Murales: Héroes de barrio contra Naomi dos Passos

Para enmascarar el derrumbe, para colorear el vacío de edificios arruinados por la miseria o la desidia, se alzan los bellos murales de la ciudad. Por eso son muchos. Hay uno que me gusta especialmente. Tres negros elegantes, del Cotton Club, juegan al billar en South Street después de haber entonado un blues. A la escena sólo le faltan leves retoques para retratar a uno de los mitos falsos de Filadelfia. Falta, sobre todo, un personaje con la mirada gélida, el gesto violento y el brazo infalible de Eddie Felson.

Aunque no parece que la pisara, no existe mejor escenario para el genial perdedor, ese ángel caído con el rostro de Paul Newman, que la Filadelfia de los cincuenta. En una pensión de cuarta de Chestnut Street esperaría hasta la noche para armar su taco de billar y recorrer los garitos del centro. En un tugurio del antiguo puerto se mofaría de los duros del lugar con sus jugadas maestras, y en alguno de sus callejones oscuros, entre bolsas de basura, gatos maullando y regueros de mierda, le romperían los pulgares.

Partirse la cara. Amoratar la carne muerta que cuelga de los ganchos de un matadero, gritar con los ojos hinchados el nombre de la chica después de que Apolo se canse de atizar. O arrastrarse por las calles congeladas simulando ser un tullido, como hacía Eddie Murphie antes de que dos ricos juguetones le confiasen su emporio. Hasta Will Smith tuvo que enfrentarse a los matones de West Philly, que a ritmo de rap le volteaban por los aires y le aconsejaban un placentero exilio en Bel Air.

La historia se repite. Esta semana una cadena de radio local montó un escenario en Rittenhouse e invitó a bandas jóvenes a unos minutos de gloria en el lugar con más caché de la ciudad. Y frente a ellos, sola, en medio del corro que la hacía el público,  les esperaba Naomi Twosteps.

Naomi no tiene piernas por debajo de las rodillas, así que va en una silla de ruedas. Naomi huele mal, está medio loca, es negra y vive en las calles de Philly. Naomi se eleva sobre sus muñones, baila al ritmo que le marcan los rockeros principiantes, se desabrocha los pantalones y se baja las bragas. Naomi nos enseña su culo y su sexo, se carcajea con procacidad, se toca los pechos y reta a los músicos. Junto a ella bailan y se ríen los últimos supervivientes del crack, misericordiosos de la plaza que hacen los cuernos con las manos y jalean al resto del público. Después de dos o tres canciones, Naomi decide subir al escenario ayudada por sus compañeros callejeros y algún otro al que le hace gracia la ocurrencia.

Los acicalados guitarras, el reflexivo bajista y el compuesto frontman, quien malgastó la tarde entera a vueltas con el flequillo y las patillas, asisten a la rebelión del lumpen sin saber qué hacer, así que siguen tocando. Mientras, Naomi agarra los micrófonos, rasguea las guitarras, se desgañita, bailotea sobre sus rodillas y grita su nombre: “Naomi Twosteps, Naomi Twosteps!!” Naomi dos Passos.

Naomi sigue en el escenario, no se quiere ir, y el cantante, desesperado, se baja del estrado y se sienta en la silla de ruedas de Naomi. Desde allí la mira sin mover un sólo músculo, paralizado.

Cambio de papeles, de lo más alto a lo más bajo. Si quieres triunfar aquí, chaval, no te queda otra.

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