Watchmen por Cassavetes

IMG_3344Hablé dos horas por teléfono y se me hizo tarde para casi todo. Había caído la noche y sólo tenía ganas de pasear por alguna zona desierta donde no me cruzara con nadie. Abajo las calles estaban negras y solitarias; en Filadelfia no hay riesgos de multitud después de que se oculta el sol.

Tomé por la 21 con la intención de enfilar hacia el sector financiero, allí la sombra de los rascacielos espesa aún más la oscuridad y el viento se transforma en una corriente inhóspita. Antes de llegar, cuando cruzaba por Samson Street, vi un grupo de jóvenes apostados sobre unos coches que gritaban con acento inglés. Me dirigí hacia ellos. Cuando pasaba entre el grupo uno se giró y chocó conmigo. Se le escapó una risa etílica y el resto se quedó en silencio.

A los pocos metros se elevaba el neon del minúsculo cine Roxy. Me paré en la puerta y observé el modesto recibidor donde una vieja pintarrajeada leía una revista tras la barra del minibar. Estaba a punto de comenzar la última tanda de Watchmen. Le pedí un ticket a la vieja, me preguntó si quería palomitas y le dije que no. A un costado de la barra me abrió la puerta por la que se accedía a la sala. Unos focos de colores iluminaban la pequeña pantalla del fondo y hacían que el resto del espacio adoptara tonos de prostíbulo. No había nadie. Me senté en una silla con un par de muelles sueltos y me entretuve escuchando el blues añejo que sonaba de fondo.

En unos minutos apareció una pareja de lesbianas que dudaba sobre donde sentarse. Finalmente se decidieron por unas filas detrás de mí. Entonces comenzó la película con su aroma decadente, su violencia necesaria, su mensaje apocalíptico. Unas sombras cruzaban por el suelo mientras el destartalado salón se teñía de la luz azulada del Doctor Manhattan. Algunos destellos después las sombras se delataron como unos ratones que trasegaban por el local.

La pulcritud de la película se deshacía en aquella sala de tres al cuarto capaz de que los Watchmen multiplicaran sus sugerencias subterráneas y sensuales. Una sórdida atracción recorría la historia de amor de Nite Owl y Silk Spectre, la pareja de sadomasoquistas empeñada en complicados juegos sexuales de rescatadores al acecho y violentos encuentros en naves espaciales. Rorschach, el Comediante y Ozymandias componían un perturbado trío de travestidos necrófilos que tras todo tipo de crímenes y torturas organizaban como apoteosis erótica una conflagración atómica universal.

Ya era de madrugada cuando finalizó la proyección. Nos abrieron la puerta y salí sin mirar a nadie. Atravesaba las calles en dirección a casa sin estar seguro del camino de regreso. La retina aún seguía produciendo explosiones, sangrientos asesinatos, sugerencias veladas a la luz del neon. Silencio, calles vacías, ni un solo rumor, ni siquiera esos ingleses borrachos, ni siquiera una pequeña provocación para romper algún esternón con mi patada secreta, para descuartizar a algún malhechor antes de irme a la cama.

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