Los del setenta y seis derrotan en los segundos finales a los gatos salvajes

IMG_2875El partido es a las 7.00 pm, así que quedo con Noble en su casa a las 6.15 pm para ir desde allí juntos a la cancha. Él vive en Carpenter y la 10th, a unos diez minutos en bici del Wachovia. Al llegar me abre la puerta con su traje de guerra, una camiseta de algún antecedente de los Grizzlies, en la que pone “Memphis” en grande y, detrás, su apellido: “Novitzki”, como el jugador alemán, pero con “i” latina.

Vamos con la hora justa, así que montamos en nuestras máquinas a pedal y bajamos por todo South Philly, a través de esas manzanas monocordes y algo sombrías, como si aún no hubieran salido del hollín de la revolución industrial. Primero a la altura de Pats y del barrio italiano de Rocky Balboa y los padres de Los Soprano, luego a la de Wolf St, Mifflin St o Reed St, en que se suceden los pequeños bares irlandeses y los tréboles en las ventanas de casas destartaladas.

En el límite de South Philly, la 10th St, por la que seguimos bajando, se convierte en una carretera de varios carriles sobre la que se alzan, en un enorme complejo deportivo, primero el Citizens Park de los Phillies (Béisbol), luego el Lincoln Financial de los Eagles (fútbol americano), que parece sacado de alguna secuela de Terminator, y por último el Wachovia Center de los 76ers, compartido con los Flyers (Hockey), justo enfrente del antiguo Spectrum, al que le quedan pocos días de vida.

Lo de ir en bici, aclaro, resulta una extravagancia absolutamente contraria al rito deportivo americano, demasiado asociado a la Pick up, la nevera llena de budweisers y las provisiones interminables de algo grasiento empapado en ketchup. Aunque la ciudad está llena de atenciones para el ciclista, los estadios son un mundo poco friendly para los imitadores de Eddie Mercks (hace sólo un mes la gente se entretenía pitorreándose de nosotros a la salida del estadio de béisbol). Pero nada, la vida verde y saludable también exige mártires, así que allí estamos, preguntando de nuevo a todo quisqui dónde podemos dejar las bicis, ante la mirada atónita de seguratas y controladores del parking.

La estrategia comercial del Wachovia está clara. Como en dos kilómetros a la redonda no hay edificio, ni bareto, ni chiringuito, ni carrito, ni chino con una socorrida cerveza y un bocata de jamón, te registran a la entrada para que no metas líquidos y te invitan a que uses la tarjeta de crédito en las asequibles franquicias del colesterol que hay dentro. A 8 dólares la cerveza y a 10 dólares el hotdog, que además es de esos pobretones que uno puede hacerse en casa a base de Oscar Mayer. Se aconseja ir comido y con el puntillo alegre de casa.

En los pasillos del estadio, muy modernos, muy limpios, con luces de centro comercial y sin rastro de olor a réflex, publirelacionistas uniformados te venden de todo, desde tarjetas de crédito (again) a planes telefónicos, mientras promocionan tiendas de ropa, restaurantes y franquicias de electrónica. Por lo demás, no parece que haya demasiada movida, pero es que los Bobcats de Charlotte no inspiran demasiado interés en esta parte del país, además de que tampoco se estilan las pandillas de incondicionales. Aquí el deporte es un espectáculo familiar, como ir a ver a Teresa Rabal.

La cancha impresiona. Accedemos por una bocana a la zona noble de las gradas, la de 75 dólares por barba, y entramos en esa lisérgica dimensión del entertainment… juegos de luces que se acompasan con el rap que suena a toda pastilla, el diseño de los trajes de calentamiento de los jugadores, los colores de la pista, la verticalidad de las gradas y el cálido ambientillo prepartido te meten un buen rollo en el cuerpo instantáneo. Primer pensamiento: “aquí pasan cosas” y segundo, “joder, qué grandes son estos tíos”. Esa sensación no me abandona cada vez que estoy cerca de jugadores de basket profesional, cuyos físicos parecen de otro planeta. Pero viene Danny, eso pone en su chapa, y me saca de la ensoñación: que le enseñemos los tickets, así que nos obliga a confesar que no, que nosotros somos de los del gallinero.

Pues desde arriba no se ve tan mal. Ahí está la niña repelente que canta el “José can you see” (hay que levantarse), y luego, Iguodala, Louuuuu, Elton Brand, ahí cerquita, más o menos, corre que te corre, a vueltas con las transiciones rápidas contra unos incómodos gatos pardos de Charlotte que no dan su brazo a torcer. El juego transcurre rápido, lo propio de dos equipos jóvenes y nerviosos aunque de buenos fundamentos, con buen juego colectivo y algunos donkeos de Iguodala, que es el que parte el bacalao con permiso de Brand. Conviene anotar, sin embargo, que el baloncesto es una cosa más de las muchas que ocurren en las tres horas que dura el partido, todo un espectáculo audiovisual donde los diez tíos botando una pelota son el mero complemento a los sofisticados juegos de luces y sonido, bromas visuales en plan “el día después”, espectaculares imágenes de los jugadores y animaciones que arroja el marcador electrónico, bola mágica superior a la de Gandalf.

Uno de los gags de más éxito es que la pantallita propone un juego a los espectadores: darse besos, tocar la guitarra o los bongós, bailar tecno, hacer el robot… y la gente se levanta de los asientos y comienza a ejecutar la chorrada mientras los más graciosos aparecen en primer plano sin ninguna vergüenza. Se lleva la palma un negro inmenso, 200 arrobas entregadas a cada performance que obligan al realizador a hacerle chupar cámara sin parar. Hasta los jugadores, en pleno tiempo muerto, se mean de la risa y señalan al gran hermano que tienen sobre sus cabezas.

A todo esto, el partido sigue reñido, con diferencias que no pasan de los seis o siete puntos a favor de los Sixers hasta que, a falta de poco más de dos minutos, los gatos salvajes de Charlotte nos pegan un buen arañazo con un par de triples que les ponen por delante. 1:49 para el game over y 3 puntos de diferencia para los forasteros. Llega el momento final y hay que hacer algo con urgencia, así que en el tiempo muerto el cuerpo de animadores enarbola en el centro de la pista una enorme bandera con el escudo de los 76ers, aquel que defendió Julius Erving. Permanecen inmóviles.

Se acabaron las chorradas: es momento para las armas de destrucción masiva filadelfinas. Silencio en la cancha, la bandera al viento y un video en la macropantalla: aparece Rocky cuidando a Marian, que está malita en la cama. El cuñado masculla algo mientras nuestro hijo pródigo consuela a la enferma… no entiendo un carajo…  pero entonces Rocky mira a la cámara y… ¡Chan, cháN! comienza el estruendo de las trompetas: Rocky corre, Rocky suda, Rocky pega, Rocky salta a la comba, Rocky machaca, Rocky hace abdominales y bebe huevos crudos; surge el coro, siguen las trompetas… la mirada del tigre se extiende por el público, que se levanta y grita enfervorecido ¡Todos en pie, el espíritu de Filadelfia sobrevuela la cancha!, ¡Viva el cheesteak, las cheerleaders bobolonas y la constitución americana!

En medio del delirio colectivo los jugadores saltan al parquet y los Gatos salvajes se convierten en gatitos remolones. En 1:49 les pasamos por encima: parcial de 6 a 0 y a otra cosa mariposa. El arma secreta funciona.

Calle otra vez. Pillamos las bicis y vuelta a la urbe de cemento. Enseguida toca meterse en uno de los bares irlandeses y someterse a la dieta local: hamburguesa y cerveza. En la tele aparecen las reacciones postpartido pero nosotros ya estamos en otro tercio. Que si Bush y Obama, que si la reforma sanitaria, que si la camarera no está tan mal. Pasado mañana juegan contra los Grizzlies.

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