The Revenant: Iñárritu frente a su espejo

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En medio de la expectación y las apuestas al alza para los próximos Óscars, The Revenant muestra, sin embargo, la cara más superficial del cineasta mexicano.

Malditos mexicanos, pinches malinchistas, pensaba mientras leía los mensajes que se viralizaban en mi Facebook tras el estreno de The Revenant y las reacciones de quienes ya habían visto la película y sus corifeos: “Si Iñárritu gana dos Oscar seguidos su ego va a consumir el oxígeno de la atmósfera y todos moriremos”, “Mañana se nacionaliza argentino”, repetían en los muros de la red social, mensajes que preferí ignorar antes de asistir yo mismo a la bocanada de cine que prometía la ganadora de los Globos de Oro y gran favorita para los Oscar.

De la sala de cine me sorprendió que, a pesar de ser una sesión de mañana, estuviera casi repleta de un público dispuesto a que lo último de Iñárritu, como sucedió con Birdman, nos dejara boquiabiertos, sin suponer que ese abrir de bocas iba a ser causado por los bostezos que pueden causar las dos horas y media de una película cuyo argumento se resume en una línea, y no precisamente la más original del cine contemporáneo: la venganza y la lucha por la supervivencia en un entorno hostil.

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