Williamsburg, Brooklyn

En weather.com pronostican una máxima de 6 grados y en mi corcho tengo pinchados los billetes para Nueva York que me regaló Helena. Es sábado y son las 8 de la mañana. Mientras se hace el café me esfuerzo en que me apetezca el plan.

El autobús chino sale puntual. En la cabeza se me ha metido Interpol y las notas de NYC, así me preparo mentalmente para la ciudad triste. También me acompañan Los detectives salvajes de Bolaño, pero no me apetece abrirlo. Como está tan de moda seguro que se lleva bien con el itinerario de hoy, esa parte de Brooklyn que dicen haber tomado los herederos de Kerouac.

IMG_3427Sólo ha pasado un párrafo pero ya he llegado a Williamsburg. Avanzo por la zona con la sensación de encontrarme en algún lugar del norte de Filadelfia o de New Jersey: pura purria, aunque dicen que esto es muy kitsch y cada vez más caro. Bedford Avenue, la cuna de los Hipster, queda a sólo unas manzanas pero aún no hay mucho ambiente. Escucho unos tambores y allí aparece el primer ejemplar de lo cool, aunque me dan ganas de cogerle de las orejas y mandarlo a Borinquen, a ver si se le pega algo en eso de tocar las congas. A su lado un compinche rasga una guitarra y chilla; se supone que entre ambos reúnen algún mérito para pedir unos durillos. Bedford Avenue.

O Seúl. La mitad del personal con quien me cruzo es oriental, de esos que aparecen en las pelis de Jarmusch o de Sofía Coppola, con los pelos alborotados y las gafas de colores. La otra mitad son nenes pera neoyorkinos, lo que no es cualquier cosa. Se llevan los pantalones ajustados, los botines, los sombreros skatalíticos, el peine y la corbata. Moda clean y elegante con un toque frívolo. Entre chinos, pijos y turistas alternativos, en Bedford los hipsters son minoría y están cabreados. Por lo visto planean hacer las maletas y largarse a Seattle, donde podrán componer su música sinfónica sin el estrés del alquiler, montar en bici por carriles exclusivos y fumar porros en el bosque sin que nadie les saque fotos. La movida, lector comprometido con las nuevas tendencias, se traslada al circuito Portland-Seattle. Llévate abrigo.

De vuelta a Manhattan hago la visita obligada a Strands y me compro un libro. Luego bajo dando un paseo hasta Chinatown. En la cola del bus para Philly se cuelan dos policías que solicitan la documentación al conductor. Como hay problemas idiomáticos y de papeles se lo llevan esposado y bajo intimidación. Los pasajeros asistimos a la captura del criminal preocupados por nuestros billetes y, sobre todo, por el posible retraso. Pero la madre China encuentra soluciones rápidas. En menos de lo que canta un gallo aparecen dos autobuses de otra compañía, con menos papeles que la primera, a la rapiña de los pasajeros extraviados. Una operaria grita el destino y nos empuja al autobús ante la amenaza de otra redada policial. Yo le echo jeta y le doy al conductor el ticket que le correspondía al detenido y entre las prisas, el tumulto y su temor al enchironamiento me cuelo sin pagar. Siempre nos quedará Pekín.

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