Sensini

Lo confieso. Yo también conocí a Di Benedetto por el cuento de Bolaño. “Sensini” encabezaba, a finales de los años 90, el Llamadas telefónicas (1997) que tras el éxito de Los detectives salvajes (1998) se había convertido en lectura obligada para quien quisiera participar en cualquier discusión sobre la narrativa del momento. Recuerdo que por entonces lo leí como un relato de ficción, fascinado por la manera en que el chileno delineaba a ese escritor derrotado y con apellido de defensa argentino.

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Hoy lo he vuelto a leer, quizás por cuarta o quinta vez en estos años, e inevitablemente ha resultado una lectura-Pierre Menard donde se han agolpado todas las lecturas previas: esa primera en la que ni siquiera sospeché la identidad de “Sensini”; alguna posterior, en que conociendo ya al personaje la atención se concentró en sus detalles biográficos; la lectura de Zama sin poder olvidarme del cuento de Bolaño; ésta última, reflexiva, pues incluye el propósito de escribir sobre ella, en la que Sensini se convierte en otro de los alteregos del chileno, un Arturo Belano que se atrinchera en un pisito madrileño y malvive de concursos literarios: “A mi padre y a ti, os llamaba los pistoleros o los cazarrecompensas, ya no me acuerdo, algo así, los cazadores de cabelleras”, le dice al chileno Miranda Sensini al final del relato. La literatura es una lucha solitaria y sin cuartel.

Otra confesión: admiro Zama pero ni la belleza ni los escenarios históricos son mi fuerte. También a la nómina de coetáneos que despliega el relato de Bolaño (Conti, Rodolfo Walsh, Daniel Moyano, Abelardo Castillo), aunque no me encuentro entre sus lectores habituales. Por las palabras que les dedica, parece que el autor de Sensini tampoco, una generación “que no era ciertamente la de Borges y Cortázar” (sus predecesores), y a la que “no tardarían en dejar atrás” sus sucesores, los Manuel Puig u Osvaldo Soriano. Di Benedetto, sin embargo, trasciende estos límites a la vez que respeta una de sus virtudes, la del sacrificio político: “Voy a cumplir sesenta años, pero me siento como si tuviera veinticinco, afirmaba al final de la carta o tal vez en la posdata. Al principio me pareció una declaración muy triste, pero cuando la leí por segunda o tercera vez comprendí que era como si me dijera: ¿cuántos años tenés vos, pibe? Mi respuesta, lo recuerdo, fue inmediata. Le dije que tenía veintiocho, tres más que él”. Sensini ejerce de padre y hermano, maestro y contemporáneo en el exilio y la derrota, donde Bolaño habita junto a sus “detectives salvajes”, esa generación de jóvenes desaparecidos por las dictaduras latinoamericanas.

Un pisito de un barrio obrero de Madrid, la trastienda de un comercio de artesanías en Blanes, las calles de una ciudad desconocida, dicen que Asunción, donde Zama agota su vida. Sensini insiste: deben perseverar en los concursos literarios, en esa lotería de la vida que quizás les permita satisfacer el próximo mes de alquiler, “valor y a trabajar”. Escribir y esperar, escribir un relato y esperar, o una carta, como Zama. Otra de las que recibe Bolaño de Di Benedetto “concluía enfatizando que lo ideal sería hacer otra cosa, por ejemplo vivir y escribir en Buenos Aires, sobre el particular pocas dudas tenía, pero que la realidad era la realidad, y uno tenía que ganarse los porotos”. Ganarse el pan, las lentejas, informarse del próximo concurso literario en Don Benito o Alcoy, cambiar el título a dos relatos idénticos y probar suerte: sin duda una buena descripción del fracaso. “El mundo de la literatura es terrible, además de ridículo”, decía Sensini unas líneas más arriba de la misma carta. El problema es que para algunos no hay otro.

 

Este contenido forma parte del Dossier Antonio Di Benedetto.
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