Urbe Puerto Rico

Según el Censo federal de 2010, el 99% de la población de Puerto Rico vive en áreas urbanas, lo que en parámetros isleños se expresa en zonas construidas de mayor o menor densidad, continuos suburbanos que difícilmente podríamos denominar “ciudades”. En el siguiente artículo recorreremos los mapas de esta urbe indeterminada, una realidad física que traslada a un orden espacial la condición periférica de la isla.

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Barrio de Puerto nuevo, 1949

Avanzo la sospecha de que las contradicciones de Puerto Rico como entidad política desaparecieron hace tiempo del mapa de la descolonización, que su sambenito de “colonia feliz” ha opacado las aristas y dejado de lado la necesidad de debate en los foros internacionales. También la corazonada de que un cierto exotismo, fruto de la suma de caribeñidad e invisibilidad histórica, rodea a este zombi nacional que ni se sumó a las independencias de la región  (aunque sea difícil cifrar, al menos en términos prácticos, cuando se independizó Cuba, la República Dominicana o los países centroamericanos) ni, al estilo hawaiano, se integró tardíamente como otro estado de la Unión (lo de Hawái data de 1959). La “tercera vía” puertorriqueña se resume en su estatus legal de “Territorio no incorporado” de EEUU que por una parte sugiere su dependencia (“territorio” –nuestro-), y por otra su ausencia de reconocimiento (“no incorporado”). Las sospechas iniciales se refuerzan así ante la discutible terminología que rodea al caso, preludio de otras vaguedades que aconsejan señalar sus variables más básicas:

Puerto Rico es un archipiélago compuesto por tres islas mayores: Puerto Rico, Vieques y Culebra, bañado al norte por el Océano Atlántico y al sur por el Mar Caribe. Al oeste se sitúa la República Dominicana y al este las Islas Vírgenes. Tiene 9.000 km2 de superficie (de forma similar y algo menor que Asturias) y 3,7 millones de habitantes, si bien hay más de 5 millones de puertorriqueños censados en Estados Unidos. El idioma vehicular es el español, la capital San Juan y el gentilicio, “puertorriqueño”. En 1898 Estados Unidos se anexiona el territorio, en 1917 concede la ciudadanía norteamericana a sus habitantes y en 1952 se aprueba la constitución que aún rige la relación con la metrópoli, el Estado Libre Asociado (ELA). El 45% de sus habitantes vive por debajo del umbral de la pobreza (según estándares del Censo Federal estadounidense), mientras su renta per cápita es tres veces menor a la de Estados Unidos. Cada mes se reportan alrededor de 100 asesinatos, con una tasa de homicidios que sextuplica a la de Estados Unidos y es superior, por ejemplo, a la de México (26.6 por 100 mil habitantes frente a 22.7). Puerto Rico no es un estado de Estados Unidos. Aunque poseen ciudadanía norteamericana, los puertorriqueños que viven en la isla no votan en las elecciones norteamericanas. Puerto Rico no tiene representación exterior ni capacidad para establecer tratados con otros países. Debido a las “leyes de cabotaje”, el transporte de mercancías con Estados Unidos, que suma el 80% del total, se realiza a través de empresas navieras estadounidenses que operan los puertos de la isla en régimen de monopolio.

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Pero volvamos al “Territorio no incorporado”, porque a partir de la combinación de esas tres palabras se construye la ciudad sin ciudadanos que nos ocupa, el sistema-isla donde una mayoritaria población urbanizada vive, contradictoriamente, ajena a la noción de “ciudad”. Me acojo aquí a la proteica definición que propone la Política de Aristóteles y se prolonga, por ejemplo, hasta las influyentes intervenciones de Giorgio Agamben (2006) o Jacques Rancière (2004): la «polis» como una categoría que designa un entorno físico y al mismo tiempo un ámbito político cualificado, el lugar donde toma cuerpo el diálogo público. Ambas dimensiones, la  subjetiva-política y la objetiva-territorial centrarán el presente trabajo.

Desde esta posición dual podemos trazar el mapa, o al menos esbozarlo, del desarrollo urbano de Puerto Rico en torno a los elementos que han configurado su condición de “territorio”. Digamos que desde los primeros estadios coloniales la isla actúa de enclave militar por su localización intermedia entre las Antillas mayores y menores, una posición que se reforzará en el último siglo como base operativa de la guerra fría y punto estratégico del Comando Sur[1]. Culebra y Vieques ejercieron de campo de pruebas militar hasta 1973 y 2003 respectivamente, mientras Roosevelt Roads almacenó hasta 2004 armas nucleares y sirvió de puerto para una de las mayores flotas navales de Estados Unidos. El Puerto Rico moderno, como afirma Miguel Rodríguez Casellas (2012 b), se topografía, se imagina y se organiza a partir del modelo de la base militar: imposible separar la estrategia exterior de Estados Unidos de la conformación legal de la isla y sus habitantes, que reciben el otorgamiento de ciudadanía como paso previo a las levas de la I Guerra Mundial y firman su constitución política en plena Guerra de Corea, alentados por el despegue industrial y la hegemonía cultural norteamericana tras la II Guerra Mundial.

Enclave ordenado y aséptico, zona amurallada que elimina textualidades ajenas y se construye como un eterno presente, la base militar sintetiza, volvemos a Rodríguez Casellas (2012 b), la relación espacial que establece la nueva metrópoli con su territorio, además de originar su actual desarrollo urbano. Los principales agentes urbanizadores a partir de la década de los 50, ya sean las iniciativas infraestructurales de las administraciones públicas o los proyectos empresariales de vivienda, contemplan el tejido social precedente como un universo subdesarrollado sobre el que aplican el procedimiento militar de tábula rasa (en comunicación, por otra parte, con las propuestas más pujantes de la arquitectura moderna). Ayudados por la provisionalidad de las formas constructivas autóctonas, apuestan por una “destrucción creadora” sobre la que implementar su nueva gestión del territorio.

Por entonces, el programa de incentivos industriales conocido como Manos a la obra marca el paso hacia un patrón modernizador que, lejos de fomentar las áreas en que la isla ofrecía una ventaja comparativa, se concentra en las lógicas económicas del capital norteamericano, al que se adapta la política local. El desembarco de las manufactureras norteamericanas causa el desplazamiento de la industria autóctona y la agudización de la dependencia económica con Estados Unidos, así como un importante excedente de mano de obra que de San Juan saltará a Nueva York o Chicago: de 1950 a 1970 más de 600.000 puertorriqueños emigrarán a Estados Unidos (Dietz: 306).

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El fanguito

El cambio de paradigma económico se acompaña de la transformación simbólica de una identidad hasta entonces asociada con la cultura rural y la ocupación dispersa del interior montañoso, ahora en conflicto con el espacio habitado: urbano, industrial, atravesado por la emigración y los modelos de vida norteamericanos. Como afirma Magdalena Campo, además de un programa infraestructural, Manos a la obra representa el programa de imágenes de la utopía industrial y de consumo con la que Puerto Rico se incorpora al mapa de la modernidad, una ecuación que trata de conciliar el relato folklórico de identidad nacional con el sueño norteamericano de los 50 en torno a la casa unifamiliar, la televisión y el auto, en un contexto en que la triunfante metrópoli se lanza a su segunda conquista del Oeste. Son los años del rápido desarrollo de Phoenix, Houston o Los Ángeles, cuyos planes urbanos y tecnologías del hogar escenifican la expansión universal del American Way of Life.

Esta es la trama sobre la que se alza el forzado objetivo de una sociedad con estructuras sociales, económicas y geográficas ajenas al modelo importado, que además carece de una clase media consolidada que asuma sin sobresaltos el cambio de rumbo. La extensión de los asentamientos precarios sobre cuerpos de agua inundables e insalubres (El fanguito, Puerta de tierra o el Caño Martín Peña) y la demanda de un fondo habitacional que acoja a las masas de nuevos inmigrantes capitalinos incita la construcción de repartos unifamiliares para las clases trabajadoras y de residenciales públicos[2] para la población de bajos recursos, en el primer caso por medio de un modelo que amplía considerablemente las distancias del área urbana, mientras los residenciales pronto se alzan como enclaves marginales además de islas dentro de la trama urbana.

No todo es negativo. Estas primeras décadas de postguerra mundial también registran la consolidación del área de Santurce como corazón urbano de San Juan y núcleo cultural de la época, en comunicación con otros lugares de referencia para la sociedad puertorriqueña, en particular los de la diáspora nuyorican. De ese diálogo nace una red ciudadana organizada en torno a las arterias principales (la Ponce de León, la calle Loíza, la parada 15 o la Eduardo Conde), donde se concentra una intensa actividad comercial y cultural: cines, teatros, disqueras o emisoras de radio que producen algunas de las expresiones más características del Puerto Rico moderno, particularmente el relato musical que surge del bolero y la salsa. Las calles de Santurce aún muestran los nombres de Ismael Rivera, Rafael Cortijo, Tito Rodríguez, Gilberto Monroig o Rafael Alers como recuerdo de los años en que se crea una posibilidad de ciudad poco después mutilada.

La ciudad imaginada contra la ciudad real

En 1968 se inaugura Plaza de las Américas y a la vez se inicia el declive de Santurce hasta alcanzar la condición actual de barrio fantasma, derrota de esta posibilidad de ciudad a manos de un modelo aspiracional que encuentra en el mall su enclave social de referencia. En esas décadas de 1950-1970 la dicotomía entre el espacio manufacturado por la incipiente economía de consumo y el espacio real-habitado se expresa en una doble inscripción visual: para la ciudad real las instantáneas a ras de suelo de quienes documentan la miseria de los arrabales sanjuaneros, para la ciudad imaginada la fotografía aérea de los nuevos desarrollos urbanos y su ficción de una urbe capaz de separar al individuo de una naturaleza percibida como disfuncional (Campo Urrutia).

De esta forma, sobre el hecho insoslayable de que Puerto Rico es una isla pequeña de recursos limitados y sensibles equilibrios ecológicos, comienza a extenderse una “base espacial importada”, en palabras del geógrafo Carlos Guilbe (160), que nace de los modelos económicos y simbólicos de Manos a la obra y su imposición de unos esquemas de producción gestados en una geografía ilimitada que importa la trilogía unifamiliar-autopista-mall como única variable de organización del espacio. Algunas decisiones puntuales resumen la conformación del territorio colonial, como el desmantelamiento  de las numerosas líneas de tranvías urbanos de San Juan (en 1946) o las líneas férreas (en 1957) de la importante red que desde las últimas décadas del siglo XIX servían a la isla, lo que origina un déficit de transporte público que se mantiene en la actualidad.

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Como el residente de Houston o Los Ángeles, el puertorriqueño no ha tenido más remedio que desplazarse en su vehículo particular, lo que a la “continentalidad” percibida le ha sumado el componente de suburbialidad. Puerto Rico es uno de los países con mayor tasa de autos por habitante (0,82 frente a los 0,76 de la media estadounidense[3]), y mayor densidad de grandes centros comerciales (222), a los que se suman los negocios franquiciados (Mc Donalds, Marshall´s, Sizzlers, Ponderosas o Pizza Huts) que se distribuyen en forma de continuo por las principales vías. La tendencia de conjunto ha causado el dramático abandono de los centros urbanos y la hegemonía de una conciencia espacial, que se expresa en la configuración física de los entornos, determinada por el desplazamiento en el auto privado. Más que habitarse, la urbe-Puerto Rico se atraviesa sobre cuatro ruedas.

En este orden de las percepciones, resalta el modo en que se construye el espacio vivido, pues a la vez que se desconocen los mapas de los barrios que en otras latitudes constituirían sus centros de actividad, aquí lugares intransitados por intransitables, la geografía cotidiana incluye detalles pormenorizados del número de semáforos que median en los recorridos o la existencia de un Dunkin Donuts o una Texaco como única referencia en la anodina geografía urbana. No debe sorprender que uno de los escasos derechos a la ciudad reclamados sea el de máxima accesibilidad vehicular, dentro de un ecosistema regido, en contra de los principios más reiterados, por la habilitación de vías para el tránsito, la extensión de parkings en superficie o la proliferación de gasolineras, talleres, concesionarios, dealers o servicarros hasta crear un territorio urbano impracticable para cualquier otra dinámica relacional.

La disonancia que genera el “espacio ilimitado percibido”: ordenado, aséptico, determinado por las mercancías y la distribución del tiempo del modelo norteamericano, con respecto al “espacio real disponible” (cito los términos que emplea Guilbe), ha degradado la posibilidad de un espacio público que armonice algún tipo de identidad ciudadana. El mapa del “Territorio no incorporado” es el de una urbe que en sus zonas antes consolidadas, como ocurre en los barrios de Santurce y Rio Piedras, agoniza entre edificios abandonados, la suciedad de calles mal asfaltadas, los terrenos baldíos, la ausencia de iluminación y la desolación nocturna.

Políticas urbanas

La administración municipal se ha encargado de exacerbar las diferencias mencionadas entre utopías prestadas y realidades diarias, de fomentar sin ambages la destrucción del tejido urbano existente como clave de un mejoramiento que prescribe, en primer lugar, el corte quirúrgico. Después de tres legislaturas consecutivas, el alcalde saliente de San Juan, Jorge Santini, dejó su cargo en noviembre de 2012 tras una rueda de prensa en la que declaró haber dejado inconclusa “su obra”. El gobierno local de Santini coincide con uno de los periodos de mayor capacidad de financiamiento para la infraestructura urbana, que en el caso de San Juan arroja la inevitable constatación de lo inacabado, como si cada uno de los proyectos hubiera completado su fase inicial de demolición sin haber culminado (en demasiadas ocasiones sin haber comenzado) la de ejecución.

En esa pugna entre el espacio aspiracional y el espacio real, la evolución urbana de la última década en San Juan confirma las tendencias iniciadas en la década de los 70 a la pérdida de población (en 1960 San Juan registraba 451 mil habitantes, 434 mil en 2000 y 395 mil en 2010) y el abandono de edificios (el censo de 2010 contabiliza como vacíos el 30% de los inmuebles), además de la gestación de un nuevo imaginario que organiza los elementos en superficie. La fotografía aérea de los proyectos que en los años 50 y 60 impusieron el esquema de sprawled city se ha sustituido, contemporáneamente, por modelos infográficos que plasman la dudosa utopía de un emprenderismo entregado al asombro visual, la actividad intensiva de consumo (llamativamente, muchas de las figuras de las simulaciones portan bolsas de boutique) y el impulso especulativo en el que han colaborado las administraciones públicas.

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Infografía para Bahía Urbana

A través de estas proyecciones la ciudad simulada emprende una fase acelerada de destrucción de áreas tradicionales sin que se alcance la ya de por sí indeseable segunda fase reconstructiva (la virtual), ya sea por la megalomanía que las animaba, o por el reciente pinchazo de la burbuja inmobiliaria global. Los espacios vacíos de las áreas arrasadas a golpe de excavadora o los esqueletos de viviendas antes ocupadas perviven como testimonio de la indecisión municipal, cuando no de su desconfianza ante cualquier alternativa al modelo unifamiliar-automóvil-mall que resume su idea de progreso.

Los ejemplos serían numerosos. Entre ellos destaca la demolición en 2005, entre fuertes protestas vecinales, del barrio de San Mateo, en el corazón de Santurce, con el objeto de levantar en sus terrenos unas torres residenciales que sólo completaron una de sus primeras fases. El desahucio de toda una comunidad de residentes se saldó con la extensión de un terreno baldío utilizado como parking circunstancial. De manera paralela, iniciativas como Bahía Urbana, que preveía un mega-corredor urbano[4] a lo largo de la bahía de San Juan, causó la relocalización de gran parte de la comunidad de Puerta de tierra sin que se advirtieran posteriores avances, por no hablar de Walkable city, un proyecto cuyo único resultado fue su severa afectación sobre la comunidad de La Perla. Otros casos, como ocurrió en Paseo Caribe[5] o con el cierre de Punto Verde[6], reafirman esta dinámica donde la “coherencia” infográfica se traslada arrasadoramente sobre el cuerpo de la ciudad sin tan siquiera culminar su objetivo gentrificador.

La lectura de conjunto habla de una gestión pública que dispone el espacio como geografía sin pasado, mero “territorio” en el que la ciudad consolidada ha sufrido la constante imposición de los modelos de suburbio: grandes vías de circulación han partido los barrios históricos, las licencias horarias y la apertura de grandes centros comerciales han deprimido el comercio de proximidad, la ausencia de una eficiente planificación urbana, limpieza, iluminación, mobiliario, zonas de recreo, centros culturales, áreas deportivas, transporte público o servicios sociales han transformado los antiguos centros de actividad en áreas residenciales depauperadas y estigmatizadas en el imaginario común.

Violencia

Con este recuento agotamos los elementos que rodean al núcleo, apenas citado, sobre el que gravita cualquier dinámica espacial en Puerto Rico, una isla de superficie reducida donde los más de mil asesinatos anuales obligan a convivir irremediablemente con el crimen. La machacona crónica de sucesos y el preciso conocimiento a pie de calle de las lógicas del narcotráfico trazan recorridos, horarios, actividades posibles o indeseables de acuerdo con el termómetro del peligro que incorpora cada individuo. La estadística es conocida: mientras en 2006 la cifra de asesinatos se situó en 740 y en 2007 en 730, el estallido de la reciente crisis económica y las políticas gubernamentales de los últimos años arrojaron un alza histórica de 1.164 muertes violentas en 2011 y de 1.004 en 2012, lo que representa un incremento superior al 60% en tan sólo cinco años. Según estadísticas de Naciones Unidas, Puerto Rico ocupa el puesto 20 del mundo en homicidios por habitante (un ranking que incluye a países en conflicto armado), dentro de un contexto regional que encabeza la clasificación mundial. La condición de “Estado Libre Asociado” no ha servido para escapar de unas estadísticas en las que junto a Honduras, El Salvador, Guatemala, Colombia, Venezuela, República Dominicana, Bahamas o México pertenece al grupo de países destacados.

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Abbey Charrón, “Los muros hablan” 2013

Puerto Rico confirma con creces la lógica según la cual el cuerpo asesinado, o el relato que se hace de él, metaforiza la experiencia urbana desde sus orígenes modernos, con la diferencia de que los callejones oscuros, sótanos y arrabales que nutren la crónica de sucesos del siglo XIX se sustituyen contemporáneamente por las marginales de las autopistas, el parking solitario o el área industrial como nuevas heterotopías[7] donde el cuerpo asesinado propone su mapa de la ciudad. Edgardo Rodríguez Juliá, uno de los escritores más asociados a la crónica sanjuanera, se refiere a estos territorios de nadie como lugares “innombrables” y los menciona como ejemplo de la ciudad “provisional” y “desmemoriada” que caracteriza a la urbe latinoamericana (23).

En San Juan, esta transitoriedad determinada por la planificación precaria y el dominio del auto parecería extender lo innombrable hasta agotar el resto de lenguajes, como si cualquier relato se frustrara al contacto con la pareja alegórica del cuerpo asesinado y el terreno baldío. En las geografías de la ciudad indecisa la violencia “objetiva”, aquella que aparece en la primera plana de los periódicos, traduce, con singular precisión, la violencia “subjetiva” (empleo términos de Slavoj Žižek [14]) de los patrones espaciales importados. El asesinato reifica la violencia silente de la base militar o las enajenantes políticas locales.

Quienes han elaborado una narrativa más significativa sobre la ciudad puertorriqueña insisten, contradictoriamente, en el vacío que la recorre, advierten una imposibilidad de decir propia del territorio: es la presencia del olvido sobre las maltratadas calles y las alegóricas ruinas de Santurce lo que les impulsa a reconstruir las textualidades perdidas, mientras reconocen la dificultad de remitirse a un “antes” realizado: la ciudad nunca sucedió. El trabajo de la memoria se transforma así en la mirada nostálgica sobre la posibilidad abortada, como si la identidad citadina derivara de lo que pudo haber sido y no fue. Nostalgia de Rodríguez Juliá por el malecón que recorría la playa de Ocean Park a la altura del parque Borinquen, nostalgias por el tranvía, por los relatos de la vida salsera de la Parada 15 o de Villa Palmeras, por los hipódromos desaparecidos, los cines y teatros de la Ponce de León.

En este memorial de la ruina, Eduardo Lalo apunta la dificultad lingüística que soporta San Juan, esa “ciudad de lo innombrado, de la ausencia, de la banal condición de lo sustituible, de los espacios y comunidades prescindibles” (2008: 39), a la vez que Edwin R. Quiles se autoimpone la tarea de recorrer a pie su arteria principal, la Ponce de León: “Hace un tiempo me propuse iniciar una lectura de San Juan desde la perspectiva del caminante […]. Decidí comenzar el proyecto tomando como ruta de viaje una calle conectora, una vía que traspasara barrios e interconectara historias y que además pudiera ser caminada de comienzo a fin”, para encontrarse con que, al cabo, el paseante se ha convertido en flâneur frustrado y su periplo en censo de desapariciones: “confieso que la experiencia de caminar la ruta desde Río Piedras a San Juan, lejos de ser placentera, me ha resultado en muchos momentos tediosa. […] Hay tantos silencios, vacíos, desencanto, desentendimiento de los ciudadanos y abandonos que opacan los gestos amables. Muchos sectores y edificios que sugieren posibles glorias pasadas, de risas y gritos, yacen ahora asordinados por el olvido, por la violencia, como el clima del trópico se ensaña contra los espacios cerrados, contra los edificios abandonados” (2012).

Lo público y lo común

Y es que en contraste con su entorno caribeño, las calles, mercados, plazas y paradas de autobús se convierten aquí en entornos depauperados en lo práctico y lo simbólico. Los espacios públicos aparecen identificados con las políticas asistenciales, el “mantengo” comúnmente denostado por representar la pervivencia de un modelo de marginalidad y dependencia alimentado por la metrópoli. Son ámbitos que, lejos de aportar calidez a la experiencia urbana, asumen los prejuicios de la base espacial importada, ese “consenso republicano”, en palabras de Rodríguez Casellas, que circunscribe el papel de la administración a la dinamización el sector privado y la gestión de la exclusión social con una mirada cortoplacista y populista. De este modo, el debate sobre la ciudad como un ámbito vivo desaparece de un discurso que la asume “en el sentido norteamericano del término, es decir, ciudad como hecho infraestructural en lugar de hecho cultural, mucho menos simbólico” en el que, prosigue Casellas, “la relación entre gobierno y ciudad aparece más como un asunto de garantías de bienestar privado que de negociación de diferencias y deseos comunes” (2012 a). La ciudad, desde una perspectiva integral, permanece ajena a la gestión pública mientras su degradación cotidiana adelanta las tendencias más visibles del paradigma neoliberal.

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Santurce es ley 2013

No obstante, sobre los vacíos de una administración deficiente se observa la emergencia de espacios alternos que reclaman el término de “lo común”, redes ciudadanas que señalan la posibilidad de nuevos lenguajes y reapropiaciones del territorio urbano. Gracias a ellas el abandono puede incluso convertirse en una fuerza productora, pues abren los huecos en el espacio y el lenguaje a opciones inesperadas. La ausencia de ley, valor catastral o visión estratégica que pesa sobre los terrenos en desuso se convierte en el mejor reclamo para acciones que transcurren al margen de la burocracia: Cinema Paradiso, en la calle Loíza, activa un lote de viviendas sin construir para proyectar películas al aire libre dos domingos al mes, Bicijangueo reúne a cientos de ciclistas que recorren la ciudad nocturna y desierta, Santurce es ley cita anualmente a los principales artistas urbanos para decorar las paredes del barrio de Trastalleres, Desayuno calle convoca a desayunos en espacios públicos deshabitados, Piso proyecto recupera el descampado en que quedó convertido el barrio de San Mateo después de su demolición, a la vez que Cauce emplea dos cuerdas de la comunidad de Capetillo para convertirlas en un huerto urbano, por sólo citar algunas de las iniciativas que asaltan el espacio ciudadano y generan un mapa alternativo al de la violencia estructural.

Hablamos de proyectos que mientras se despliegan por los vacíos de la urbe apuntan el fracaso del proyecto moderno que alguna vez alumbró, iniciativas que recuperan lo político desde categorías imprevistas, pues en su búsqueda de nuevas complicidades y alianzas ni niegan ni afirman las textualidades previas. Se trata de movimientos que muestran una profunda conciencia urbana, en muchas ocasiones iniciados desde plataformas directamente relacionadas con el urbanismo y la arquitectura, que se proponen otorgar valor ciudadano, es decir, reinscribir políticamente la participación del individuo en su entorno espacial inmediato.

Las acciones de esas redes fluyen sobre los espacios que alguna vez representaron un intento de ciudad, como si el esqueleto de Santurce ofreciera el mapa para expresar sus deseos latentes. Todo consiste en detenerse a desayunar, proyectar películas sobre un muro, pasear en bicicleta o sentarse en una silla de playa a disfrutar de un espectáculo callejero: temporalidades y formas de habitar que nacen, contradictoriamente, de una geografía inhóspita. Aunque no de un modo premeditado, estas propuestas intervienen en el debate identitario de una manera central, mientras sortean las categorías ideológicas al uso: estadidad o independencia, español o inglés, Estados Unidos o Latinoamérica, insularidad o emigración continental. Las dualidades heredadas dejan paso a una idea de comunidad en la que el derecho a la ciudad se eleva por encima del derecho a la nacionalidad. Colisionan así dos construcciones poderosas, pues frente a la nación moderna inalcanzada y su gramática de derechos exclusivos, se recupera el espacio inclusivo y constituido en el encuentro de lo diferente de la ciudad.

A modo de conclusión

Por sugerentes que sean estas formas de resistencia no logran enmascarar un modelo urbano que se ofrece como reflejo de la indefinición jurídica y la incompleta consolidación nacional de Puerto Rico, territorio que ingresa en la ciudad neoliberal de flujos de capital sin haber sumado la de la nación moderna. La urbe puertorriqueña extrema las dinámicas que en otras latitudes se advierten como tendencia de futuro, el universo que se proyecta sobre la ausencia de una polis representativa e igualitaria. En el último censo de Estados Unidos sólo dos territorios aparecen como lugar de huida: Michigan pierde el 0,6% de su población mientras Puerto Rico el 2,2%. Más de 300.000 puertorriqueños han abandonado la isla en la última década, lo que supone una cifra sólo comparable a la que se produjo en la paradigmática década de los 50. Si hablamos de modelo, el de Puerto Rico se asemeja, más que al de Los Ángeles o Houston, a ese museo de la desaparición en que se ha convertido Detroit, con la particularidad de que a la crisis de las economías industriales añade el profundo cuestionamiento que sufre el Estado Libre Asociado, cuyo consenso parece diluirse al ritmo en que se empobrece el cuerpo urbano al que dio origen.

[Artículo originalmente publicado en: Revista CIDOB d’afers internacionals. Num 104: Ciudades, espacios urbanos y política mundial. Barcelona: Centre for International Affairs. Dic 2013]

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[1]Uno de los diez comandos del Departamento de Defensa de EEUU. Su base se encuentra en Miami y su área operativa comprende Suramérica, Centroamérica y el Caribe.
[2]Denominación que reciben en Puerto Rico los proyectos de vivienda pública.
[3]Según datos del censo de 2010.
[4]Según el arquitecto Jorge Lizardi Pollock, sus dimensiones superan la reconstrucción berlinesa de la Postzdamer Platz (35).
[5]Paseo Caribe es un desarrollo residencial y comercial ubicado en la entrada de la isleta de San Juan, proyectado sobre un cuerpo de agua y en las inmediaciones de un entorno de valor histórico y arqueológico. Contraviniendo diversas normativas y frente a una movilización ciudadana constante, desde 2008 se acumulan retrasos y una evidente falta de ocupación de las torres terminadas.
[6]Punto Verde es un “ecoparque infantil” que nace como una cooperativa de trabajadores. Con un fuerte acento en el trabajo comunitario, la educación en valores ecológicos y la promoción de pequeños empresarios entre personas de escasos recursos, dos años después de su apertura, en 2009, la administración local retiró sus permisos y obligó a su cierre. A comienzos de 2013 la nueva alcaldía ha establecido un compromiso de reapertura.
[7]Cito el término que emplea Michel Foucault para referirse a los espacios capaces de sintetizar el resto de lenguajes sociales, ámbitos separados del resto (en su teoría encontramos cárceles, hospitales o sanatorios mentales), que por su toma de perspectiva extreman las lógicas y causan un reflejo de las dinámicas generales.

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