Y ahora llegó la crisis

20090601033524-crisis-caricatura-pedroDesde hace unos meses nos toca una nueva cantinela. La crisis. Ahora estamos en crisis: crecimiento cero, estancamiento del mercado de la vivienda, parón en la construcción, aumento del carburante, caída de la inversión. La crisis, lo dicen los periódicos, nació en Estados Unidos con el desplome de las entidades de crédito y ha llegado a nuestra humilde España como la plaga de la langosta, sin comerlo ni beberlo. Y ahora, insisten los más cándidos, el gobierno poco puede hacer, está atado de pies y manos, tiene “poco margen” para imponer medidas sobre los flujos económicos internacionales. Hasta hace unos meses las cosas marchaban, y ya no.

No pocos afirman que España ha tenido el ciclo económico más saludable de su historia reciente. Y les doy la razón. Soy de los que creen que hemos atravesado por nuestros felices años veinte, por nuestro premio gordo de la lotería, así que no me resisto a hacer un retrato de estos años de las vacas gordas, eso sí, dirigido contra cualquier mirada nostálgica sobre ellos; con la idea de que los echemos a la basura, con el propósito de penetrar en sus grietas y puntos de fuga, que nos hablan de una crisis vieja:

Crisis económica: hoy más que nunca se demuestra que sólo hay crisis económica cuando las cifras de las entidades financieras y del Ministerio de economía comienzan a protestar. Hasta ahora nadie reparó en la extraordinaria crisis económica que llevan arrastrando las economías familiares en el último decenio. Por alguna razón, si millones de españoles deben invertir más de la mitad de su sueldo en pagar una hipoteca por treinta o cuarenta años, si una familia debe soportar una carga de más de ochenta horas semanales de trabajo para hacer frente a sus gastos básicos, si los “jóvenes” de hasta cuarenta años se mantienen en el mileurismo, si la inflación desde la entrada del euro ha sido rampante en productos de primera necesidad o si el sueldo mínimo es el más bajo de Europa y lo perciben cientos de miles de trabajadores, por alguna razón, insisto, esos indicadores no tienen una traducción numérica y en ningún caso merecen el apelativo de “crisis económica”. Que quede claro: las actuales democracias no conceptualizan la crisis económica del ciudadano particular como “crisis económica”.

De hecho, una de las razones más poderosas del cacareado despegue económico se explica por la flagrante descapitalización de las clases medias y bajas, de los asalariados. Largas jornadas de trabajo, sueldos particularmente irrisorios, acuerdo extendido de que los jóvenes viven y comen de los padres, endeudamiento generalizado, abuelos sufragando los gastos de los nietos y responsabilizándose de su alimentación y educación… la tensión de este modelo se ha amortiguado debido al uso de los recursos acumulados de las generaciones anteriores: los padres mantienen a sus hijos hasta edades impropias en el occidente desarrollado y, en muchos casos, han cedido sus segundas viviendas o han aportado importantes cantidades de sus ahorros para que las nuevas generaciones hayan podido acceder a una vida adulta en condiciones mínimas. Este colchón se ha perdido para los que vienen detrás, lo que quiere decir que las generaciones futuras difícilmente contarán con el respaldo de unos padres que no sólo no pueden acumular recursos, sino que viven endeudados e hipotecados por el resto de su vida.

Crisis creativa: una de las mejores generaciones que ha producido este país, y en la que más capital humano y económico se invirtió, sufre de asfixia. Me refiero a la generación que nació en la segunda mitad de los setenta, la generación de la transición, la primera que se incorporó masiva y entusiastamente a los circuitos culturales internacionales, a la educación universitaria o a la igualdad de oportunidades; la misma que se sumó al mercado de trabajo en este periodo de crecimiento. Una generación socializada en dos entornos que aún eran consistentes, la familia (por entonces la carga de trabajo normal para una familia era de 40 horas semanales) y la enseñanza pública, que aún era una institución de prestigio (identificada con el ascenso social e igualitaria).

Cada vez que voy a España me asombra la capacidad, la creatividad y el talento de quienes ahora están entre los veintimuchos y los treintaitantos. Y me desespera la frustración que se arrastra, la sensación de desaprovechamiento y la ausencia de perspectivas interesantes para ellos. La cultura del mileurismo, que bien puede actuar de síntesis del modelo económico español, unida a los precios de la vivienda, ha sido nuestra kriptonita, lo que nos ha ahogado o expulsado al extranjero. Estos factores, sumados a los beneficios empresariales en ascenso exponencial, nos hablan del modelo económico real de estos años, aquel contra el que, por lo visto, nada puede hacerse: el beneficio a corto plazo, el cicaterismo, la chapuza, el todo vale, el toma el dinero y corre, los maletines de quinientos euros, las comisiones ilegales… esa ha sido la verdadera moneda de cambio de los años del “España va bien”, esos que no lograron ni un solo derecho laboral, ni una sola medida de modernización del mercado de trabajo más que la profundización de estas dinámicas del subdesarrollo. Así se malgastó ese PIB que parecía imparable.

Por otra parte, las inversiones en investigación han sido completamente erráticas. Suele ser descorazonador conversar con los investigadores españoles, jóvenes, y no tan jóvenes, que no cotizan a hacienda, que no reciben paro en caso de cancelar su proyecto, que se dedican exhaustivamente a una labor para la que se requiere una preparación especializada y abnegada y por la que reciben una compensación en forma de becas que nunca han abandonado la lógica de la “ayuda”, es decir, que les condena a la dependencia económica.

A pesar de la falta de médicos, éstos se marchan a Portugal (digo bien, a Portugal), Irlanda o el Reino Unido para ejercer su profesión en condiciones laborales aceptables; son multitud los físicos, químicos o biólogos repartidos por universidades estadounidenses y europeas; forman legión los licenciados en filología que trabajan como profesores de lengua y literatura en las universidades norteamericanas. La fuga de cerebros (o, en su defecto, su total desaprovechamiento) resulta una realidad cotidiana en la España moderna y de primer nivel a la que no pocos aludieron tras la victoria en la Eurocopa (sociología de rastrillo). Les invito a que salgan de ella o a que pregunten por el funcionamiento interno y por el proceso de selección de cualquier departamento universitario en España.

Crisis familiar: Las mayores manifestaciones en favor de la familia se produjeron tras la aprobación del matrimonio gay. La virulencia y el número de manifestantes bien merecía otros reclamos, que de verdad han estado atentando, además de contra la familia, contra las bases de una sociedad democrática. Las estadísticas saltan a la vista. España es el país de Europa con mayor fracaso escolar, menor índice de conocimiento en las pruebas conjuntas con el resto de escolares europeos, mayor consumo de alcohol y drogas entre la población joven, menor ejercicio físico, así como el de menor conocimiento de lenguas extranjeras. Las causas son variadas, pero parece evidente que una jornada de trabajo de más 40 horas por cada miembro adulto de la familia, la absoluta falta de conciliación entre horarios escolares y laborales, la necesidad de que sean los abuelos quienes carguen con la educación de los nietos, el desprestigio de la educación académica como fuente de ascenso social o la falta de servicios públicos que ayuden a las familias, además de una cultura cada más extendida del abstraimiento tecnológico y el consumo, se sitúan en la base de estos datos tan llamativos. Asistimos a la llegada de unas nuevas generaciones menos preparadas y menos capaces de enfrentarse a un entorno globalizado con exigentes retos culturales y políticos, unas generaciones que, en muchos casos, han visto desplazada la responsabilidad de su educación a manos de los creativos de Nintendo o a las mentes lúcidas de Pixar.

Eso sí, aquellos jóvenes que pertenecen a entornos “saludables” y profesionales, las clases medias de verdad, cada vez cuentan con mayores posibilidades de viajes de formación, aprendizaje de idiomas e intercambios culturales a la partes más alejadas del globo y, además, con la ausencia de competidores entre las clases populares, aquellos que, por falta de perspectiva y por empobrecimiento cultural (algo poco cuantificable, pero muy palpable), tienen cerradas estas puertas. Cada vez son más.

Crisis de modelos sociales: el zoológico de animales disecados del señor Roca resulta algo más que un episodio grotesco y de mal gusto de la mafia de la construcción, así como ocurrió con la invalidación de las elecciones a la Comunidad de Madrid del año 2003. De este último episodio aún echo en falta una reflexión profunda, pues supuso el primer golpe de estado exitoso de la democracia. Ambos acontecimientos, más que como hechos aislados, se sitúan como “síntomas” lacanianos de todo un sistema, es decir, como los elementos de exceso o de deformación capaces de ofrecer la más acabada descripción de aquello que los origina: la nueva cultura del pelotazo, la dolce vita de quienes acaparaban los fondos europeos, recalificaban terrenos, especulaban con la vivienda o se adjudicaban ventajosas contratas de entidades públicas. Hablamos de los años de la destrucción acelerada del litoral, la urbanización desenfrenada en tierra de nadie, la política del espectáculo y la apoteosis de la obra pública.

A tiempos de bonanza, faraonismo urbano. En Madrid se sotierra la M-30, se construye un metro subterráneo que conecta las zonas urbanas del sur y, como remate, se concursa para organizar unas olimpiadas (y sólo menciono la punta del iceberg). Si hay problemas sociales, si esos fondos monstruosos se pueden dedicar a otros usos, si la política es el arte de la gestión y no del despilfarro de los recursos comunes… eso es harina de otro costal. Hay dinero y se gasta con alegría, sobre todo porque las obras suntuarias se traducen en votos, en estatuas para el prócer visionario y en favores a los amigos, que hay que tenerlos hasta en el infierno. En ese mismo Madrid olímpico, si alguien acude a un servicio de urgencias deberá esperar horas en un pasillo, si entra en una escuela de idiomas siempre estará amenazada de cierre, si se pasea por un conservatorio nunca tendrá dinero para instrumentos nuevos, si visita un colegio los profesores le hablarán de depresión, de medidas insuficientes, de crisis.

Los que ahora amenazan con sentir nostalgia de estos años pasados de aceleración económica me recuerdan a los enaltecedores de la España imperial. Esa en la que el oro viajaba de las minas de Potosí a los prestamistas florentinos. La crisis nunca nos ha abandonado, al menos para la amplia mayoría que no ha podido agarrar los suculentos pellizcos de esta etapa del optimismo televisivo.

En el último congreso del PSOE, celebrado hace unos días, Zapatero se despedía de los compañeros de partido con una curiosa proclama: “a trabajar, y también conviene que consumáis”. Otro síntoma. Hasta aquí llega la deformación cultural en la que nos ha introducido este modelo. Un líder autoproclamado de izquierdas y pregonando el consumo: ¿pero es que alguien en su sano juicio puede seguir celebrando las dinámicas de este economicismo estrecho? No me culpen de catastrofista, las consecuencias son patentes y no me las invento yo: desequilibrio ecológico, desequilibrio alimentario, pérdida de derechos y crisis del humanitarismo. Y para ello no puede haber mayor lacra que la del “consumo”, la del gasto por el gasto a la que aludía el presidente socialista, la de un esquema generador de diferencias sociales abismales y despilfarrador de recursos humanos y energéticos. No es coincidencia que la misma semana del discurso de Zapatero el parlamento europeo aprobase la jornada laboral de 60 horas y las nuevas leyes contra la inmigración (las que algunos llaman “de la vergüenza”). Ese “a consumir” es, hoy más que nunca, un manifiesto irresponsable e impropio de un presidente de gobierno sensible los graves problemas que enfrentan las sociedades contemporáneas.

Así que a ver si esta crisis se traduce en el replanteamiento de un estado de cosas injustificable, y no en el ridículo y cada vez más dramático sostenimiento de un modelo contra el que la sociedad civil debe exigir esos márgenes de maniobra que otros anuncian como imposibles. Y no como un capricho o como un escupitajo al viento, sino como un deber de sus instituciones democráticas y un derecho de la ciudadanía. Comencemos por reclamar esa parcela de poder.

Share

Haz tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

code