Un momento de descanso, de Antonio Orejudo

un-momento-de-descanso-portadaA la izquierda de mi computadora (ridículamente llamada «ordenador») espera su disección Un momento de descanso (2011), la última novela de Antonio Orejudo.

Todo comenzó por los dos regalos y el «pongo» que debían culminar la cena de Nochebuena con un remedo de amigo invisible a la mexicana. El pongo es la típica cosa inservible que todos tenemos en casa (un «dónde lo pongo»), y aunque los recién expatriados explicamos que carecíamos del mismo número de pongos que el residente estable, no fuimos escuchados.

Mis regalos de menos de 100 pesos consistieron en el libro de Orejudo,  que en la feria de libros de Coyoacán ofrecían por 50 (unos 3,5 euros, el original, que no es pirata -Orejudo, no te cabrees-) y un paquete de café de 250 gramos que costó 80 pesos (más que el libro, que lo mismo era robado y por el camino había dejado algún muerto. Es México!). El pongo una brújula vieja de mi compañera de piso, que a no ser que lea estas líneas no reparará en su falta, pues se encontraba olvidada sobre una alta estantería del salón. Fue necesario un acto delictivo para presentarse con el pongo, que inesperadamente señalaba el norte.

En 4 minutos exactos se resuelve el juego de los dos regalos y el pongo: los participantes tiran un dado por turno y, si éste les sonríe (del 1 al 3 cara, del 4 al 6 cruz) pueden apropiarse del objeto, antes envuelto, que deseen. Yo me alcé con un juego de construcción oriental, un bote de Chutney de mango, que es como una mermelada agridulce, y una mierda, es decir, un pongo que imita a una mierda con mosca, adquirido, según todos los indicios, por alguno de los amigos catalanes que participaban en la cena.

Con el temible «ve a despertar a Carrillo» pronunciado a las 7 de la mañana, comenzó mi jornada del 25 en casa ajena, una tarea que a los niños de 3 años les encanta ejecutar, sobre todo si se trata del día en que Santa Claus se ha descolgado por la chimenea. En esa circunstancia, la víctima que quiere dormir debe tragarse con una sonrisa la violencia del resacón y de la ruptura de su fase REM, y atender al angelito que se presenta con un reluciente patinete y un martillo de plástico duro para impactarle en la cocorota.

¿A qué vienen estos antecedentes? Pues a que en estas condiciones de madrugón y resaca, casa con niños recién regalados y paisaje después de la batalla, comencé con la lectura del libro de Orejudo. Entre página y página ayudaba con las botellas, lavaba parte de las toneladas de loza empleadas la noche previa, me acostaba en la cama a hurtadillas, bebía agua sin cesar, entretenía al mayor y sostenía al pequeño, de apenas 5 meses. Teníamos cita para almorzar a las 2 y de 7 a 2 hay 7 horas, así que casi me lo leí completo.

Un momento de descanso incumplía, de esta manera, el mensaje de su título, pero superaba la prueba a la que estaba siendo sometido, una prueba de resistencia de materiales contraria a la tradición literaria más elemental. Mientras se lee no se puede hacer otra cosa, se dice (y suele ser cierto), pero los libros de Orejudo tienen la extraña particularidad de mezclar con el tráfago de la vida moderna. Hablamos de las primeras obras literarias multitask, muestras incipientes de algo que ya podemos denominar, para adelantarnos la crítica más granada, una «postliteratura» que rastrea con especial olfato los caminos por donde transcurre nuestro «aquí y ahora».

Era Paul Ricoeur quien proponía, en una frase evidentemente anacrónica, que el género novela marca el tiempo de la vida. Es decir, que la narración pauta el ritmo en que transcurren los acontecimientos cotidianos, algo que podría ser plausible (no diré «cierto») hasta la aparición de la máquina, oh lector, en la que lees estas palabras. Pero apuesto a que mientras avanzas por las páginas de un libro también te ha asaltado la sospecha de que todo ahí es más lento de lo que ocurre por fuera. Hemos acelerado y las novelas de Orejudo se precipitan a esa misma velocidad.

No me equivoco si declaro, con una mal encubierta solemnidad, que la obra de nuestro autor, que ya cuenta con una artefacto como Ventajas de viajar en tren (2000), uno de los más indispensables de los últimos 14 años, adopta la forma de un termómetro que marca los grados en que se cuece lo que hoy en día llamamos «escritura». Un momento de descanso se acoge a eso tan literario que es el me vale madres, en buen mexicano, la tradición y la donosura, algo que se suele echar de menos en muchos de sus coterráneos, demasiado ocupados en colocar la cuchara a la derecha.

Aunque otra vez se enfade Orejudo, este libro comparte mantel con ese torrente de fabulación desbocada que es el Bolaño de 2666, con la importante salvedad, en el primer caso, de una tercera y última historia que abandona la ambición y se pliega a la convención más inocua del policial, esa que demanda un cierre circular, el fin del misterio: colorín colorado, sanseacabó. Tras los dos primeros regalos tocó pongo, porque a Orejudo le sobra talento para dejarse de muletillas genéricas y conducirnos por territorios inagotables, de esos que se prolongan más allá de algo tan vulgar como llegar a la última página. Después de todo, uno puede entender que los libreros de rastrillo tasen la novela en 50 pesos, por más que su indefinido (y quizás escaso) público sepa que se trata de un pequeño tesoro.

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