Testigos del exterminio: cuando escribir es un acto de guerra

En el apéndice que Primo Levi incorpora en 1976 a Si esto es un hombre confiesa que de no ser por Auschwitz nunca hubiese escrito nada, es más, que Auschwitz le «obligó a escribir». Se trata, obviamente, de una obligación autoimpuesta, quizá la única que podía adoptarse en una circunstancia que no provee de lápiz y papel, pero en la que se intuye que cada vivencia es materia literaria, testimonio que sin necesidad de añadidos adquiere forma de relato. Hablamos de un prepararse para escribir, un imaginar que se escribe como último refugio cuando se ha perdido todo. Obligarse a escribir equivale entonces a obligarse a sobrevivir, lo que convierte al campo de concentración (o al gueto) en engranaje de muerte a la vez que de narraciones, posiblemente las más decisivas de la historia contemporánea. Como recuerda en sus diarios Emanuel Ringelblum, víctima del gueto de Varsovia: «Todo el mundo escribía: periodistas y escritores, pero también maestros, trabajadores sociales, jóvenes e incluso niños. Para la gran mayoría, se trataba de diarios donde se recogía, a través de los prismas de la experiencia personal vivida, los acontecimientos trágicos de la época».

Thumb_Day69

1. Exterminio y escritura

El catalizador de la escritura es el despojo. A lo largo del relato de los campos se repite el momento en que tras verse transformados en nuevos haftlinge, enfundados en sus trajes de preso, rapados, tatuados con un número, se les revela, como una necesidad física, la escritura. Y así, gran parte de los testimonios que nos han llegado se inician con una reflexión sobre la cultura y el lenguaje, que de pronto adquieren un protagonismo inesperado. Imre Kertesz, por ejemplo, rememora las palabras que su director de escuela pronunció, en latín, para la apertura del curso académico, «Non scolae sed vitae discimus» («No estudiamos para la escuela, sino para la vida»), mientras Jorge Semprún convierte La escritura o la vida, sus memorias como superviviente de Buchenwald, en un recorrido por la historia cultural europea, o Jean Améry se pregunta, en Más allá de la culpa y la expiación, por la experiencia del intelectual en el lager, un aspecto que concentra la atención de Primo Levi en Los hundidos y los salvados o de Robert Antelme en La especie humana, cuyo testimonio de los campos de Gandersheim y Dachau se torna, por momentos, en una apasionada reflexión en torno al lenguaje de la víctima y el opresor. Así recuerda Primo Levi este primer shock:

Al terminar, nos quedamos cada uno en nuestro rincón y no nos atrevemos a levantar la mirada hacia los demás. No hay donde mirarse, pero tenemos delante nuestra imagen, reflejada en cien rostros lívidos, en cien peleles miserables y sórdidos. Ya estamos transformados en los fantasmas que habíamos vislumbrado anoche.

Entonces, por primera vez, nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con una intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro: nos han quitado las ropas, los zapatos, hasta los cabellos; si hablamos no nos escucharán, y si nos escuchasen no nos entenderían. Nos quitarán hasta el nombre: y si queremos conservarlo deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido, permanezca.

¿Cómo no proyectarse a otro lugar, a otro tiempo donde pueda cobijarse el deseo? Como sugiere el italiano, todo comienza por recordar el nombre de quien se ha sido y, desde ese punto de apoyo, acceder a las palabras de antes del lager. Mientras Kertesz recuerda «que nunca antes había oído hablar tanto como allí, entre los presos, de la libertad», el propio Levi detalla la obsesión de todos ellos por el retorno al hogar: «Por detrás de los párpados apenas cerrados irrumpen violentamente los sueños […]. Estar en nuestra casa, en un maravilloso baño caliente. Estar en nuestra casa sentados a la mesa. Estar en casa y contar este trabajo sin esperanza, este tener siempre hambre, este dormir de esclavos»: el relato convierte la experiencia presente en una historia dejada atrás en el tiempo.

Sigue leyendo en Jotdown.es

Share

Haz tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

code