Militantes de la estupidez

Ya saben cuáles son los lemas más repetidos en los mítines de Trump, desde el «Hillary sucks, but not like Mónica» («Hillary apesta —la chupa—, pero no como Mónica») al «Trump that bitch» («Trumpea, machaca a esa perra»), «Build the wall! Build the wall!» («¡Construye el muro! ¡Construye el muro!»), o los más gráficos «Donald “Fuckin” Trump», («Donald Trump el más cabrón») o «Finally someone with balls» («Por fin alguien con cojones»), que corean sus seguidores en plan hinchada deportiva y se materializan en el merchandising de campaña. A nadie tampoco se le escapa que en ellos Trump lanza consignas falsas, razonamientos infantiles, abunda en bromas contra los musulmanes, los mexicanos, los gays, la mujeres «demasiado» liberadas, los pacifistas o los ecologistas, esquiva a los boicoteadores, insulta y amenaza, interpela al público y exhibe su yupismo pasado de moda para escenificar, en definitiva, uno de los géneros más antiguos de la vida pública estadounidense: el teatro de la estupidez.

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Y es que desde los inicios de la joven nación han sido muchos los tratadistas que han abundado en su singular inclinación por la majadería, si bien esta no siempre se ha expresado con el grado de obscenidad al que asistimos en la era del ruido y la memecracia. De hecho, sus orígenes son de una cierta inocencia, si atendemos al juego de opuestos del que nacen los actuales militantes de la estupidez, aquel que históricamente ha dividido a los devotos de la ciencia y la creencia, los ilustrados frente a los seguidores de una fe que les alentó a internarse por territorios inhóspitos y temer a un dios iracundo. El ideario de los padres fundadores inauguraría una versión 1.0 de esta particular dicotomía, al situar al frente de sus desvelos la pugna entre lo espiritual y lo material, la naturaleza y la civilización urbana, inclinándose en ambos casos por lo primero. De Ralph A. Emerson a Henry D. Thoreau, Walt Whitman o Herman Melville, los «trascendentalistas» se suman al impulso romántico para derribar las paredes de un capitalismo que impide la comunión natural y el espiritual del hombre, la misma que encuentran en el lago de Walden al que se retira Thoreau o en los mares que recorre Ahab, sin pasar por alto el tedio ante la vida administrativa que inunda a Bartleby. Para todos ellos, el cálculo material, el vil negocio, aparece como la tentación mentecata y destructora de los grandes ideales a los que debía aspirar el país neonato. Emerson, quien ejerce de ideólogo del movimiento, lo expresa con claridad en una célebre conferencia, «The American Scholar», impartida en 1830 en la Universidad de Harvard:

“Los jóvenes de mayor promesa que comienzan la vida en nuestras tierras, bañadas por el mar, respirando el viento puro de las montañas, mirando resplandecer en el cielo todas las estrellas de Dios, descubren que la tierra que pisan no está en armonía con ellos; la repugnancia que les inspira el principio que rige el mundo de los negocios los paraliza y les impide actuar, y se convierten en seres derrotados y rutinarios, o mueren de disgusto. Algunos se suicidan. ¿Cuál es el remedio? No lo ven todavía, y miles de jóvenes tan llenos de esperanza como ellos, y que ahora se disponen a iniciar la carrera, no ven que si el hombre individual planta sus pies indomablemente en sus propios instintos, y allí se sostiene, a la larga el gran mundo acudirá a él. […] Caminaremos sobre nuestros propios pies; trabajaremos con nuestras propias manos; expresaremos nuestros propios pensamientos.[…] Por primera vez existirá una nación de hombres, porque cada uno se sabrá inspirado por el Alma Divina que inspira igualmente a todos los hombres. Me fui al bosque porque quería vivir pausadamente, haciendo frente únicamente a lo esencial de la vida: ver si iba yo a aprender lo que tuviera que enseñarme sin que, llegado el momento de morir, me diera cuenta de que no había vivido. (Thoreau en Walden, 1854)”.

Así que partimos de una sensibilidad que reivindica la espiritualidad y la voluntad del individuo, una reflexión ideológica y estética que se extenderá de las costas de Nantucket al Río de la Plata, donde el Domingo F. Sarmiento de Civilización y barbarie (1845), el Joaquim de Sousa Andrade de «O inferno de Wall Street» (1879), el José Martí de las Escenas norteamericanas, el Rodó del Ariel (1900), el Vasconcelos de La raza cósmica (1925) o el Lorca de Poeta en Nueva York (1930) participan de un tópico, el de la inspiración telúrica frente al sucio materialismo, que también sería apropiado por una escisión  fundamentalista, de un cristianismo talibán, que desde las primeras décadas del siglo XIX irrumpió con fuerza en el sur y el medio oeste norteamericano. Y aquí es donde viene el giro al que asistimos boquiabiertos, pues al tiempo de los Emerson o Thoreau se produce una explosión de confesiones de nuevo cuño lanzadas a su particular conquista del oeste. Es lo que se conoce como el Second Great Awakening, el «Segundo gran despertar», en el que predicadores de toda laya se desplegarán sobre feligresías aisladas y bajo durísimas condiciones de vida, los requisitos idóneos, según Susan Jacoby,  para el triunfo de las interpretaciones bíblicas más extremas y sus conflictos elementales entre el bien y el mal, el pecado o la redención de las almas.

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