Luces y sombras en el centro histórico de La Habana

DSC_0802Viene hacia nosotros con el brazo apuntando al cielo y una sonrisa en la cara. Nos ha visto con la cámara y sabe que esta puede ser una buena oportunidad para ganarse unos pesitos:

-¿Quieren ver cómo vive un cubano?

Quien lo dice lleva una cadena al cuello con la bandera de Cuba y se protege de los malos espíritus con una pulsera roja y negra, la de los hijos de Elegguá. Nos tiende la mano y nos invita entrar en su casa, una cuartería de la calle Crespo, en el corazón de Centro Habana. Se llama Rafael N, eso es lo que pone en su carnet del Policlínico de Carlos III, donde al parecer trabaja como celador.

En el largo pasillo que conecta la puerta que da a la calle con el patio interior donde se suceden los diferentes cuartos, cada uno ocupado por una familia, se apilan algunos sacos de cemento. Mientras nos abre la puerta de la miserable habitación nos dice que el hospital es bueno, que la gente está bien atendida allí. En unos pocos metros cuadrados se observa la cama con una sábana por encima, la ropa doblada sobre unas herrumbrosas sillas y los rincones dedicados a los santos. Me señala una columna que se yergue a su espalda y precisa que le costó diez dólares (le llaman “dólar” al peso convertible) asegurarla con un poco de cemento, que los sacos cuestan a cinco dólares, que la casa está muy mala y que no tiene dinero para arreglarla. También dice que vive allí con su madre anciana y su hermana “retrasada mental”, y que los tres duermen en la misma cama (me cuesta creer este último retrato familiar, demasiado apropiado para que, como terminamos haciendo, le tendamos unos billetes al despedirnos)…

Artículo completo en LARS, Cultura y ciudad. Visiones de la modernidad. nº18, Marzo 2010.

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