Los ingrávidos, de Valeria Luiselli

los-ingrávidos1) Trata de presencias pasajeras, de fantasmas urbanos que también pueden coincidir con quienes fuimos, cualquiera de nosotros, en una vida anterior. Me refiero al “yo” que algunos años atrás recorría esa ciudad, se paraba en esa esquina o esa calle, y del que aún persisten rastros de memoria.

2) Me asalta la presencia de la propia Luiselli, su alma apenada (o no). Habla al comienzo de Los ingrávidos de una Valeria anterior a ella que dormía en casas ajenas, sillones prestados y camas compartidas. Y recuerdo a la Valeria que durmió algunas de esas noches en mi casa, cuando yo era ese otro “yo” de Madrid. Nunca me crucé con ella: escuchaba sus pasos en la noche, que abría la nevera o cerraba una puerta, pero nunca la ví. La misma Valeria, aunque en otro de sus estados ingrávidos, de la que ahora leo su libro.

3) En la portada aparece la estación de metro de Bedford Avenue. En el interior trasiega geografías conocidas por uno de mis propios fantasmas, aunque cada vez más olvidadas: las calles de Brooklyn donde vivía Noble Novitzki, el cementerio Woodland de Filadelfia donde está enterrado Gilberto Owen, al que tampoco ví nunca por allá, su lápida. Y me hace recordar la soledad de ese fantasma mío que sólo en el metro o frente a una pinta de cerveza amarga recuperaba una cierta corporalidad. En la calle o en su apartamento se evaporaba.

4) El fantasma de Gilberto Owen, el de Lorca y Juan Rulfo en el metro de Nueva York. No es difícil imaginarlos en su propia soledad o, como sombras espectrales, susurrándonos algo al oido, cerrando una puerta o una página de periódico (que también es un espectro) disfrazados de golpe de viento. En Los ingrávidos la escritura convoca las almas de quienes nos enseñaron a vivir bajo tierra, por túneles a medio iluminar. Las bibliotecas de Nueva York también están repletas de ánimas encerradas y pasillos silenciosos. Son una forma de la red de metro.

5) Encontré esta foto. Se parece a mi fantasma de ahora:

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6) Un andén vacío del metro de Nueva York. La imagen de portada me recuerda otra imagen de la Ciudad de México, la mañana en que un hombre sin piernas y con el torso desnudo se arrastraba por General Anaya. Impasible ante la llegada del vagón, avanzaba sin considerar el fin del andén como límite infranqueable, transformado en un  animal cuyo escorzo le dirige más allá de las dimensiones visibles, en busca de algún recoveco impensado, una grieta por la que escurrir su cuerpo.

7) El libro de Luiselli y los ritmos del metro: la esquizofrenia de negros pobres y abrigados del de Nueva York, la verborrea oferente del mexicano. Los ingrávidos pertenece a ese universo en descenso, acompasa con el ritmo que marcan las estaciones y las interrupciones propias de llegar a destino, pugnar por un asiento o recibir en el regazo el mensaje de un espectro que pide cinco pesos. Desde el metro, dice Luiselli, es donde mejor se ve la ciudad, mero simulacro de lo que sucede a un pasito del infierno.

 

Los ingrávidos. Sexto Piso, 2011.

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