguajes… entonces prefiero avanzar en una y adelantar todo lo que pueda y después volver a otra y comenzar entonces a buscar una estructura lógica que monte todas esas partes con coherencia.

P: Volviendo al tema de la ciudad, en ese recorrido que hace Conde por La Habana de La neblina del ayer, parece que descubriera la ciudad de nuevo, como si la hubiera olvidado, ¿Conde y Padura comienzan a desconocer su ciudad?

R: Sí, definitivamente. La Habana a veces muestra códigos que yo no domino. Yo recuerdo la época en que trabajaba en el periódico y recorría mucho la ciudad, porque andaba buscando historias, andaba buscando personajes constantemente, y creo que nunca sentí tanto el pulso de la ciudad como en esa época: fue como abrir una concha. Mi mundo original era el barrio, Mantilla, ese mundo después se abrió a la zona de la Víbora, donde hice los estudios del preuniversitario, luego se abrió un poco más al Vedado, cuando ya estaba en la universidad. Pero durante los años que trabajé en el periódico, de 1983 a 1989, me abrí a la ciudad completa, una apropiación en la que fui dominando sus códigos, sus ambientes, descubriendo lugares en los que nunca había entrado, hasta el fondo. Después ya vienen los años del periodo especial y hay como un retroceso en mi percepción de la ciudad y me voy volviendo a meter en la perla original, que es el barrio. Regreso otra vez a la semilla y en estos momentos estoy muy metido allí, y más que en el barrio, estoy muy metido en la casa, porque estoy trabajando mucho, escribiendo, y necesito esa concentración. Entonces siento que he ido perdiendo el pulso a la ciudad, y la ciudad me sorprende física y humanamente. Las actitudes de la gente ya no son como eran hace años y me cuesta trabajo entenderlas… hay zonas de la ciudad donde ya sé que no debo estar en determinados momentos y a determinadas horas porque ya no entiendo cómo se mueve ese universo y siento esa enajenación, ese extrañamiento con respecto a un espacio que me perteneció tanto y que me va perteneciendo menos, y eso me crea una sensación de angustia, de pérdida, como algo que te perteneció mucho y de pronto te vas dando cuenta de que es menos tuyo.

P: ¿Tiene la sensación de degradación del espacio urbano?

R: Si, yo creo que sí. Creo que la ciudad se ha ido degradando física y humanamente.

P: ¿Humanamente también?

R: Si, la ciudad esta de los ochenta era una ciudad donde prácticamente no había drogadicción, donde prácticamente no había violencia, y todo eso ha ido creciendo cada vez más y se ha ido convirtiendo en uno de los rostros posibles de la ciudad.

P: En algunas de sus novelas habla de la escualidez como una de las virtudes que prefiere de la narrativa norteamericana, ¿cuál es su relación con esta literatura minimalista, teniendo en cuenta su predilección por autores como Carpentier?

R: De Carpentier lo que a mi me interesaban eran sus reflexiones y conceptos sobre los orígenes de lo latinoamericano, no el estilo. Lo que yo voy buscando en Carpentier es toda esta teoría de lo real maravilloso, la fundación de un concepto de lo hispanoamericano, de una literatura hispanoamericana, de un ser hispanoamericano,  ontológico… pero trato de que el estilo no me deslumbre, porque yo pienso que hay escritores como Lezama Lima o el propio Carpentier que no dejan hijos; dejan seguidores, dejan imitadores, pero no engendran, porque son un mundo en sí mismos, y de ese mundo sólo puedes participar desde la imitación. Y sobre la escualidez… ese es un tema que se ha ido complicando, porque comenzó siendo simplemente la cita de un título de Salinger, Para Esmé, con amor y escualidez, que es la historia de un soldado norteamericano que ha peleado en la Guerra Mundial y una niña con la que tiene una conversación donde ella le dice que a ella le gustan las historias escuálidas y conmovedoras. Yo siempre interpreté esa escualidez, más que como algo flaco o degradado, como lo esencial, lo espiritual. Ese gusto por la literatura escuálida y conmovedora se lo pasé a Conde, porque yo sí creo que la literatura debe comunicar sentimientos: la frialdad y la literatura no me interesan para nada. Aún estoy muy lejos de lograr una literatura así: no he podido todavía escribir un relato como Un día magnífico para el pez plátano o una novela como El guardián en el trigal o Franny y Zooey, que son novelas muy emblemáticas de la cultura universal del siglo XX, pero ha estado como propósito consciente en todos estos años, porque si bien Vargas Llosa es el que me obsesiona por su propuesta de creación de un universo literario, trato de llenar ese universo de un modo salingueriano, con personajes que transmitan sensaciones, sentimientos, pensamientos, obsesiones. Las obsesiones son muy importantes, Conde es un tipo lleno de obsesiones al igual que los personajes de Salinger; Heredia lo es, Fernando Terry lo es, y ahora estoy tratando de escribir de las obsesiones ideológicas de un grupo de personajes en una novela donde el peso de lo político es muy grande, a pesar de que voy a tratar de que no sea una novela política, sino una novela sobre destinos… y eso también es muy salingueriano. Un hombre como Ramón Mercader se llega a convertir en uno de los asesinos más célebres del siglo XX sin que nadie lo conozca: nadie sabe quién es Ramón Mercader, ¿cómo es que este hombre llegó por su destino a convertirse en el asesino más célebre del siglo XX, y cómo llegó a convertirse en una no persona? Eso es lo que me obsesiona. También me obsesiona cómo Trotsky llegó a convertirse en el gran renegado comunista del siglo XX, a pesar de que él seguía diciendo que era comunista, y me hubiera gustado saber qué hubiera pasado si este hombre hubiera sido el vencedor en la disputa con Stalin. Me pregunto cómo el destino va creando estos personajes y algo similar intento hacer en el proceso de escritura con un tercer personaje, un cubano contemporáneo, para quien el destino, la vida, ha sido una creación en la cual se ha movido sin querer él mismo.

P: ¿Para cuando la publicación de este último proyecto?

R: Ya puedo decir con toda seguridad que la novela saldrá en septiembre del 2009, otra vez publicada por Tusquets, justo cuando la editorial cumplirá los 40 años de creada. Creo que será un buen momento.

P: Según he leído, será una novela de más de 600 páginas que llevará por título El hombre que amaba a los perros. Dada la extensión y lo ambicioso del proyecto, ¿surge como su gran obra de madurez literaria?

R: Cada libro que he escrito es el libro más maduro, el mejor concebido, el mejor estructurado y escrito que he podido conseguir en cada momento. Pero El hombre que amaba a los perros ha sido un gran desafío, de más de cuatro años entre investigación y escritura y es una novela muy compleja desde todo punto de vista, incluidos el político y el literario. Ahora, hoy mismo, sí, es mi obra de madurez literaria. Dentro de un par de años creo que será otra, porque siempre voy a tratar de superarme, porque, entre otras cosas, para eso escribo, para retarme.

Entrevista publicada en Quimera, 308-9 (jul ago 2009), 18-23.

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