Salamandra

Miro a la salamandra. Está en el techo, boca abajo. Desde mi posición contemplo la jugada completa. A un metro de ella se ha posado, también boca abajo, un mosquito, pero no lo ve con esos ojos negros que tánto destacan  sobre su piel de silicona. Se mueve en dirección contraria, sin encontrar nada que engullir. Hace un rato había otra salamandra más por la terraza. En algún momento ambas se aproximaron y pensé que se encontrarían, pero la primera se esfumó por la pared del edificio.

En los últimos días me entretengo observando a los animales. Por casa trasiegan reinitas, que son unos pajarillos de colores, mosquitos, hormigas y lagartijos. MUY CERCA DEL MOSQUITO AHORA, que tampoco reacciona ante la presencia de la salamandra. Ésta vuelve a tomar un camino equivocado. Siento una alegría instantánea cuando las reinitas entran al baño o la cocina, o pasan volando por el salón. Los lagartijos son buenos porque se alimentan de mosquitos y capaces de unos enormes saltos, sin motivo aparente, entre la palma y los cables de la televisión. También sigo con interés la evolución de las hormigas para aprovisionarse, y me apenan las matanzas que realizo entre sus filas de obreras.

El mosquito sigue en su posición, detenido, mientras la salamandra ahora se desplaza verticalmente por la columna que tengo a mi izquierda. A centímetros de ella distingo unas motas negras, que quizás sean insectos. Aunque las superficies son rigurosamente blancas tampoco repara en este reclamo visual. Gira sobre sí y toma de nuevo el techo. Sospecho que la visión de la salamandra es reducida, pero dudo de que perciba a sus presas por el olor, ¿exhalarán los mosquitos, escarabajos y polillas alguna fragancia inconfundible para ellas?, ¿los detectan por el movimiento?

Anochece y me pregunto si hoy también habrá partido de NBA en la televisión.

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