Los de abajo, de Mariano Azuela

los-de-abajoAcabo de leer un clásico. La obligación y la amistad me llevaron a un libro mexicano de 1916, que tras la pista de un tal Demetrio Macías, guerrillero real o apócrifo, ofrece uno de los relatos más célebres de la Revolución. La Revolución Mexicana, así, en mayúsculas, como todo lo que sucede en un país ajeno a las medias tintas.

Te dicen: de los clásicos no se hacen reseñas, de los clásicos ya está todo dicho, aburren, son esos libros de kiosko con portadas feísimas, se leyeron en la adolescencia o no se leyeron, buenagana de tragarse la polilla. Pero también son como culebras larguísimas que te pueden hipnotizar para luego engullirte lentamente, sin dientes… “y ahora mira a ver si eso de la posteridad, tú que pierdes el culo para cagarte en ella, es una cosa tan tonta o no, pobre infeliz, pobre infeliz”, repiten con su lengua viperina.

“¡Demetrio, por Dios!… ¡Ya no te vayas!… ¡el corazón me avisa de que ahora te va a suceder algo!…
Y se deja sacudir de nuevo por el llanto.
El niño, asustado, llora a gritos, y ella tiene que refrenar su enorme pena para contentarlo.
La lluvia va cesando; una golondrina de plateado vientre y alas angulosas cruza oblicuamente los hilos de cristal, de repente iluminados por el sol vespertino.
-¿Por qué pelean ya, Demetrio?
Demetrio, con las cejas muy juntas, toma distraído una piedrecita y la arroja al fondo del cañón. Se mantiene pensativo viendo el desfiladero y dice:
-Mira esa piedra cómo ya no se para…”

“Mira esa piedra cómo ya no se para”, “cómo ya no se para”. Estamos casi al final del libro y de la vida breve de Demetrio Macías, y si eres un lector mínimamente avezado, mínimamente sensible, mínimamente mínimo, deberías emitir alguna interjección de asombro, un “¡Hostia puta!”, un “¡cojones!”, que es lo que me sale a mí, porque esa imagen es como la vida misma y lo dice todo. De acuerdo, ahora te cuesta ponerte en contexto y creerme, pero deberás creerme. O leer Los de abajo.

Utilizo “leer” pero no estoy siendo preciso, porque la novela de Azuela odia las palabras y a quien las esgrime, merecedor de ser fusilado, uno más, en este universo de retazos sonoros y poderosas imágenes. Aquí no se habla, aquí no se conocen las palabras, aquí se acecha, fusil en ristre, una verdad anterior que sólo precisa del instinto (le llaman libertad, justicia, bien). Y porque más que un relato, Los de abajo es una bomba de tiempo: ¿cómo fracasa una revolución?, se pregunta Azuela entre líneas (todo sucede entre líneas), y entre líneas responde: dale tiempo, deja que se filtren las palabras, ofrece su oportunidad a quienes se ocultaban mientras todo se resolvía a degüello, y verás al revolucionario convertido en ladrón y asesino.

“Mira esa piedra cómo ya no se para”. Por alguna razón escribo estas frases mientras escucho el programa de Mario Vaquerizo en Nanosónico. Hoy lo dedica a los grupos de la letra “R”, así que tras sonar “Sheena is a Punk Rocker” de los Ramones comienza “Duro de pelar” de Rebeca, sin transición ni pasapuré. Azuela, Aira, Allan Poe, Arenas, Allende, Azcona… imagina un programa de radio en el que leyéramos fragmentos de escritores que comienzan por la letra “A” y junto al anterior de Azuela se colaran otros de Isabel Allende: ¿de qué serviría?, ¿a dónde nos llevaría tal ejercicio? Ahora estás en una cata de vinos, y el contraste de sabores te obliga a otorgar etiquetas de mejor y peor. No te gustan los ránkings, pero no lo puedes evitar.  Y sabes, aunque lo quieras negar, que la literatura también depende de las papilas gustativas, y que a pesar de las ediciones de kiosko y del tostón de mr. Bloom, siguen existiendo escritores maricones, maricas y mariquitas, locas y bujarrones, mariposas, ninfos y filenos*, y que Azuela, de más está decirlo, es un maricón con mayúsculas.

 

*Para más información sobre esta taxonomía: Bolaño, Roberto, Los detectives salvajes, p 83.

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